Nos conocimos en Punta Médanos, una playa desierta entre Nueva Atlantis y Pinamar.
Meses después en Buenos Aires su cuerpo inevitable, ella, alegre, morocha, preciosa, comenzó a mudarse despacito pero decididamente a mi aquel dos ambientes de Villa Luro, cincuenta y seis años atrás.
Desde entonces, con algún que otro vaivén, hemos vivido juntos.
Durante un largo trayecto nuestra relación fue apasionada, visceral.
La vida pasa…
Nos cambia.
Casi sin darnos cuenta fuimos aprendiendo a dejar afuera lo que si entraba repetía estragos. Y seguimos disfrutando de encontrarnos.
De charlar –cada vez más, con menos palabras-.
Estamos viejitos. Nos amamos. Con gestos diarios de única complicidad.
Hace dos meses, mateando en la cocina, rozó mi mano con la suya al deslizarse hacia un lado de la silla. “Va a fumar un pitillo”, pensé. Y fui por el encendedor para darle fuego, como siempre.
Detrás escuché un ruido oscuro.
Al girar…
La vi tendida en el suelo.
No le hice caso a nuestros hijos ni a la inseguridad reinante -¿y si los médicos se equivocan y despierta, y me llama?-. La velamos al día siguiente durante veintidós horas, número-fecha de todo mes en que ambos, por piantados, saboreábamos celebrar.
Aunque se fue, cada tanto viene, la siento.
Acabo de leerle unas líneas que quizás escribí por la noche –desde su partida me cuesta dormir y el tiempo, cual todo, se ha vuelto hiancia que perdió sus bordes-.
Ella dibujó una sonrisa, una lágrima, una gala tras un cigarrillo para que yo la desee y le ponga mecha.
La llama del encendedor prendió un puño en la manga de mi pullover.
Y avanza.
Va tomando toda la lana, la camiseta de algodón; mi piel añosa, extraña, reseca…
Cuánto duele este fuego, amore.
Pero es así: quiero que nada lo asfixie, hasta que con vos me apague.
Miguel Ángel Rodríguez, escritor, psicoanalista.
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