Ricardo Ragendorfer: «Crónicas de heroísmo y miserabilidad»

Escritor y periodista de alcurnia aventurera, hacía años que no despuntaba el gusto de charlar con Patán. Bar porteño, pocillos de café, inicios de abril un miércoles por la mañana, espacio y tiempo en que deviene su retórica narrativa, su aguda palabra.

Devenir111:
  Diría que un eje que puede trazarse al recorrer la obra de tus haceres, tensa opresión y libertad. ¿Lo ves así, de dónde te viene ese amarre?
Ricardo:
  Me viene por muchos lados… Creo que más que sobre la libertad trabajo el campo de la opresión, de los represores. Hay una vertiente… El comenzar a escribir hace muchos años sobre delitos y delincuentes, la crónica policial, me llevó a explorar el campo de las fuerzas de seguridad y su carácter delictivo.
  Por otra parte me interesa mucho la revisión de la época de la Dictadura. La figura del represor, más que la de la víctima. No porque la víctima no me concierna; por razones obvias, cuando entrevisto a un “sobreviviente” no puedo evitar ponerme en su lugar, y eso placer no me causa… Me convoca la “banalidad del mal”; desentrañar cómo una sociedad como la nuestra, haya transitado y hecho en un período tan ominoso, una vida que podría ser tildada de “normal”.
  Yo viví intensamente la década del 70, aunque durante gran parte de la Dictadura habité en Méjico. A la vez pienso que deconstruir esa etapa tiene que ver con mis orígenes de cronista policial, puesto que desde fines de los 60 en adelante la vida en Argentina no es otra cosa que un “thriller”…
  Es interesante entrevistar, trabajar sobre estos tipos –escribí dos libros sobre ese período-. La mayoría de los reportajes de periodistas bien intencionados quizás, terminan discutiendo con los represores o les formulan preguntas que los ponen a la defensiva. Me interesa hablar de otra cosa con ellos, pues aunque hablen del clima, dicen lo que son. Hay que darles soga porque cuando les das soga se ahorcan solos.
  Por ejemplo… En “Parapolicial negro”, un documental sobre la historia de la “Triple A”, hay una entrevista muy interesante que le hice junto a Javier Diment a la mujer de Eduardo Almirón. También hicimos en el 2015 una serie de reportajes a mujeres de represores que se llama “Mujeres de lesa humanidad”. Era para Canal Encuentro pero justo empezó el gobierno de Macri, asique si lo quieren ver hoy está en el portal de Verbitsky, El Cohete a la Luna. Como dato de color, muchos de sus contactos los conseguimos a través de Victoria Villarruel, que en ese momento tenía una especie de CELS facho, sin saber ella exactamente para qué queríamos reportearlas. Entre otras entrevistamos a la mujer del Capitán Giachino.
  Giachino fue “héroe de Malvinas”, el primer caído en Malvinas. Ocurrida la invasión acude con una patota a la casa del Gobernador inglés tratando de ingresar al modo de los allanamientos durante el terrorismo de Estado y los ingleses lo cagan a tiros. Si no lo hubieran matado, ahora estaría preso por crímenes de lesa humanidad.
  En la entrevista comenzamos preguntándole boludeces, cómo lo conoció… El tipo la había enamorado… ¡bailando un tema de Julio Iglesias! Fallecido él, ella vivió con su hija, que ya no estaba allí. En la pared del living había puesto un espejo grandote. Entonces la señora me decía que se sentaba en la cocina, así mirando el espejo espiaba el cuarto de la piba. ¡Había montado un puesto de guardia en la casa! Claro que mechamos eso con declaraciones de sobrevivientes de la Base Naval Mar del Plata que referían lo que era el tipo… En un momento cuenta que el marido vuelve de su laburo desencajado y se pone a llorar diciendo una y otra vez “No me preguntes por qué lloro mamita, no me preguntes por qué lloro mamita…” Se habría mandado una que tocaba sus escrúpulos, alguna veta de su moral cristiana…

Parapolicial Negro

Devenir111:
  Para retomar ese hilo después, empiezo por otro lado. Tenés orígenes austríacos, naciste en Bolivia, viviste en Méjico, hace bocha vivís y trabajás en Argentina. ¿Tal diversidad de “patrias” ha incidido en vos, o en tu modo de situar cualquier cosa que pueda llamarse libertad?
Ricardo:
  Mirá… Yo no tengo mucha idea de libertad. Cada uno tiene la que puede o no puede. Hay diversos factores que muchas veces no dependen del protagonista y que determinan su existencia o su falta. Desde un Estado permisivo o un Estado represivo, hasta una esposa hinchapelotas… También depende del concepto de ella que se tenga; yo no sé el concepto de libertad que pueda habitar en alguien que votó a Milei. Incluso esa frase “La libertad de uno termina donde empieza la de los demás” me parece desafortunada, porque suena mal, como si las libertades colisionaran entre sí cual autitos chocadores en el Italpark… Uno tiene la libertad que pueda financiarse, la que te permiten tus obligaciones, tus ingresos; los ingresos que te permite tu trabajo, el trabajo que buscaste o te tocó como condena, en la realidad social que se impone. Entonces entre todas esas cosas el concepto de libertad resulta bastante intangible…
  Respecto al otro punto de la pregunta… El primer idioma que aprendí a hablar fue el alemán porque soy hijo de judíos austríacos y era el que se hablaba en mi casa. Luego terminé haciendo del idioma español mi trabajo. Y más que en español, pienso en argentino. Pienso que mi patria es el idioma en que pienso, el de acá; esa es mi patria.

Devenir111:
  Vuelvo en tu obra a cierto entramado de dos duplas que no siendo necesariamente iguales –delincuencia (o criminalidad) y ley, libertad (o vida social) y ley- sí parecen tener un polo en común…
Ricardo:
  Sí sí. Habiendo para colmo delincuentes y delincuentes… En ese sentido, en las cosas que escribo subyacen tales antinomias, y quizás hasta cierta simpatía mía hacia quienes no cumplen con la ley. Por ello un poco en chiste suelo decir que no hago policiales, sino delincuenciales. Más allá de trabajar concientemente sobre estas cuestiones que a la vez tienen que ver con la organización de las sociedades, entiendo que lo que me atrae… son las historias “extraordinarias”. Aquellas donde laten dos cosas que me interesan mucho: el heroísmo y la miserabilidad humana.
  Así voy al caso –ya que ayer por wap me recordabas un documental que hice sobre el presidio de Ushuaia y Simón Radowitzky, alguien que admiro bastante-, de Germán Boris Vladimirovich, un cuadro importante del anarquismo ruso que también termina acá.
  La historia empieza cuando otro anarquista, Kurt Wilckens, mata al coronel Héctor Varela –que fue el fusilador de la Patagonia Trágica-, y es llevado a la penitenciaría de Ushuaia. Un tal Jorge Millán, integrante de la “Liga Patriótica”, se hace pasar por guardiacárcel y mata a Wilckens en su celda. Como estaba políticamente protegido, a Millán lo alojan en el Hospicio de las Mercedes –luego Vieytes/Borda- en un departamento separado de los locos, hasta que lo absolvieran. De eso se entera Vladimirovich cuando, condenado por cierto asalto a una casa de cambios para fondear un periódico anarco, cae preso en Ushuaia. A fin de vengar la muerte de Wilckens comienza a fingir ataques de locura, y logra su traslado al manicomio de las Mercedes. Pero encuentra imposible el acceso a Millán porque este estaba aislado de la población psiquiátrica. Entonces Vladimirovich consigue que desde afuera le hagan llegar un arma, y gana para la causa a Esteban Lucich, un loquito que al gozar de la confianza de las autoridades podía circular libre por todos los sectores. Es Lucich quien, ya en la suite de Millán, le dice “Esto te lo manda Wilckens” y lo caga a tiros.
  Obviamente hay un trasfondo ético en este tipo de historias… Pero digamos que escribo sobre las historias que a mí me hubiera gustado leer.

Devenir111:
  En 1997 co-escribiste “La Bonaerense”. ¿Hay lógicas de funcionamiento que continúan en el accionar policial de hoy?
Ricardo:
  Sí… Fundamentalmente porque las fuerzas de seguridad en Argentina no fueron debidamente democratizadas. Tendríamos que hablar en términos técnicos más que en filosóficos. Pero el tema es que se siguen autofinanciando y por ende autogobernándose.  
  El libro tuvo como origen una nota que hicimos con Carlos Dutil para la revista Noticias que se llamó “Maldita Policía” y armó un quilombo bárbaro. A las veinticuatro horas de su publicación renunciaron el Jefe de Policía, Piotti… y nosotros firmábamos contrato con editorial Planeta. Hasta ese momento se escribía elípticamente sobre la bonaerense y otras fuerzas de seguridad, mientras se hablaba del “gatillo fácil”… Nosotros nos dimos cuenta de que ese era el único delito que la Policía cometía sin fines de lucro, y de que no había ninguno contemplado en el Código Penal que no fuera caja para la cana. Un tema inexplorado, que involucraba a todos los “porongas” que conocíamos por cubrir casos policiales donde ellos intervenían, pero a quienes no era fácil entrevistar para este libro. Entonces planteamos la situación como casos policiales no resueltos y urdimos un sistema de cinco preguntas, cuatro sobre aquellos donde se habían lucido, y la quinta, referida a lo que realmente nos interesaba, pero no sobre las trapisondas cometidas por el reporteado… Le preguntábamos al Comisario Naldi sobre el “Chorizo Rodríguez”, al Comisario Rodríguez sobre el “Gordo Naldi”, y así. Además escribíamos un libro sobre cosas que mientras tanto sucedían de una manera estruendosa y casi dramática. El caso Cóppola, la Masacre de Wilde… En particular el caso Cabezas, porque José Luis Cabezas fue el fotógrafo que hizo la tapa de la revista Noticias de nuestra nota Maldita Policía. Estábamos en guerra, fue muy intenso.
  Eso es algo que me atrae del laburo que hago. Requiere exploración, y la disfruto. Siento mucha libertad –hablando de ella- cuando consumo tal “droga”… En consecuencia, ese libro como la mayoría de mis notas, no son sino el informe de una aventura personal. En cierto aspecto uno siempre escribe de sí mismo, aunque no se nombra.

Devenir111:
  Van tres apodos de una misma personita sobre la que escribiste: “Patus”, “Cali”, “La Piba”…
Ricardo:
  Jé. Te confieso que ese libro lo hice más por un encargo de editorial Planeta que no pude rechazar, que por interés de dedicarle cuatro o seis meses de mi vida a Patricia Bullrich. Pero de pronto descubrí que al estribillo de ella podía escribir sobre un tramo de la historia argentina, remontándome al siglo diecinueve para hablar de sus orígenes familiares.
  El libro es un poco eso. Con el agravante de que ella circuló por lugares próximos, incluso físicamente, a los que yo circulé.
  Hay un episodio en el que se tenía que encontrar con algunos compañeros que iban a boletear a un ejecutivo de una empresa multinacional. Una patota del ejército embosca a los muchachos que la esperaban y los matan. Ella al ir llegando escucha los tiros y logra esconderse. Yo conocía mucho a esos pibes que mataron.
  En otra ocasión, un mes de junio cuando vivía en Méjico y debía mudarme, alguien me ofrece un departamento que dejaba libre “un tipo importante” y con el alquiler pagado hasta diciembre. Varios años después leyendo un libro de Caballero y Larraquy me di cuenta que aquel “tipo importante” era Galimberti y que ahí también había vivido Patricia.
  Casualidades. Pero si escribí sobre ella fue sólo por trabajo, digamos.
Devenir111:
  Entiendo. Aunque eso no le impide ser en nuestros tiempos un “significante” de la política argenta…
Ricardo:
  Tal cual. Un significante de muchas cosas a la vez. En su carácter de tránsfuga… No resulta infrecuente que alguien cambie de ideología. Pero lo de esta mina es distinto. Yo lo califico como “sustitución escalonada de lealtades”. Ante la mirada de un ojo no muy riguroso podría interpretarse como fruto de una personalidad cambiante, o de una visión cambiante de la realidad. Pero no. Esta mina siempre fue igual. Siempre se mantuvo, sea donde fuere respecto a la acumulación de poder, al lado del ganador de turno.
  Pero más misterio que ese algo avasallador no tiene. Es un “milagro argentino” que una persona tan bruta, tan rudimentaria y a la vez tan despreciable, se mantenga en el candelero. Eso es espejo de algo, de una parte muy oscura del ser nacional. 
  La única vez que se sintió que podía ser ella la ganadora de turno, al fracasar quedando afuera de la elección presidencial, esa misma noche, va con Macri a ofrecerle a Milei el caudal de votos que necesitaba para el ballotage. Luego sigue negociando con Milei a espaldas de Macri. Enterado, días después Macri la llama desde los Emiratos Árabes y le dice: “Pato… ¿no habíamos quedado en que todo lo iba a aprobar yo?” Y ella le responde: “Es que el próximo presidente va a ser él, no vos.”

Patricia

Devenir111:
  ¿Nos contás algo sobre el personaje “Vulcano”, sobre “El túnel de los huesos”?
Ricardo:
  La película, rodada por Nacho Garassino, es fruto de una nota que escribí en la revista Pagina/30. Trata de la fuga perpetrada por unos muchachos de la “Superbanda” que, cavando un túnel desde el Hospital Penitenciario de la Cárcel de Devoto, se encuentran con un osario que los impresiona mucho. En esas circunstancias tan dramáticas –a ellos habría que preguntarles qué significa la libertad-, le piden permiso a los huesos para pasar, a cambio de contar, cuando salgan, que ellos están ahí. En principio pensamos que eran desaparecidos, pero no hubo asesinatos de presos políticos en Devoto. En resumidas cuentas eran los muertos de cierta masacre en un pabellón. Bueno, los tipos se rajan y tienen que cumplir la promesa.
  Al inicio querían que la cosa la contara “El Cura Pérez”. Que no era cura, sino un ñato que se había mandado un atraco disfrazado con sotana. A veces yo le daba notas para el Diario Sur, porque escribía muy bien El Cura Pérez. Pero no quiso escribir sobre una fuga de la Cárcel de Devoto, porque en ese momento él estaba preso ahí. Entonces les da mi teléfono y me llaman.
  El “Vulcano” en cuestión era César Bartogaray, quien se reúne conmigo y me cuenta toda la historia. La entrevista se hace en Quilmes, en la casa del «Petiso Osvaldo”, conocido de todos ellos, también amigo de Enrique Symns y mánager de Los Piojos. Terminada, decidí regresar en el auto de César. Como escribo en la nota, “me pareció más seguro que me llevara un chorro enfierrado y buscado por toda la policía que viajar solo en tren, donde como se sabe, hay tantos robos…”

El túnel de los huesos

Devenir111:
  ¿Conocés “Salsipuedes”; estuviste allí?
Ricardo:
  No, nunca estuve allí. La historia comienza… Yo estaba negociando no recuerdo cuál libro en Sudamericana con la editora, de repente entra a saludarme “Pajarito” Rogelio García Lupo y me dice: “¿Te animás a escribir una novela?” Le respondí que sí, aunque suelo escribir “no ficción”. Entiendo que la escritura es un acto de ilusionismo. Que cuando escribís una ficción, el truco es hacerle creer al lector que está leyendo algo que realmente sucedió. Y que cuando hacés periodismo, escribís una crónica sobre algo que realmente sucedió, la cosa consiste en hacerle creer al lector que está leyendo una novela. Ahora bien. Era para una colección de novelas… no basadas sino “inspiradas”, en casos reales. Elegí el caso Dalmasso porque no lo había cubierto periodísticamente, y entonces no estaba pegado a los detalles reales del hecho, algo que hubiera conspirado contra la ficción. Hay puntos de contacto con el caso real, pero muy incidentales. De hecho no sucedió en Salsipuedes, pero me gustó el nombre. Y en verdad disfruté escribir esa novela…

La Maldición De Salsipuedes

Devenir111:
  ¿Un comentario sobre el periodismo que se realiza hoy?
Ricardo:
  Mirá… Es horrible. Y no por razones ideológicas. Te diría por razones socio económicas, y por la forma en que en estos tiempos se percibe y se transmite la realidad. Es horrible y aun en medios que pueden tener una coincidencia ideológica con la que tiene uno. Qué se yo… Hoy Página 12 es un embole. Hace quince años escribían Verbitsky, Soriano, Sasturain… Leías con placer el diario.
  Y de algún modo la digitalización de la nota periodística hace que el tipo de lectura sea de tres a cinco minutos. El mismo tiempo que te permite un prostíbulo concurrido para echarte un polvo…
  En la televisión fíjate vos que no hay programas de informe periodístico. No hay otra cosa que “panelismo”, programas donde todos se pelean, con personajes además poco interesantes. En “Duro de Domar” por ejemplo lo tenemos a Guillermo Moreno, que parece una parodia menor de Guillermo Nimo…

Devenir111:
  Para ir terminando, me pongo algo hincha pelotas. Pero si tuviera que delinear en tus dichos una idea de libertad, diría que se aproxima a lo que, respecto a tu trabajo, llamaste “exploración”. ¿Qué disfrutás de eso; y qué pagás por tal práctica que seguramente también te cobra algún vuelto?
Ricardo:
  Exploración… sí. O sea… Pienso en voz alta. Yo siento algo parecido a la libertad cuando descubro algo, cuando logro descorrer el velo de algo. En ese sentido, esa pregunta “¿Para quién escribís, para vos o para los lectores?”, me hace acordar a lo que decía Bukowsky: “Es como fumarse un faso. El humo es para uno, el cenicero se publica.” Uno escribe para uno en el sentido de que la nota es el informe de una aventura que viviste, disfrutaste o padeciste vos. Y una vez que la escribiste, es porque esa aventura se acabó. Entonces tenés que buscarte otra para seguir viviendo.
  Nunca sabés a dónde te va a llevar esa aventura. Porque cuando empezás a hacer un laburo, una nota, un libro, una película, un cuadro o cualquier cosa que tenga que ver con la creatividad o el intelecto… Te hacés un plan previo, tratás de dominar lo que hacés. Pero llega un momento en que eso te domina a vos. Y es maravilloso. Ese es el milagro de la creación, o del laburo que yo hago por lo menos, porque la palabra creación me parece presuntuosa.
  No sabés a dónde te va a llevar, a la gloria o a la muerte, al éxito o el fracaso. En todo caso, estar disponible a esa aventura, creo que es lo que más se parece a la libertad…  

Devenir111:
  Va la última. ¿Cómo surgió tu apodo, Patán?
Ricardo:
  Ese apodo lo arrastro desde mi adolescencia, desde los catorce o quince, cuando estaba en el tercer año de mi secundario. Me lo puso un compañerito cuyo nombre de pila no recuerdo, apellidado Cherniakovsky. En obvia alusión al modo de reírme que tenía en ese momento y tal vez a mi sentido del humor de entonces, e inspirado en el perro homónimo de la serie “Los autos locos”, el perro de “Pierre Nodoyuna”. No es un apodo que me agrade particularmente, a veces prefiero que me llamen por mi nombre de pila. Pero hace tanto tiempo que lo tengo que se ha convertido en mi segunda piel. Y uno nunca elige las pieles que tiene; simplemente las tiene…


Ricardo Ragendorfer, escritor, periodista.

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