Flavio Crescenzi: «Un grito en San Cristóbal»

La música de un piano, oculto detrás del descascarado azul de una fachada, parte el aire de noviembre en dos mitades. San Cristóbal, en este momento (que es casi mediodía), se ha convertido en una mezcla de pavanas y hemistiquios, en un misterio barrial pensado para flâneurs y transeúntes. ¿Quién estará tocando esa bella pero descontextualizada melodía? ¿Cómo han venido a parar a estas calles de Dios unas manos capaces de interpretar a Ravel entre escombros y ladridos? ¿A través de qué torcida ranura se filtra el recto sonido que nace de esas teclas? No podría responder a ninguna de estas tres tristes preguntas, pero en algún momento lo haré, aunque me falten tigres para concluir el trabalenguas.

Desde que me mudé a este barrio, a fines de diciembre, todos los mediodías son iguales: la misma música huidiza, el mismo letargo de las calles, la misma inmanencia de las casonas y de los predios arrasados. Suelo pasar por la puerta del lugar de donde proviene el sonido de ese piano entre las 11:30 y las 12:00 horas, cuando regresamos, con mi perro, de un largo paseo matutino. A mi perro le gustan las dulces melodías que se cuelan en el aire y las saluda moviéndoles la cola, casi siempre antes de orinar al pie del árbol más cercano. Así se van los días, así se irán también los meses y los años.

De repente, algo altera la idílica rutina. Un grito se escapa de la misma casa de donde, minutos antes, se escurría la música del piano, un grito infantil que acalla con violencia inusitada el dictado de aquellas peregrinas partituras, un grito que se distingue del resto de los ruidos que contaminan la metrópoli. Los pocos que estamos rondando la vereda miramos simultáneamente hacia el mismo ventanal. El perro ladea sus orejas en clara señal de sobresalto.

Una mujer se me acerca y, como adivinando mi preocupación, me comenta: «Es el hijo de la profesora de piano; el pobre tiene once años y sufre de hidrocefalia». Yo le agradezco el informe con un sutil gesto de cabeza. La mujer sonríe gentilmente, acaricia al perro y sigue su camino hasta la verdulería de la esquina. El piano —que, como el mar de Valéry, siempre recomienza— vuelve a escucharse para desembocar en un impromptu.

Si el lector me permite una breve digresión, señalaré que una de las cosas que más me llama la atención de este barrio es su involuntaria vocación de pueblo. Todo lo que podemos atribuirle a una localidad alejada de ese caos de avenidas y semáforos, de ese «mundanal ruido» ya condenado por fray Luis, podemos atribuírselo también a San Cristóbal, al menos, a esta zona específica en la que me muevo día a día. Admito que se trata de una condición menos urbanística que ontológica, menos arquitectónica que lírica. Es, sin ir más lejos, lo que describe Azorín en ese libro suyo intitulado (tan convenientemente para mí) Los pueblos: una mezcla de sensaciones ligadas al paisaje y a la temporalidad o atemporalidad que supone ese paisaje; una epifanía, en términos de Joyce.

El aire es ahora un ente vivo y transparente. En la distancia, el cielo adopta un tono pálido, sutil, abroquelado. El mediodía insiste, lo mismo que ese piano que vaya uno a saber por qué razón ha florecido. La mancha verde de los árboles se esclarece. Suavemente, la neblina urbana se disgrega, asciende, se pierde entre ramas o balcones. Y este pueblo invisible, aún sin nombre, este pueblo que se oculta en un barrio gris de una gris ciudad portuaria, irradia una compasión y una empatía inexplicables, tal como lo haría una santa o una amante. O como lo haría una profesora de piano frente al teclado que la absorbe y que la nombra, a pesar del simbólico grito de su hijo, a pesar de que un hombre (al que se lo ve en la calle de pie junto a su perro) esté memorizando unas palabras para luego, quizá, escribir una crónica en la cual el recuerdo de este día tenga algo suculento que decirnos.


Flavio Crescenzi, escritor, poeta, ensayista, asesor linguístico y literario nacido en Córdoba (1973). Ha publicado libros y escritos en diversos medios.

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