Silvia Lifschitz: «Venus en el bosque»

Amelia era una niña amorosa. Vivía con sus padres cerca de un bosque, su lugar preferido en el mundo.

Un día se levantó con una idea fija.

—Mamá, papá, ¿vamos al bosque? —dijo Ame.

—No, mi amor, tenemos mucho trabajo. Hoy no podemos —dijo la mamá.

—¡Voy yo sola! Ya soy grande.

—Ame, sos muy chiquita para ir sola. Cuando crezcas un poquito más, vas a poder —dijo el papá, mientras miraba la pantalla de la computadora.

—¡Nunca me dejan hacer nada! —dijo Ame llorando desconsoladamente.

Los padres se miraron y salieron de la habitación. En un principio, se negaron a que fuera sin un mayor. Pero la insistencia de la niña, logró que aceptaran. Después de escuchar más de diez veces su súplica, decidieron arriesgarse. Ella era muy responsable y cuidadosa. Y el bosque, muy protector. Estaban seguros de que nada malo le sucedería. Admiraban lo imaginativa que era Ame: inventaba juegos, amigos invisibles, dibujaba duendes que pintaba de muchos colores.

Luego del almuerzo, su papá la acompañó hasta la hilera de pinos más próximos a la casa. Si bien sentía que tenía el corazón en la boca, sacó fuerzas de su interior y despidió a su hija con un beso. El bosque le transmitía confianza. Ame estaba feliz, era la primera vez que podía ir sola a “su bosque encantado”. Su abuela lo llamaba así. Le explicaba que los aromas, los tonos verdes y ruiditos que tanto le encantaban, además, la encantaban en un sentido mágico. Ame no entendía ese juego de palabras. Igual, como todos se reían, pensaba que era gracioso. A ella le gustaba llamarlo así.

Pasaría un buen rato oyendo los innumerables sonidos que hacían los seres que lo habitaban: pájaros, insectos y pequeños animales. Hasta sus propias pisadas sobre las hojas caídas y ramas sonaban como música.

Esa tarde, corrió a través de los frondosos árboles. Miró el cielo y giró en círculos como una bailarina. Disfrutó de su libertad. Luego de adentrarse en el bosque mágico, se puso a jugar. Imitaba el canto de las aves, se trepaba a los aromos, corría a las ardillas y, cuando se cansaba, se recostaba sobre el suelo mullido. Tanto jugó que comenzó a oscurecer sin que ella lo notara. Ame se había olvidado de que en el otoño anochecía más temprano. Aprovechó la penumbra para mirar el cielo, logró ver a Venus y a Mercurio. Conocía esos planetas porque su papá se los mostraba las noches en las que el cielo estaba despejado. Su mamá los acompañaba cantando: Que se vengan los chicos. La escuchaban en un disco muy antiguo. A Ame le gustaba porque algunos niños llegaban desde Venus y traían de regalo a las tres Marías.

En su imaginación, se vio volando para encontrarse con otros niños. Se quedó un rato quieta, mirando hacia arriba. Se vio jugando entre los árboles con una hermanita. Se puso contenta.

Desde lejos, la observaba con sigilo una lechuza que, cuando no pudo contener más su curiosidad, se acercó. Voló tan bajo que le rozó la cabeza. Ame la oía ulular pero no comprendía. Sin darse cuenta, le dijo que no entendía lo que decía. Entonces la lechuza, ni lerda ni perezosa, se acercó más aún y le preguntó en el idioma que usaba Amelia:

—¿Cuál es tu deseo?

Ame se sorprendió, no sabía que las aves podían hablar.

—Quiero ir a Venus para conocer a los chicos que viven allá. Pero me asusta la oscuridad.

—No temas —dijo la lechuza que se llamaba Juana—. Pensá con mucha fuerza dónde querés ir y lo vas a lograr —y agregó algo incomprensible sobre los pensamientos y la realidad.

Se acercó al árbol más grande, voló alrededor del tronco hasta que divisó, entre el musgo, un agujero negro. Introdujo su pico y sacó algo que encandiló a Amelia a pesar de la semipenumbra. La niña le preguntó qué era aquello que había encontrado. Juana se puso a filosofar y respondió que no lo había encontrado, sino, buscado. Y le explicó con lujo de detalles la diferencia. Ame empezó a bostezar aburrida. Solo quería saber qué había agarrado y para qué.

La lechuza se enfadó por la falta de atención de Ame.

—Es de mala educación no escuchar a los adultos —dijo—. Tengo casi dieciséis años, merezco su respeto, jovencita.

A la niña, no le pareció que esa edad fuera mucha, su madre y su padre tenían treinta y nueve. Además, dieciséis años tenía su primo y todavía jugaban a las escondidas juntos. En fin, sin entender el por qué, se disculpó y le prometió a Juana que eso no volvería a suceder. Y dijo con simpatía, que era toda oídos. La lechuza, ya más serena, le contó a Ame que, dentro del árbol, había una llave muy particular, una llave mágica.

­—Ahora vas a poder abrir todas las puertas.

­­­­­­­­­­­­­—Pero en el bosque no hay puertas. ¿Para qué quiero la llave? —preguntó Ame con voz inocente.

Juana estaba a punto de perder la paciencia. Como era una vieja sabia, no lo hizo, en cambio, se sonrió por la ocurrencia de Amelia. Después de todo, era una niñita que recorría por primera vez sola el bosque encantado. Todavía tenía en su cabeza las creencias y prejuicios de los mayores. Entonces le entregó la llave y le volvió a preguntar cuál era su mayor deseo.

Amelia apretó los ojos con fuerza y pensó con tanta concentración que, sin darse cuenta, apareció caminando sobre la superficie rocosa de Venus. Buscó a los niños de la canción, pero no los encontró. Quizás estaban durmiendo a esa hora. Por suerte, en ese lugar, la oscuridad había desaparecido. Al mirar hacia abajo, apareció el arcoíris más bello que jamás había visto. Sus colores eran radiantes: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul celeste, azul marino y violeta. Se deslizó por el anaranjado, era su color preferido, le recordaba el jugo que preparaba su abuela. De repente, estaba allí, viendo las copas de los árboles desde donde Juana la observaba. El bosque era inmenso. Ame oyó un ruido. Se frotó los ojos y se corrió el pelo de las orejas para escuchar mejor.

—¡Ame! —la llamó una niñita sentada en lo más alto de un pino.

—¿Dónde estás? ¿Quién sos? —dijo Ame intrigada.

—Soy yo, tu hermanita.

—No tengo ninguna hermana —respondió Ame un poco molesta.

—¡Es que no nací! Tengo que estar todavía un tiempo en la panza de mamá. Pero ya conozco tu voz. Sos muy simpática —dijo la pequeña.

—Supongo que estoy soñando, la altura no me hizo bien —se dijo Ame preocupada—. ¿Tenés nombre?

—Sí, soy Abru. Chau, nos vemos pronto, hermana —dijo antes de despedirse y escabullirse entre las ramas.

Juana observaba todo desde un álamo. Ame estaba tan entusiasmada que le daba pena interrumpirla. Pero ya había anochecido y pensó que sus papás estarían preocupados por ella. Entonces se le ocurrió pedirle al color amarillo que formara un largo y curvado tobogán para que la niña pudiera jugar mientras se deslizaba para volver a casa. Los demás colores se entremezclaron y formaron una baranda para proteger a la pequeña de alguna caída. Y así fue como el amarillo dorado iluminó el cielo oscuro.

Amelia llegó al bosque riéndose a carcajadas, le dijo a la lechuza que la había pasado muy bien pero que estaba cansada y extrañaba a sus papás. Juana la guio hacia el sendero para que saliera del bosque. Allí estaban los padres de Ame, que la esperaban ansiosos y preocupados. La jovencita, ni bien los vio, fue corriendo a su encuentro, se tiró en los brazos de su papá y, como él siempre solía hacer, la hizo volar alrededor de su cuerpo. Ella intentó hablar pero las palabras se le amontonaron. Les quería contar todo lo que le había pasado y no sabía cómo hacerlo. Alcanzó a balbucear: “lechuza”, “Venus”, “tobogán”, “Abru”.

—¿Qué dijiste, hijita? ¿Abru? —dijo el papá.

—Sí, Abru. Conocí a mi hermanita, mamá.

Los padres estaban perplejos. Hacía apenas un mes que habían recibido la noticia del embarazo y no se la habían contado a nadie. El papá abrazó a la mamá y ambos a Amelia. Muy emocionados le dijeron que un bebé llegaría a la familia.

—Ame, ¿cómo sabés qué será una beba? —preguntó el papá.

—Cuando bajaba de Venus por el tobogán, una nena me dijo que era mi hermanita, que todavía no había nacido y que se llama Abru.

—Hijita, vemos por tu cara que disfrutaste mucho, mucho. ¿Viste a Venus y encontraste un tobogán en el bosque? ¡Qué suerte que pudiste jugar! ¿Jugaste con Abru? —preguntó la mamá con mucho amor mientras miraba a su marido un poco consternada.

—No, mami, Abru todavía está en tu panza, es muy chiquita, no sabe jugar —dijo dándole un beso a la barriga de su mamá.

Ame oyó el “uuuu, uuuu” de su nueva amiga la lechuza. Miró hacia la rama donde estaba apoyada y ambas se hicieron muecas divertidas. Muecas que significaban: “Los grandes nunca entienden nada”.

Como cada año, Amelia pide para su cumpleaños pasar la tarde en el bosque encantado. Ya no va sola, ahora la acompaña su hermanita, Abril. Juntas corren, bailan y juegan. Cuando se cansan, visitan a la lechuza mágica que las invita a recorrer otros planetas, a inventar nuevas aventuras y escuchar sus más profundos deseos.


Silvia Lifschitz, escritora, nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada en Administración y Contadora Pública (UBA), Consultora Psicológica (Holos Capital), Terapeuta orientada en Focusing (Focusing Institute), Arteterapeuta (Primera Escuela Argentina de Arteterapia). Directora de Redacción de la Revista “Arteterapia. Proceso Creativo y Transformación”. Colaboradora de la Revista de Arte y Cultura Devenir111 (www.devenir111.com). Publicó Pájaros en el pecho (2015, cuentos), Una convención anual (2016, cuentos), La máscara azul (2017, cuentos), El aire fresco de la vida (2020, cuentos), Que tengas un buen viaje (2022, novela corta) y Alfajor con cinta (2024, novela). Su cuento El pequeño elefante obtuvo el primer premio 2017 en el Concurso de Literatura organizado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de CABA y el cuento La máscara azul, el primer premio 2017 en el XXXIII Certamen Nacional de Poesía y Narrativa Breve «Letras Argentinas de Hoy 2017».

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