Flavio Crescenzi: «Tu infancia en Menton»

«Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes», reza el epígrafe de Jorge Guillén que Federico García Lorca eligió para uno de los textos más inquietantes de Poeta en Nueva York. La frase de Guillén, que aparece en el verso de inicio para reaparecer en el de cierre —como si se tratara de un estribillo secreto o de una clave cifrada—, configura de algún modo la realidad rítmica y simbólica del poema. El texto aludido no es otro que «Tu infancia en Menton», pieza con la que culmina la primera parte del libro, y cuyo título tomo aquí, deliberadamente, para precisar el horizonte temático de este artículo.

La disposición vertical de la poesía en verso invita a una lectura en descenso, aunque no necesariamente entendida como gradación o declive. Los versos de Lorca poseen la virtud de gravitar en su propia espacialidad sin perder autonomía ni potencia evocadora, y «Tu infancia en Menton» participa de esa constante formal. Con lo que allí nos encontramos —como lo sugiere el mismo título— es con la infancia, pero con una infancia sublimada por la memoria y la escritura en un juego lírico que, así como la preserva, también la proyecta hacia un territorio de más vastas resonancias.

Como sabemos, en la tradición literaria occidental, la niñez ha sido tematizada bajo formas diversas: pensemos, por ejemplo, en el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, en el David Copperfield, de Charles Dickens, en el Huckleberry Finn, de Mark Twain o en El señor de las moscas, de William Golding. En el ámbito hispanoamericano la hallamos en obras como Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, o Chinchina busca el tiempo, de Manuel del Cabral.[1] En todos estos casos, la infancia no constituye únicamente un período biográfico, sino también un símbolo literario que concentra pureza, pérdida y revelación. La poesía —y así lo demuestra el poema de Lorca que glosamos, al igual que el verso de Guillén que lo suscita— ha abordado también esta cuestión, aunque, tal vez, con otro nivel de intensidad.

Llegado este punto, conviene que transcribamos el texto completo, de manera que el lector pueda apreciarlo en toda su profundidad:

Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Tu soledad esquiva en los hoteles
y tu máscara pura de otro signo.
Es la niñez del mar y tu silencio
donde los sabios vidrios se quebraban.
Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.

Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.
Allí, león, allí, furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero,
he de buscar las piedras de alacranes
y los vestidos de tu madre niña,
llanto de media noche y paño roto
que quitó luna de la sien del muerto.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
Alma extraña de mi hueco de venas,
te he de buscar pequeña y sin raíces.
¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
No me tapen la boca los que buscan
espigas de Saturno por la nieve
o castran animales por un cielo,
clínica y selva de la anatomía.
Amor, amor, amor. Niñez del mar.
Tu alma tibia sin ti que no te entiende.
Amor, amor, un vuelo de la corza
por el pecho sin fin de la blancura.
Y tu niñez, amor, y tu niñez.

El tren y la mujer que llena el cielo.
Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.

¿Qué es lo que, a priori, observamos en este conjunto de versos? Vemos un mito personal y colectivo; una frase («fábula de fuentes») que se repite como estribillo y que funciona como eje imaginario; una evocación de la infancia que se entrelaza con tópicos como el amor, el deseo o la muerte, desplegados, a su vez, mediante un lenguaje visionario que mezcla lo cósmico con lo íntimo: trenes, mujeres celestes, caballos azules, ruiseñores, signos de Apolo, etc.; un yo poético que oscila entre la búsqueda de un alma ausente y la confrontación con máscaras, ruinas y señales del destino. En cualquier caso, lo que vemos aquí es que la niñez no está únicamente asociada al recuerdo, sino que también busca revelarse como una usina de misterio y desarraigo.

A modo de conclusión, podríamos decir que la infancia (al menos en literatura, y más específicamente en poesía) es un constructo simbólico —en parte mito, en parte utopía—, que opera para desentrañar de nuestro espíritu las causas primordiales, el «amado Egipto de las cosas»[2] del que hablaba Ósip Mandelshtam. Por lo tanto, recordar nuestra propia infancia supone enfrentarse a esas causas, a aquellas que parten en dos las aguas de la experiencia como si de un mascarón de proa se tratara, un mascarón cuya figura no será ya la de una tornátil y lúbrica sirena, sino la de esa vaporosa y líquida niñez que, según Guillén y según Lorca, es «ya fábula de fuentes».


[1] La frase completa de Mandelshtam dice: «Cómo olvidarse de ti, amado Egipto de las cosas».
[2] Ambos autores, también poetas.


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