Eduardo Magoo Nico: «La mano en el agua»

Por Eva Molina Saavedra:

En La mano en el agua, se concibe la poesía como un asunto de vida o muerte, como actividad revolucionaria que proporciona conocimiento a aquellos que no han perdido la capacidad de escuchar, aunque el autor nos advierta sobre las trampas de la ficción y de la palabra misma.

Formamos parte de la fuerza vital de todo lo que crece, lucha y agoniza. ¿A quién sino le podemos confiar deseos y desventuras sino a ese agua que siempre nos acoge, purificando nuestras lágrimas? Cuando los sentidos despiertan al paisaje somos «menos que la corriente que nos lleva y pasa, menos que el animal que vive», y, al fin, nos diluimos en su indefinición renovadora.

Una de las voces fundamentales en la obra de Eduardo Magoo Nico es el doble “niño”. Aunque su alter ego se quedara bogando hacia la Cruz del Sur, su presencia constante tiene gran poder de interpelación. De él provienen la jovialidad, la exaltación, la intensa alegría que impregna todos sus poemarios. También, el atrevimiento, el impulso aventurero omnipresente en el libro y muchas preguntas asombrosas como: «¿Es el polen la sustancia del amor fosilizado?».

El naturalismo vitalista de Eduardo Nico nos eleva sobre el espacio y el tiempo, para encontrar un posible cauce de sanación; el reducto desde el que la justicia no sea anulada por una patria perversa, indolente o criminal. Sin embargo, aunque nos opriman las raíces de la comunidad a la que pertenecemos, nunca lograremos librarnos de ellas, ya que nos constituyen en la gestación de nuestra identidad, llegando a convertirse en un condicionamiento determinante para cualquier persona.

El autor encuentra su principal inspiración en el deseo, el amor y el azar, tal vez lo único que realmente nos pertenece. Acaso sean pequeños tesoros que nos hacen mejores, que nos hacen volar.

La entrega de los años a la vocación poética ha llevado a Eduardo Nico a la plenitud lírica en La mano en el agua. Un poemario único por su ritmo envidiable, inusitada sinceridad y eufórica belleza.

Poemas de La mano en el agua seleccionados por el autor:

GOTA-COLIBRÍ

Dentro de la granada
late una semilla viviente.

De pronto, aparece
un diminuto volátil,
plumaje metálico
pequeñísima cabeza
casi humana.

Colibrí,
nuestras manos se juntan
sobre tu suave plumón,
con tu pico nos refrescas la boca.

Ha traído con él
una pequeña porción de amor.
Puso en nuestros labios el lenguaje.
Desde entonces también nosotros hablamos
y sudamos gotas-colibríes.

VICTORIAS REGIAS

El agua brilla en los reverberos,
hiede a limo de playones recalentados.
Me lleva hacia allí la canoa
que calafateamos con Quiroga
hace ya casi un siglo.

La embarcación atraviesa un campo
de Victorias Regias.
Los pimpollos de seda, chupan la luz.
En sus pestañas untuosas
parpadean puntos fríos,
negros como las alas de un cuervo.

Absoluta inocencia hay en ellas.
Puedo sujetar el tiempo con la flor.
Dormir debajo del agua.
Pero hasta en la luminosidad del mediodía,
mi plumaje permanece nocturno.
Estoy muy dentro aún,
mi mente toma la forma de las cosas.

Voy bogando en la canoa
donde se empolla lo que no es.
El temblor de las alitas
apenas sacude los nidos.
Las cosas erran tanto como yo
en el presagio de lo no cumplido.

Es preciso releer,
corregir hasta el último pelo.
Tras la postrer gota de sudor,
una primera verdad
clavada en el fondo
me sacude.

EL BOGA

Soy ese muchacho
escondido en la canoa.

Por momentos, leo.
Escribo a veces.
Estoy aún en la naturaleza.
Me deslizo y me dejo llevar,
ebrio de lunas,
disuelto en brisa.
La mano en el agua.

Si las palabras no pertenecen a nadie...
¿Para qué repetir tantas zonceras
que ya han sido dichas?

Este río
y los animales que lo habitan
no conocen la muerte.
Desertores del pasado y del porvenir,
no tienen edad.

El agua me adivina cuando la toco.
Conoce mis secretos.
Soy menos que la corriente
que me lleva y pasa,
menos que el animal que vive.

Una infinita duración
ha precedido mi nacimiento.

SELENE

Aridez fertilísima
que hace brotar las semillas,
subir y bajar las mareas,
la sangre
y el pensamiento.

Solitario y suave animal
del color de la miel.
Camaleona de la noche
que desabotona sus fases
y se muestra desnuda
a quienes la contemplan.

Rendidos ante sus crecientes
o remando contra sus menguantes,
en su vieja hamaca
la verán yacer,
aromada de luz
entre jazmines y magnolias.

¡Ah!, cuando se gira,
lenta asoma
de su cadera en luna nueva
la comba,
hasta ocultar el ombligo
de su preñez, casi redonda.

Madre de las aguas
que rompes los embalses:
¡Dame a beber
el blanco vino de tus vides!
¡Salva en mi sueño
la flor azul del Paraná!

OÍD MORTALES

Toda el abra cubierta de camalotes.
Las calas violáceas
humean un olor de coronas fúnebres.

Alquitranada viscosidad.
Fetidez de los bajíos
donde hierve el cieno fermentado.

En las islas
carroña de peces muertos.
Mas dentro de este hedor
hay otro hedor
que viaja con nosotros.

Un hedor a bastarda prosapia.
A herencia oscura y falsa
en el escudo nobiliario de la nación.

¡AY, PATRIA MÍA!

¿Qué partícula de pensamiento,

qué resto de gente quedará

viva o muerta en el país

luego de la masacre?


¿Qué resto quedará

que no lleve su marca?


Resistentes, impotentes, postergados,

en la nada diferida de un pueblo

al cual se obsequia como un don

el sufrimiento,

lo no vivido como vida,

la irrealidad como realidad

para diversión de cuatro bastardos.


Legiones de esclavos pasaron

por la red de túneles del contrabando

de este puerto miserable

sobre el cual el viejo fuerte se asentó.


Ese mismo que hoy

mal enchastrado con cal viva

y sangre de toro

cubre su horrenda fachada

con la apariencia de un palacio

desde el cual se nos gobierna.


Buenos Aires fue y es

una ciudad negrera.

En Retiro, Plaza San Martín

y Parque Lezama estaban Las Compañías,

es decir, los mercados negreros.

A una cuadra de Plaza de Mayo,

la ranchería de esclavos de los Jesuitas,

a cuatro cuadras, la de los Dominicos,

un poco más allá, la de los Franciscanos.


La merca (con marca) se vendía

en los arcos del Cabildo

y en los patios

de los Azcuénaga Basavilbaso.


No dar entierro a los que mueren era común.

Atados a las colas de los caballos

los arrastraban para tirarlos en los huecos

como se hace hoy con los pibes en los barrios.

Uno de esos huecos se llama

-¡Que ironía!-

“Plaza Roberto Arlt”.


De las barracas donde eran internados

para la cuarentena, el palmeo y el calimbado,

de las zonas de engorde y bañaderos

poco o nada se sabe.

Como muy poco se supo ayer

y se sabrá mañana,

de los chupaderos y las cárceles clandestinas.


Qué resto, me pregunto,

quedará tras la masacre

que no lleve su marca.

Eva Molina Saavedra, poeta, licenciada en Filosofía, en Antropología Social y Cultural, máster en Cinematografía, nacida en Granada, España, en 1969. Autora del poemario La mirada rasante (Bartleby Editores), que ha sido traducido al inglés, y del que se han publicado diversos poemas en portugués y rumano.

Eduardo Magoo Nico, poeta nacido en 1956 en Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires. Publicó en Argentina su primer libro de poemas, “La Polaca” (Ediciones Cronopio Azul, 1995), el relato “Resurrección” en el diario Perfil (Buenos Aires, 6/1/2008) y el libro de poemas “Puros por Cruza” (Editorial El fin de la noche, 2011). Víctima de la crisis económica que en el 2001 asola a la Argentina, se traslada a Trieste, Italia, donde reside hasta la actualidad. En Italia ha publicado la fotonovela “Escuela de Sirenas” en el suplemento semanal de el diario Il Manifesto (Alias, 9.02.2002). En el 2012 es convocado por el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofia de Madrid para la muestra colectiva “Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina” curada por Ana Longoni. Ha editado recientemente el poemario “Servidumbres” (La Cartonera Edizioni, Roma, 2023), y “Treinta y seis grados” (La Cartonera Edizioni, Roma, 2024).
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