La palabra patria es mucho más grave que el tipo de acentuación que recae sobre ella. Tanto su amplitud semántica como su carga simbólica —adulterada muchas veces por los que siempre buscan apropiársela— han permitido que este vocablo consiguiera lo que tal vez ningún otro pudo a lo largo de la historia de las lenguas (a excepción, quizá, de la palabra Dios): que nos matemos o asesinemos en su nombre.
«La patria es el otro», se dijo alguna vez —no hace mucho— en este país de gauchos, tangos y biromes. En efecto, lo que terminó volviéndose un eslogan fue, para muchos (y me incluyo entre esos muchos), un canto de esperanza; sin embargo, la esperanza, aunque sea lo último que se pierda, también se pierde. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otra manera, pues hasta el gran escritor nacional, aquel al que se sigue reivindicando como a un prócer, dejó sentado en unos versos esta infamia: «Nadie es la patria. Ni siquiera todos»[1]. Como vemos, Argentina, según Borges, sería un país de apátridas.
Habiendo ya trocado mi idea geográfica de patria por una concepción más bien lingüística, puedo decir, sin temor a exagerar o a equivocarme, que mi patria es mi lengua, ese idioma que fluye como un río desde España y riega buena parte del continente americano. Eso sí, mi patria es más bien matria, pues tiene rostro y nombre de mujer.
«En mi patria hecha para probar catapultas y trampas / vive esa suerte de mujer que amo»[2], escribió el malogrado Roque Dalton, refiriéndose a El Salvador; y yo, que sé muy bien que no hay quien nos salve en estas tierras, abrazo la intuición de que solo la mujer puede revivir —o acaso suplantar— la ya corroída idea de patria.
Sin embargo, tampoco esta respuesta me resulta del todo convincente. Quizá porque toda definición de patria —incluso la más íntima— corre el riesgo de volverse absoluta y, por lo tanto, peligrosa. La mujer es un imán, un arpa, un plenilunio; la patria es otra cosa, algo más inabarcable, más impreciso, más impersonal. Tal vez por eso necesite volver ahora a unos versos del nunca bien ponderado Benedetti, aquellos que rezan, como solo sabría hacerlo un chamán o un nazareno, lo siguiente: «Quizá mi única noción de patria / sea esta urgencia de decir Nosotros / quizá mi única noción de patria / sea este regreso al propio desconcierto»[3].
Quién sabe, a lo mejor la patria sí sea una mujer, pero una cuyo perfil nunca termina de decirse.
[1] Jorge Luis Borges. «Oda por el sesquicentenario», en Poesía completa, Buenos Aires, Ediciones Debolsillo, 2013.
[2] Roque Dalton. «Poema jubiloso», en Atado al mar y otros poemas, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1995.
[3] Mario Benedetti. «Noción de patria», en Noción de patria/Próximo prójimo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000.
Flavio Crescenzi, escritor, poeta, ensayista, asesor linguístico y literario nacido en Córdoba (1973). Ha publicado libros y escritos en diversos medios.
