para Marian

Lo repito mientras mi saliva resbala como un ritual sintáctico por mis encías, con esa textura de gelatina funeraria. No sé si me dirijo a ti o al cuerpo sobrante que ocupa tu nombre, pero el pensamiento rebota en mis huesos como un eco extranjero, como si mis ideas fueran patógenos que aprovecharan cualquier espacio para escapar de mí. Tú dices que dramatizo, que mis metáforas supuran pus, pero ¿cómo quieres que hable cuando mi voz nace ya infectada?
Miras al televisor, pero tus ojos se pasean por una pantalla inerte, eres un fulgor inflamado de cadáveres. El espectáculo eres tú en el sofá, moviendo los dedos como si ordenaras las moléculas del oxígeno, reflejada en un rectángulo de plástico. Cada vez que pestañeas la lámpara del comedor cambia el color de su luz. Eres una fractura lenta del espacio-tiempo que se cierra hacia si misma. Has dejado de parpadear a ritmo humano. Ya no obedeces las sílabas que te asignaron al nacer y empiezo a sospechar que tu piel pertenece a un culto dérmico que me es del todo ajeno.
Te miro otra vez, hace un minuto no tenías esa incisión bajo el ojo izquierdo. Ahora tiembla en un código morse epiléptico. Está renderizando, como si tu entramado orgánico estuviera descargando archivos complementarios para terminar de ser tú. No estás aquí desde hace tiempo.
¿O soy yo quien sobrevuela el oxígeno como un pájaro de vapor?
Las paredes susurran bits como la pleura al borde del colapso. El suelo gotea hacia arriba. Sé que pronto aparecerán las voces, esas que se deslizan por mis vértebras con fórceps verbales, hurgando, desenterrando un lenguaje en el dialecto anatómico, dentro de mis neuronas. El aullido principal, el tuyo, profundo, tecnonecrótico, me ha estado diciendo lo mismo durante semanas, “la cirugía es evolución”.
Me estás convirtiendo en un quirófano portátil.
Mis recuerdos son cartílagos de epicentro orgánico alienígenas; el apéndice de la digestión, el fémur auditivo, la vesícula ocular. Cada uno desterrado por motivos distintos; demasiado turgente, demasiado sensible, demasiado humano.
Tal vez la idea no sea mía, tal vez es uno de esos enclaves biológicos ectópicos que generé por error, tal vez quiere separarse, emanciparse, transformarse en otra criatura, en una entidad ontológica que ya no requiera mi caparazón como contenedor.
Me miras, tu sonrisa no se corresponde con el rostro, tu boca es demasiado grande para tu cabeza. Has aprendido a sonreír con un músculo nuevo, uno sin catalogar. Tu palabra se desdobla como si varias gargantas compartieran la misma cavidad.
—No te preocupes, la separación no te dolerá.
El coche avanza como una tribu de gritos y se mece sobre un abismo que planea lento como un lagarto, como un glóbulo rojo expulsado del torrente principal. El coche es el comedor. El comedor es la carretera. La carretera soy yo. Tú conduces. Tus manos son apéndices protocirculatorios que se adaptan al volante como si el plástico pudiese latir, como un punto negro arrastrando moho hacia las flores. El navegador escupe una coordenada, una localización imposible.
Los árboles de la carretera cruzan como lágrimas el desierto de madera de las ventanas del coche, se repiten como copias defectuosas en una impresora sin tóner. Todo es simetría. Siento que hemos salido de nuestra maquinaria húmeda, que estamos viajando por el intestino de un cadáver cósmico. En la radio solo hay un canal:
RESONANCIA INSTITUCIONAL DEL DESDOBLAMIENTO CUTÁNEO EN EL INSTITUTO MANDRI
Una transmisión continua de instrucciones susurradas por voces que parecen recitar un ensayo clínico.
“Paciente. Portador de órganos no autorizados. Protocolo. EXEQUIAS DE LO SOMÁTICO. Objetivo. Restaurar la obediencia del tejido.”
Tú aumentas el volumen y tus sonrisas penetran mis venas como agujas que se sumergen con la boca desencajada, en cada lágrima de los sueños. Yo solo soy agujeros.
Cada curva provoca en mi bosque de barro un desplazamiento de piezas fisiológicas y siento como negocian un nuevo orden jerárquico. Los baches no ayudan. Llueve. El estómago ahora se expresa como glándula, el hígado conspira con los riñones. Me toco el costado y oigo clics, como si mis células estuvieran actualizando firmware.
—¿Cuánto falta? —mis ojos están fijos en el vaivén del limpia parabrisas.
Respondes sin apartar la vista del camino.
—La distancia se mide en líneas de software.—tu habla suena a eco metálico.
La carretera es una bomba de nieve que escapa con la rotura del viento y que desemboca en un edificio construido con cicatrices uterinas, torres de cartílago, ventanas que respiran, fachadas con textura de estrías. Un cartel hecho de hueso tipográfico, un anuncio con solemnidad clínica.
INSTITUTO MANDRI – “Donde el soporte físico trasciende”
Un guardia de seguridad se acerca deslizándose sobre un pie hecho de baba. Lleva una máscara anti gas adherida a la cubierta cutánea, incrustada como segunda epidermis. Parece una mosca humanoide. Sus ojos tras los cristales mutan la pupila, de circular a cuadrada, de cuadrada a hexagonal.
—Identificación —exige, pero lo pronuncia sin intención. Suena como un vocoder siniestro.
Tú entregas una tarjeta que no había visto antes:
“Pareja del Sujeto Omega: Nivel de Riesgo 3 (Afectivo Inestable)”
Mi foto aparece disecada, los ojos sin brillo, la expresión cenicienta y necrológica. Parezco ya fallecido.
El guardia habla sin emitir sonido alguno.
—Sean bienvenidos a la fase final del protocolo.
Nos conduce a un vestíbulo esférico donde varias personas esperan su turno para defragmentarse anatómicamente. Una mujer sostiene un bebé compuesto únicamente de fibra linfática, un bulto blando que palpita y secreta una alergia de hemorroide. Un hombre vomita pequeñas cápsulas plateadas que recogen sus propios vómitos para archivarlos en bandejas estériles. Todos rezan en voz baja.
“Anatomía sin fallos, Cicatriz nos guíe, Quirófano nos fecunde.”
No tienen párpados.
Una enfermera con manos alargadas como lagartos rotos que caminan pacientes y oscuros, nos señala un pasillo.
—La Doctora Gorgófira les espera en el ala ectoplásmica del Instituto.
La responsable de mi “proceso de corrección”, la que ha analizado mis nodos funcionales disidentes, la teóloga del tejido epitelial.
Caminamos y el suelo vibra con latidos disciplinados al ritmo que le marca la montaña de Montserrat. En las paredes cuelgan radiografías que muestran crímenes del organismo, vértebras que conspiraron contra su columna, pulmones que se negaron a compartir el oxígeno, corazones acusados de amar sin la autorización del Instituto.
Tú tomas mi mano, la textura es distinta, más fría, más sintética, una prótesis sentimental. Intento retirar la mía, pero te clavas sellando las compuertas de mi envoltura. Nos están fusionando antes del procedimiento.
—¿Qué quieren de mí?— Pregunto entrecortadamente y a volumen mínimo.
Tu respuesta rezuma asepsia clínica.
—Un sujeto sin desviaciones ontológicas. Un armazón sin libre albedrío tisular, una masa que cumpla su papel asignado sin dramatismos metafóricos.
No eres tú quien habla, es el Protocolo.
La puerta del ala ectoplásmica se abre sola. Dentro, la luz es un fluido que arroja la escasez a las raíces de los moribundos. La Doctora Gorgófira emerge de la penumbra, su bata está hecha de un mapa de poros que cicatriza en tiempo real. Cada parpadeo suyo revela un rostro distinto, como si varias identidades médicas compitieran por ocupar su cráneo.
—Paciente Omega —dice con ojos de insecto y sin necesidad de comprobar ningún registro—. Llegas tarde al futuro de tu propia savia.
Sus dedos, como sudario de fantasmas, despliegan una pantalla subcutánea desde mi muñeca. Aparecen imágenes que no son recuerdos, sino actos quirúrgicos negados por mi consciencia.
Yo durmiendo mientras me implantan glándulas afectivas, yo llorando sangre como prueba del vínculo, yo gestando maquinaria húmeda que ama sin ninguna reciprocidad. Hablo y sueno como un vómito de herrumbre.
—No me hagáis esto…
Gorgófira sonríe como un escalpelo hecho de baba.
—La decisión es irrelevante.
El continente ya te ha dejado a ti. Tú aprietas mi mano, más fuerte. Siento cómo mis tendones negocian lealtades.
—¡Entren! —ordena la doctora—.
Y así, damos el primer paso hacia la cirugía de nuestro destino, un rito blanco en el que los cuerpos se confiesan con instrumentos de precisión.
Gorgófira nos conduce a una sala hermética. El aire sabe a plantaciones dormidas que se ahogan en el vértice de una camilla. Hay vitrinas iluminadas con una devoción casi religiosa y dentro, flotando, inertes, masas viscerales indefinidas, inexactas, parecidas a los humanos… pequeñas tumoraciones nadando en sueros lechosos, latidos mínimos, vida que discrepa.
—Esto —dice la doctora— es lo que su territorio biológico ha generado sin nuestro consentimiento.
Me acerco. Reconozco con un pánico íntimo, mis firmas biológicas en cada abultamiento, rastros de mis células, mi ADN escondiendo la traición. Componentes anatómicos que debieron nacer dentro de mí, pero que buscaron su independencia. Hijos tisulares. Fragmentos que se negaron a cumplir las órdenes biológicas.
Tú te inclinas hacia una de las vitrinas y lees la etiqueta.
“Cardioide afectivo. Patología, amor tóxico.”
Gorgófira asiente con la pedagogía del silicio.
—Su paquete de nervios intentó producir vínculos. No hubo fertilización de las raíces.
La existencia frustrada ha generado un conglomerado orgánico colateral.
Otro frasco muestra lo que parece una lengua sin boca, temblando como si quisiera hablar.
“Glándula dialógica. Síntoma, palabras que nunca dijo.”
Trago enzima del lenguaje y me sabe como un espejo de babosas.
—¿Por qué conservarlos? —pregunto.
—Aquí toda disidencia corporal se archiva, el Instituto Mandri debe recordar qué ocurre cuando el deseo no se doblega.
Gorgófira me entrega un cilindro frío. Dentro, un órgano diminuto palpita como larva cardíaca. La doctora sentencia.
—Es su último intento reproductivo, una especie de embrión sensorial. Usted lo abortó al hablar en Neuroglossa.
Tú me miras con un rictus que podría ser de horror… o de asco.
—Si se queda con nosotros —continúa la doctora— podremos reimplantarle esta criatura semiótica. Quizá así aprenda la obediencia del vínculo.
Gorgófira activa un panel táctil que emerge de las glándulas secretoras de tecnología que están alojadas en la pared. Una serie de documentos se proyectan sobre mi envoltorio vascular transformando mi torso en pizarra diagnóstica. Cada carácter clava sus tentáculos en mis heridas. Los textos clínicos se integran en mis poros como tatuajes temporales que duelen más por lo que significan, que por lo que perforan.
—Su cuerpo —declara Gorgófira— no reconoce autoridad, ha desarrollado autonomía reproductiva.
Se coloca guantes quirúrgicos que ya llevaba puestos, como si la realidad editara en retrospectiva la escena. Sus dedos enfundados en condones duros como esperma sobre una estrella subterránea.
Me señala con un láser fino como la boca líquida del sueño, que se introduce unos milímetros en mi epidermis trazando rutas de amputación hasta romperme por varias partes, suspirando telarañas en mi semilla y en la costa que se descifra del bosque.
—El vínculo —grita con una garganta que no es la suya— debe ser sometido.
El libre albedrío es una glándula defectuosa, una infección semántica. Tu respiración se altera como un afluente canceroso que va a sembrar moho en la boca del pantano. ¿Miedo o deseo? En este lugar es imposible distinguir entre gritos y silencios, ni desentrañar cuando los más bellos penitentes regalan sus colores más íntimos. Gorgófira despliega un organigrama del Sistema de Afectividad Doméstica, flechas, diagnósticos, rituales. Todo orientado a corregir la anomalía que represento. Señala mi corazón. Zona de riesgo. Idealización. Tratamiento, resección poética.
Se aproxima a ti, te inspecciona los labios con un instrumento que parece un rosario quirúrgico que come tinta para estar de luto y que presta su espíritu a la lluvia mientras los niños encuentran el quirófano en la noche, ése donde las moscas cancerígenas flirtean con el abismo. Entonces dictamina.
—Pareja con tendencia a la piedad romántica.
Eso fortalecería el carcinoma del apego.
La doctora se vuelve hacia mí con ojos de cucaracha.
—Propongo extirpar la relación. Es un órgano fantasma, una estructura que ya no justifica consumo sanguíneo.
Te miro buscando tu objeción pero tu ojos son un consentimiento anestesiado, un sufrimiento que es la guerra de los espíritus, una sábana blanca para aliviar el ardor divino que nos acecha desde la guarida de los niños guardianes, persigue corazones de cadáveres para pudrirles las entrañas con muelas de gusano.
Gorgófira abre un formulario.
“Intervención, desvinculación anatómica. Beneficio esperado, obediencia de la carne.”
El lápiz se coloca sobre mi mano para que firme. Tiemblo. El pulso revela que aún hay algo vivo que resiste como resisten las flores que se escapan de la mazmorra noctámbula.
—Decídase —susurra la doctora arrastrando mucho la ese—.
La duda es pura patología.
Antes de que pueda firmar, Gorgófira nos guía hacia otra sala, más profunda, más silenciosa. La iluminación es tenue como un osario hinchado de muertos, como si la luz temiera contaminarse. El aire huele a medio parir. Hay filas de incubadoras transparentes. Dentro, niños que no son niños, cuerpos mínimos, apenas esbozados, solo trazos de estructura histológica basal intentando imitar la forma humana.
Se retuercen con crujidos suaves, susurros de resistencia en construcción, mientras la doctora anuncia con tono litúrgico que son neonatos de la Iglesia del Órgano Fantasma.
Nacieron sin finalidad funcional. La biomasa no los reclamó. Un pequeño rostro se vuelve hacia mí. No tiene ojos. Aun así, me ve con su frente traslúcida y siento cómo mis vísceras se repliegan, reaccionan a su telepatía, a sus mensajes biológicos en el idioma de las moléculas. Gorgófira me entrega una ficha clínica.
“Producto del afecto abortado. Madre, pareja, padre. Paciente omega.”
Me arde el apellido, la carroña de las lágrimas.
Tus ojos se clavan en el suelo, niegas eso que bulle en el fondo de tus pensamientos.
—Cada decisión afectiva genera residuos orgánicos —explica la doctora—.
Cuando la relación fracasa, los desechos buscan su hogar dislocados de la médula que el hombre arroja, no pueden acatar la lluvia del Arquitecto en los arrabales de su simiente sin que los sudores del calor embarazado, incómodo bajo las uñas del astro perseguido, busque su materia en la cárcel que se aferra a la raíz del moribundo.
Uno de los infantes intenta levantarse, sus tendones se estiran como cables sin funda. Su llanto no suena, vibra en los átomos de nuestra anatomía.
—Si firman la desvinculación —continúa Gorgófira— estos entes serán reciclados y la materia retornará al sistema. La historia emocional será purgada.
Tú preguntas avergonzada, casi en secreto.
—¿Sufren?
La doctora se encoge de hombros, como si la compasión fuera un músculo atrofiado, como si ya no recordara lo que es la empatía. Incómoda quizás.
—Solo en conceptos antiquísimos, amor, pertenencia, significado. Dolencias ya obsoletas.
Me acerco a un incubador. Un pseudoniño estira su mano incompleta hacia mí. Su muñón, más parecido a un tentáculo que a la extremidad de un mamífero, palpita como pregunta sin lenguaje. El formulario arde en mi palma, y la mano es un nido arcano y misero que viaja sin alma por las heladas cosas de este mundo, clavada en nuestra memoria.
Pienso que la evolución siempre factura y que la existencia no regala nada.
Gorgófira nos encierra en una sala de esterilidad sacramental. El centro lo ocupa una camilla ritual con correas que laten esperando muñecas que disciplinar. En la pared, un mural de diagramas anatómicos donde las arterias forman mandalas coercitivos. Todo huele a jurisprudencia de laboratorio.
—El Protocolo es simple —declara la doctora— la relación es un órgano comunitario. Si deja de cumplir su función, debe extirparse.
Nos entrega batas de mármol como diagnóstico.
Paso 1: Identificación del órgano afectivo.
Paso 2: Aislamiento de la memoria patógena.
Paso 3: Resección de la intimidad sobrante.
En una pantalla aparecen nuestros cuerpos en superposición, dos siluetas que comparten zonas de red conjuntiva. Ahí… en el tórax… una masa conjunta… un bulto que palpita al compás de ambos corazones.
—Esta estructura —explica— fue generada por el roce emocional continuado.
Tú aprietas los dientes, yo aprieto la realidad. La doctora enciende un filo clínico hecho del lubricante de la palabra. Su chapoteo es amenaza convertida en música.
—Durante la intervención —prosigue— el vínculo intentará defenderse.
Puede generar recuerdos falsos, escenas de ternura, promesas. Son secreciones tóxicas. No cedan.
Nos ordena colocarnos frente a frente, casi tocándonos. Siento tu respiración irregular, como si el miedo quisiera aprender anatomía dentro de ti. Gorgófira marca con su flujo bucal una línea vertical entre nuestros pechos. El trazo duele más que una aguja, es la geometría del ácido.
—Cuando corte —dice— ya no se conocerán, solo quedarán dos criaturas sin desviaciones románticas.
Nos toma de las manos y las coloca sobre la camilla, como si firmar con lo corporeo fuera más vinculante que cualquier tinta. El acero quirúrgico babea. Ella sonríe.
La cuchilla quirúrgica se acerca con humedad precisa. La línea que Gorgófira trazó entre nuestros pechos palpita, un tumor de deseo que se niega a ser extirpado. Siento que vibra, que intenta reorganizar mis nervios, convertirlos en aliados, en océanos nocturnos de madera que forman enjambres de fantasmas, y que cuando el sol resbala traslúcido, se transmutan en paisajes famélicos que regurgitan torrentes de óxido.
—Está vivo —susurro, aunque mi reclamo suena a eco en el laboratorio de la montaña.
La doctora frunce el ceño. No tolera interferencias.
—Solo es tejido con residuos sensoriales —insiste—. La emoción es un subproducto prescindible.
Intento apartar las manos pero la membrana viva se adhiere a mi anatomía. Mi epidermis se pliega sobre la tuya. Latidos sincronizados, dos corazones que negocian con la muerte. El teratoma responde, palpita más rápido, proyecta tentáculos semióticos sobre la camilla intentando atrapar todo lo que pueda salvarse de la amputación. Gorgófira activa el corte analítico de mucosa líquida. La baba corta el aire, pero no hiere la membrana afectiva, el bulto aprende de la humedad, muta, cambia su resistencia. Se vuelve más denso, más oscuro, más subversivo.
Tú lo notas. Tus dedos tiemblan.
—Está… vivo —repites—.
No como nosotros. Sino como algo que somos juntos, nosotros sin ser dos.
La doctora se inclina, frustrada.
—No hay protocolo para esto —admite fingiendo autocontrol—. La materia corruptible no siempre obedece.
La masa se expande hacia nuestras espaldas formando un halo de adhesión invisible. Se alimenta de recuerdos, de contacto, de pequeñas promesas olvidadas. Siento cómo mis paquetes vasculares tratan de mimetizarlo, integrarlo, protegerlo.
—Si cedemos —murmuro con una voz que ya no es solo mía— podremos sobrevivir…
Gorgófira aprieta el metal incisivo.
—O perecerán como anomalías.
No hay términos medios.
Pero el armazón insiste en su liturgia silenciosa. Mutación como oración, adherencia como sacramento, latido como conjuro.
El primer corte falla. La línea se cierra sola. El quiste parece burlarse, palpitante, imposible de amputar completamente.
La camilla late. La sala entera balbucea como un útero de concreto. Gorgófira se mueve con la precisión de la herramienta babosa, pero su sonrisa revela sorpresa, nunca antes una tumefacción afectiva había resistido tanto. Mis manos continúan adheridas a las tuyas, piel contra piel, como si el enlace se hubiera convertido en material biológico independiente. La línea marcada entre nosotros ya no existe, ha sido reemplazada por una membrana viva que nos conecta, un cordón de sustancia intercelular que late y susurra.
—Decidan —susurra Gorgófira—.
Separación o fusión.
Siento cómo mis partes dialogan con las tuyas. Pulmones, hígados, riñones, nervios, todos se reorganizan en un intento de supervivencia conjunta. La tuberosidad afectiva palpita como un corazón autónomo, proyectando microtendones metálicos sobre nuestra espina dorsal, sobre nuestras costillas en un latido que es un ritual de código morse.
Tú me miras y tus ojos reflejan el parpadeo de la luz de los monitores, pero también la sombra de lo imposible. La decisión es nuestra, no de ti ni de mí, sino nuestra. El laboratorio, los instrumentos, la doctora, todos son meros observadores de un fenómeno que no comprenden.
El primer contacto profundo desencadena un cambio físico inmediato. Nuestra epidermis se reconfigura, tubos, vasos, microcapilares se enlazan en un patrón ritual. Latidos y respiraciones se sincronizan. Zumbidos mecánicos. El tumor afectivo se expande, cubriendo hombros, espalda y pecho, como si quisiera reescribirnos desde dentro. Gorgófira retrocede. No puede intervenir, los protocolos no contemplan un órgano que gobierna dos cuerpos. La línea de metal se oscurece, se seca… inútil. La tecnología se humilla ante la resistencia de la curva.
Microondas de emociones recorren nuestras fibras, generando impulsos eléctricos que no nos pertenecen solo a nosotros, sino al organismo binario que acabamos de ser. Mis recuerdos se mezclan con los tuyos formando un archivo orgánico, inseparable ya. Cada memoria es ahora tangible, respirable, mutable. La sala se inclina, el tiempo se curva. Lo que comenzó como un procedimiento se ha transformado en ritual de creación. Hemos dejado de ser individuos. Somos un híbrido de acero, nervio y memoria.
Gorgófira observa muda. Sus ojos lechosos reflejan la lección que la cirugía jamás pudo enseñar, la biología metálica ya no solo desobedece, también resiste, elige y se defragmenta. Y mientras la luz fluorescente se enrosca sobre nuestros cuerpos fusionados, lo que somos ahora trasciende la decisión, habita un territorio donde la sustancia es ley, ritual y memoria a la vez.
El laboratorio queda atrás. La fusión nos absorbe. Somos una nueva carne, palpitante, oxidada, consciente y definitiva.
La luz del laboratorio se disuelve como gelatina sobre nuestros cuerpos fusionados y nos alimenta. Un fluido binario que palpita con conciencia propia. No sabemos dónde empieza uno y dónde termina el otro. La identidad se ha convertido en un concepto obsoleto, una variable que la sagrada pulpa ha decidido redefinir. Camino por los pasillos vacíos del instituto, o más bien, la institución camina dentro de nosotros. Las vitrinas donde flotaban los órganos rechazados ahora parecen fósiles de una fe fallida. Cada frasco, cada etiqueta, cada residuo de afecto que alguna vez intentó existir fuera de nosotros se ha disuelto en la fusión. El recuerdo de lo que fuimos como individuos queda registrado en una capa subcutánea que late y piensa, pero que ya no reclama nuestros nombres.
Todo somos nosotros.
Nos observamos. Nuestros ojos son reflejos de nuestros ojos, y nuestros pensamientos son nuestros gestos. El grito se ha convertido en un rumor compartido, una corriente eléctrica que atraviesa nuestras fibras y atraviesa la sala como si fuera un ritual de resurrección. Intento hablar y lo que surge no es una palabra sino un eco de nuestras voces modulando la frecuencia del oxígeno, una liturgia silenciosa que solo el soma puede leer.
Nos desplazamos hacia la salida. La puerta se abre sola, respetando la autonomía del nuevo organismo que hemos acontecido. En el exterior del Instituto Mandri, el mundo sigue indiferente. Montaña, árboles, cielo, todo nos mira como a un dios que ha escapado de su jaula. No sentimos miedo. No sentimos alivio. Solo un pulso uniforme, la respiración compartida de un organismo que ya no es singular.
Gorgófira aparece a lo lejos. Sus ojos buscan la corrección, el control. No hay nada que pueda hacer. El cuchillo cirujano yace en silencio. Todo protocolo queda anulado. La fusión ha abolido la jerarquía de dispositivos anatómicos, sentimientos y nombres.
Y entonces comprendemos que nunca hubo separación, nunca hubo abandono. Todo lo que sentimos, todo lo que generamos, ha sido absorbido por este organismo único, palpitante y absoluto. Hemos convertido el pensamiento, el deseo y el miedo en arquitectura del músculo consciente.
Nos detenemos bajo la luz del atardecer. La seda humana se inclina, el pulso se dilata, los latidos se reflejan en la roca y en el eter. La fusión no es solo supervivencia, es inmortalidad ontológica, la prueba de que la anatomía no solo existe, sino que elige, resiste y gobierna.
Cero órganos individuales.
Una sola voz.
Una sola carne.
Un organismo que palpa,
recuerda y decide
somos nosotros,
finalmente,
sin separación posible.
Cesc Fortuny i Fabré, escritor, músico, artista multidisciplinar originario de Barcelona, nacido en 1971.
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