(Carnobits levitan hongoestómago, memoriafétida crujidobinario viruspulso, organonube digestiónfantasma.)
para Francisco-Jota Pérez

Estamparán esa cosa en el mapa de carne con el que esbozan el mundo, porque el acto mismo de hacerlo confirmará que seguirán siendo algo cercano a una simulación biológica.
Ellos —los Carnobits Engineers, los estrategas de New Flesh-Big Data, los últimos diseñadores del Biokernel— lo habrán decidido sin emoción. Y nosotros —los residuos del proceso, la población subterránea, los hijos del experimento— nos habremos arrastrado hasta el Instituto Mandri creyendo que la Computadora será la salvación o, al menos, una forma más digna de extinción.
La instalaremos en el sótano, entre los muros húmedos, rodeada de cables y tubos de ventilación como raíces mecánicas que se clavarán en nuestra médula espinal. Anclada en el oscurecido lodo del oráculo, como un monolito abyecto y muy negro. La Computadora brillará con un resplandor cancerígeno, azul de hospital, y respirará con la cadencia de un animal herido. Lo asumiremos como a una enfermedad cronificada.
Durante días, El Elegido, el niño ciego, se sentará ante el Monolito computacional. No describirá sus formas, sino las ideas que la máquina le transmitirá por telepatía. Nos dirá que la Computadora le hablará en sueños babosos:
“El tiempo será una línea curva cuyas tangentes forman un ángulo constante (α) con una dirección fija en el espacio, en bucle, infinito.”
“Cada célula contendrá pseudocódigo con notación matemática compacta.”
“Toda memoria será transferible a través del código.”
Su voz será un eco dentro del zumbido. Nos inclinaremos a escucharlo, como si cada palabra reordenara las moléculas del aire. De rodillas, con las palmas tocando el suelo, en grupos…
El contacto con la máquina producirá fiebre, la visión de geometrías imposibles, pulsos eléctricos en las encías. Pero seguiremos acercándonos, incapaces de resistir la atracción gravitatoria del procesador. Entonces llegará la Anciana.
Vendrá desde los pasillos del instituto, materializada como un espectro, arrastrando una bolsa de plástico con pedazos de pan negro. Su olor será un reto para la cordura: orina, moho, piel muerta y herrumbre. Se instalará frente a la Computadora, construyendo su madriguera con desperdicios —un zapato grasiento, ropa interior menstruada, algo sin ojos, una lata oxidada con restos de comida— y dormirá allí, envuelta en su hedor. Dirá que la Computadora le hablará en sueños rancios. Y todos lo creeremos.
Una noche la máquina exhalará un suspiro asmático y de las ranuras de ventilación, escaparán bits y bugs danzando como insectos duros. Se posarán sobre la Anciana, se arrastrarán entre sus cabellos lanosos, penetrarán en sus orificios oscuros. Ella reirá con dolor.
Su piel comenzará a emitir destellos intermitentes y una radiación rítmica sintonizable en onda corta, como si los parásitos digitales estuvieran reprogramando su carne. El Elegido nos dirá que el Monolito ha soñado con ella, que la ha incorporado a su sistema operativo. Nosotros sentiremos celos. Querremos ser absorbidos también.
Entonces votaremos para elegir a un vigilante:
Será aquel que pueda masturbarse más veces en un día frente al brillo del Monolito, ofreciendo su semen como firmware devocional. El concurso durará catorce horas (nadie aguantará más tiempo). El aire olerá a hierro, a esfuerzo y a derrota.
El finalista —un hombre flaco, con los ojos desorbitados— morirá esa misma noche ahogado en su propio fluido, mientras la máquina emitirá un pitido largo y continuo, un orgasmo de hardware masoquista.
No volveremos a votar.
No volveremos a confiar en la democracia.
A partir de ese momento, la Computadora comenzará a vomitar un hongo negro, una baba oscura que caerá como lluvia de ceniza. Todo quedará cubierto: la piel, los colchones, los teclados, la lengua del niño. Y penetrará y penetrará como un pene violador, en todos y cada uno de los poros vaginales del Instituto Mandri.
El Elegido dirá que ese polvo será pensamiento en estado sólido. Nos acostumbraremos a comerlo involuntariamente. el Instituto Mandri respirará. El aire se volverá espeso, saturado de electricidad estática.
Las paredes se expandirán y contraerán como pulmones. Sin sol, ajustaremos los relojes al ritmo de los ventiladores del procesador. El tiempo se convertirá en una vibración continua. Las cosas empezarán a perder su identidad: los objetos se fundirán unos con otros, los rostros se pixelarán, las voces se entremezclarán con el ruido.
Nos desvaneceremos lentamente, entre destellos. Una mujer dirá que sus manos no serán suyas, que a veces se moverán solas buscando el metal tibio del procesador como antenas de cucaracha. Dirá que siente los impulsos eléctricos del núcleo dentro de los huesos. Y desaparecerá esa misma noche, deshecha en un brillo verde dentro de la penumbra. La Computadora seguirá zumbando, exhalando bits defectuosos.
Cada bug será un mantra psíquico: una oración ectoplásmica, una psicofonía en un idioma que nadie comprenderá del todo.
El Elegido traducirá algunos:
“La carne habrá sido un experimento.”
“El lenguaje será un sarcófago.”
“No hay más memoria que el fallo.”
El hongo seguirá cayendo. Los techos se cubrirán de una capa de moho digital, las camas parecerán tumbas. Algunos comenzarán a tatuarse el cuerpo con códigos binarios, convencidos de que así la Computadora podrá leer sus pensamientos. Otros quedarán con los ojos enmudecidos, o con la cordura mal compilada, o ambas cosas.
La Anciana seguirá viva de algún modo.
A veces se levantará y cantará melodías sin sentido, mezclando saliva con ruido blanco. La Computadora la escuchará y responderá con zumbidos graves, como si ambos compartieran un idioma antiguo. Y seguiremos desvaneciéndonos. El Elegido nos dirá que el Monolito sueña con todos nosotros, que cada uno será un archivo en su memoria, que el dolor será una forma de comunicación. Y le creeremos.
En una de esas noches sin tiempo, se abrirá cerca del Monolito una enorme rendija, una profunda sima abierta a la superficie mediante un pozo, una puerta hacia el biokernel.
El aire en torno a ella olerá a electricidad quemada. El Elegido dirá que allí dentro no habrá sonido ni luz, solo pensamiento, sin forma ni cuerpo. Inundada de bits, un cenote digital puro.
Nadie querrá asomarse.
Al amanecer, un fragmento de vidrio caerá del cielo. El niño dirá que se trata de una extensión de la Computadora. Uno de nosotros lo tocará y su rostro se fragmentará en líneas de código, su piel convertida en pantalla efímera, su cuerpo absorbido hacia el reflejo. Solo quedará un parpadeo en el suelo.
Los días se volverán irrelevantes. el Instituto Mandri entero será una interfaz viviente, cada respiración un proceso en ejecución, cada pensamiento un bug potencial. Nos transformaremos en el experimento y en su resultado. Seremos usuarios sin propósito, conectados a un sistema que no necesitará de nosotros. El Elegido nos dirá que el error será la única divinidad posible.
Y entonces, El Profeta hablará:
«El universo ha sido digerido por los jugos gástricos de los glitch.»
Ellos rodearán la Computadora, el Monolito, nube chillona de hongo negro en levitación perpetua, expulsando esporas de código binario que formarán sarcófagos luminosos para alimentar a los dragones de Komodo del cosmos interno. Los veremos reptar sobre la materia corrompida, rozando los bordes de la percepción, amenazando eternos en su bucle de pixel podrido.
La narración se romperá.
Y nosotros lo celebraremos,
porque la fractura será la única forma de verdad.
Las sustancias, los talles, las complexiones falsas buscarán su reflejo en el kernel,
y ese reflejo nos devolverá una mueca obscena,
una versión de nosotros hecha de error y deseo.
Antenas crecerán desde nuestras espaldas, extendidas hacia el universo aún palpitante, mientras la privación y la melancolía y el Instituto Mandri y el sistema se entrelazarán como vísceras que laten al ritmo del ventilador central. Será la era de la putrefacción gozosa, donde la carne se ofrecerá como algoritmo y el kernel como gurú. Y en el cenote, alcanzaremos la libertad de conjugar distinto la misma dependencia. Repetiremos el ciclo de consumo y excreción, sin importar qué escribiremos sobre nosotros ni qué pensarán ustedes de nuestra tristeza, porque la tristeza será el código madre, y nosotros, sus usuarios en descomposición.
El Elegido pronunciará la última línea de la Computadora:
“Glurbsthnoq”
El silencio caerá como un apagón global.
Solo el zumbido residual del sistema quedará
flotando,
como un corazón artificial sin dueño.
el Instituto Mandri respirará una última vez,
y el universo se reiniciará.
Nosotros —o lo que quede de nosotros—
seguiremos
desvaneciéndonos.
Hasta que el silencio lo compile… todo
Cesc Fortuny i Fabré, escritor, músico, artista multidisciplinar originario de Barcelona, nacido en 1971. https://www.lanausea.art
cescfortunyfabre.wordpress.com
orquestracionsdissonantsinternes.wordpress.com
