Camila Ossorio Domecq: «El grito»

Desde el primer conocimiento, sin fecha precisa, aprendí mi nombre en los brazos de mi madre. Y su nombre. Y el de papá. Después vendrían mis hermanos. Diríase, hija mayor que, más pronto que tarde, perdería hasta el mayorazgo. 

-No sabemos nada. (¿Quién era ella? ¿Por qué sabía hablar, qué edad tendría? ¿Cuándo aprendería su nombre, qué lugar llegaría a tener en la familia? ¿Cuándo sus hermanxs (que nacerían al tiempo invenido), se instituirían como su entorno de referencia?) 

Desde la belleza de un recuerdo (que después comenzó a molestar cada vez con mayor ahínco), atravesó un grito hondo su garganta: sería lo que el sistema quería que se dijese de ella, sería la enemiga del poder de una parte del sistema; y no sería quién –¿era ella en realidad?  

Ese grito desde el alma corporizaría la misma muerte y la misma vida en el mismo lugar, lugar que llegó a ser la nada de un témpano: un Purgatorio obligado, un emporio visceralmente infernal.   

Ella, la que amaba sin resguardo desde el alba del corazón. No sabía ni conocía más que la obra de lo que quería hacer: de seguro, nunca quiso ni prevaleció en ella la maldad: pero la Maldad necesitó matar al alba. 

Una estrella murió muchos años atrás; nadie lo notó: la radiación de esa estrella muerta obnubilaba a quienes, sin saberlo, creían, desde un goce macabro, que la muerte misma se continuaba desde la vida…: no había abrazo, ni identificación, ni amor: se perdió la felicidad, la vida fue igual a la tortura del dolor por la existencia.¹ 

Más grato y fácil hubiese sido resignarse. Dejar que muriera el alma guerrera, ceder ante el abismo del sistema que concibió su exterminio.

Como sucede con las estrellas de los cielos cuando se extinguen, un agujero negro disfrazó esa muerte y el brillo de esa estrella distante a millones de años luz, (estrella entonces fenecida) continuó fulgurando, y muchxs creyeron que esa estrella pervivía. (Es conocido que, como siempre ha sucedido, la creencia de las gentes entroniza la opinión, antes que la verdad de los asuntos humanos).

Una vez, ella me comentó que había visto florecer a un árbol muerto: era un tronco sin ramas, bajo, sin luz. Sorpresivamente, algo de témpera y algunos pinceles le devolvieron la vida. Y entonces, empezó a florecer. No creció un árbol nuevo en su lugar, pero sí volvió a la vida: pronto se copó de ramas verdes, de hojas alegres y, distinto, se llenó de belleza. El jardín a su alrededor conjugó aquella nueva expresión en el latir de un verano; el bosque dio a luz la nueva vida -tras el arte de dos niñas pequeñas. 

Otra vez, -me contó- que en una casa antigua del barrio de Boedo había un árbol enfermo. Nunca pude comprender cómo un árbol tenía una sonda, y moría, moría y los dueños decían: «sí, está enfermo». ¿Por qué no rezaron por él? ¿Por qué no tenían fé? 

Y otra vez, vi crecer arrolladoramente a un enorme jardín, fueron minutos, instantes, y empezaron a hacerse enormes y bellos en esos momentos. Y las rosas blancas florecieron, y las plantas de malvón se hicieron muchas, grandes, coloridas, y las violetas de los Alpes «se amucharon» (por decirlo así), y ví y sentí por primera vez en la vida esa potencia creadora que es el Dios único, y entonces también abracé al Verbo, y entendí quién es él. Y entendí cómo su Padre y su propósito han sido y serán cada vez. 

Parte II

Ella me llamó por teléfono. Me preguntó por qué no iba a verla, que me necesitaba urgente. Ella me llamó por teléfono y yo no la atendí. Ella murió hace cuatro o cinco años. Era al revés. 

Parte III

Tomé asiento en Plaza Houssay, a un costado del parque, entre las facultades de Medicina, Económicas y Sociales, justo delante mío estaban, en una memoria de metal, los nombres de los desaparecidos del ’76 al 83. Y miré y vi mi insignificancia, pero en mi corazón sonó y retumbó fuerte el nombre del Nombre de mi Padre. Atrás de mí había como una caja enrejada, símbolo de la prisión (de aquéllo que no se debe decir, lo que no se puede decir). 

Parte IV

¿Quién era ella? ¿Por qué la silenciaron civilmente? ¿Por qué callaron su versión? ¿Por qué negaron su propia vida? 

El silencio fue expulsión, la palabra fue condenatoria.

Buscó el nombre de su pariente en los libros y revistas de historia. Él negó darse a conocer. Hasta su nombre propio (cincelado con todo su esfuerzo durante su todavía breve vida) se diluyó entre el Vademecum y La invención de Morel. La referencia en lo tocante a ella fue trastocada, vapuleada, hecha añicos. Cinco años después, terminaría renunciando a sí misma. 

Sin nombre, desde el silencio y la prohibición, volvió a rebelarse. 

Un billete de 5 pesos fue arrojado al suelo. 

Una pared (antes blanca) fue taladrada y destruida.  

Probablemente sería recibida en una villa de emergencia, en la provincia de Buenos Aires. 

Ella siempre dijo»gracias». 

Parte V

No se entiende. No buscamos entender. Cual Sherlock Holmes, cada hilo, cada sobreimpresión del secretismo y los ocultamientos fueron derruidos. Hoy ella conoce la verdad de su origen y el nombre -que jamás será su nombre propio.  

Ayer miró al cielo, dos palomas dibujaron sobre un cable (que atravesaba ese cielo recortado en la ciudad de Buenos Aires) la presencia amorosa de dos madres que no han muerto, que se han tomado sólo un tiempo – antes del amanecer.


Camila Ossorio Domecq, poeta, periodista. Se recibió de Licenciada en Letras en el año 2003. Nació en México. También nació en la Argentina.

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