Gaia Orbe: «Alma viajera»

Gaia Orbe

Por Miguel Ángel Rodríguez:

  El martes 21 de abril a la noche, cierta amiga en común me lo anotició así por wap:
  «Recién partió Gaia, su almita viajera está en otro plano»
  “Alma viajera” bien nombra a Gaia.
  A su manera sensible, danzarina, aventurada, lúdica, responsable, de ser y andar.
  Nos conocimos a través de la revista, con la que siempre tuvo un compromiso generoso, difundiéndola, enviando para cada edición su singular letra poética o narrativa.
  Había cariño cuando nos encontrábamos ocasionalmente, más allá de saludos y cada tanto charlas vía mail o wap.  
  Entristecidos por su muerte, este es un modo de abrazarla, de extrañarla, de releer su escritura. De celebrar el haber compartido un tramito del camino con una mujer que –me parece- supo vivir y crear con alegría.
  Lo que sigue: Texto de Virginia Janza, su amiga y coordinadora del taller literario que integraba. Texto de Malena Ávalos, compañera del taller. Cual anexo, un manojo de escritos de Gaia Orbe en nuestra casa –la suya-, y enlace a la entrevista que le hicimos allá por Marzo de 2023.
  Gracias, querida Gaia.

—–

Por Virginia Janza:

Hasta siempre, Gaia

—Martín, ¿te acordás de que vos decías que la vida es una caja de bombones? Tenías razón. La vida tiene bombones de todos los tamaños. De muchos sabores. Algunos nos gustan más que otros, pero todos están en la caja para comerlos. Y cuando comés alguno que te gusta mucho, siempre vas a recordar ese bombón. Cataratas es uno de los bombones. El padre y la madre viven en nosotros. Tenemos todos los bombones que nos regalaron, todos los bombones que nos enseñaron. Estamos agradecidos por los recuerdos, porque los recuerdos también son bombones. Al padre lo cremaron. A la madre la cremaron. Pero nosotros estamos acá. Nos divertimos. La pasamos muy bien. Tenemos amigos. Y muchos bombones en la caja de la vida para deleitarnos.
—¡Deleite! ¡Deleite! —respondió Martín, y se calmó.

Gaia Orbe, El pibe salió boxeador

Me costó mucho empezar a escribir lo que quería decir. Para mí, Gaia, Martín, su familia, sus amigos, su historia, sus libros, son parte de mi vida, de mi familia, de mi propia historia. Y las despedidas son tan dolorosas.

Nos conocimos en pandemia, cuando la intimidad era obligatoria. Vero y yo estábamos solas, prácticamente, también compartimos eso. Junto con muchas charlas, libros, textos, secretos. Llegamos a vernos dos veces por semana. Editamos y presentamos libros. Nos hicimos confidencias. Recorrimos nuestros árboles familiares, los momentos importantes de nuestras vidas con respeto y entrega.

Viajamos con palabras y Gaia me llevó por todos sus viajes. Estados Unidos, Europa, Australia, Brasil, Turquía y hasta Arabia Saudita. Además descubrimos que compartimos el amor por Mar del Plata. Y apenas pudimos, nos encontramos ahí. Fue el broche de oro que selló para siempre nuestra amistad. Los tres hicimos “el viaje del recuerdo” o “el recorrido de la nostalgia”, como decimos con mis hermanos. Hicimos de todo: playa, comida, café, torre de agua, museo, iglesia, peatonal, rambla, lobos, costa, mar, mucho mar, mucha caminata, mucha charla. Hasta lloramos. Y nos completamos las frases y repetimos anécdotas y disfrutamos de la vida. Pasamos por Castelli, lloré cuando vi de nuevo la casa de mi infancia, hacía años que no la veía. Ellos me contuvieron por igual: una presencia constante, férrea, sin dramatismos, sin los adornos de las palabras que a veces les ponemos a los vínculos. Caminamos en silencio. Lloré con ruido. Seguimos caminando. Gaia se acercó como una guía de montaña, para dejarme tranquila, dar calma y apoyo. Martín, que también estaba un poco angustiado, me acompañó con cautela y respeto. Y caminamos. Y hablamos.

Nunca voy a olvidar ese día.

Gaia era así. Sabía regalar momentos, inmortalizar recuerdos, construir historias.

Gaia podía ser el centro o volverse invisible. Y escuchar. Ella sabía escuchar. Bajaba la voz y te decía algo doloroso pero que necesitabas oír. Sus textos tienen ese poder.

Tuvimos la suerte de decirnos todo en vida. Nos despedimos ese domingo, cuando me confesaste que ya no querías vivir más. El dolor físico es muy desgastante, corroe hasta los espíritus más fuertes como el tuyo.

Mi querida Gaia, te conocí para que Gaia justamente encuentre su destino. Para que sus libros vean la luz, incluso ahora, que Neri ya no está. Vos siempre me diste paz. Tus palabras tenían ese poder sobre mí: darme calma, ayudarme a pensar mejor. Aprendimos tanto juntas.

Estoy en la isla y recuerdo a la señora Emma, su amor por los pájaros y la soledad. La sabiduría debería ser eso: ver pájaros en soledad.

Trabajamos hasta que no pudiste más. Noviembre, diciembre. Quedan libros en mi compu, esperando su momento. Ojalá te lean muchos, Gaia, ojalá no se pierdan tu magia, tu tono cálido, juguetón, tu amor por las palabras y las historias.

Permanecen en mí tus ojos que atravesaban con empatía, tus palabras que abrazaban, nuestras ganas de ir a Noruega, de viajar juntas, de hacer un podcast. En otra vida, quizás, sigamos haciendo proyectos, caminando cerca, con los ojos cargados y la mano amiga siempre cerca.

Te quiero y te voy a extrañar, amiga querida.

Los pájaros te saludan, hasta siempre.

                                                                                                                 Virgi
                                                                                                                Tu editora, tu profe, tu amiga.

—–

Por Malena Ávalos:

toda mujer esconde 
más profundidad
que cualquier océano

especialmente las liebres
que corren
aunque el viento esté en su contra
aunque no tengan testigos

una fortaleza te recubre
construida a base
de mil capas de fragilidad

en tu arte
y en los pensamientos que sembraste
sin siquiera intentarlo
vas a estar siempre

sorpresiva e inesperada
como nieve en Buenos Aires
hoy te unis a la inmensidad de la naturaleza
que tanto admirabas

22/04/2026
Hoy falleció Gaia, una compañera del taller. Una mujer que me inspiró un montón y me llenaba de admiración. La homenajeo de la única forma que por lo poco que la conocí sé que le gustaría.

—–

Gaia Orbe en Devenir111:

YO-YO
(Gaia Orbe, para Devenir111-Jugar)

Con dos discos de madera
unidos a un solo hilo
nacido para cazar
emigrante fue en la Francia
joujou de la Normandie
pasatiempo de los nobles
con joyas que lo adornaron
entre burgueses, el nácar
hipnotiza a las damas
con su rápido rotar
y se divierten con ingenio
soldados de Waterloo.
Complicado de amor
se redujo a un solo disco y ranura
que arrolla un fino cordel
crecido para jugar
atado al dedo se gira
corre un trecho por el piso
vuelve a su ritmo normal
siempre atado con su hilo
luminoso, psicodélico
viajero del animismo
malabares con las manos
proeza y magia en la calle
cordón de puro algodón
madera duncan dorada
va el perrito por el suelo
con un lento caminar
el dormilón lanzado lejos
gira y gira
sin subir y sin bajar
con destreza en las dos manos
el columpio dura un rato
levitando en media vuelta
salta la cerca de un golpe
hasta el espacio conquista
lanzado detrás del brazo
con impulso bien te agarro
sos mi yo-yo musical.
-

(Gaia Orbe, para Devenir111-Desconcierto)

diapasón sin violencia
afina el instrumento
el director reverencia
comienza el desconcierto
-

Sacrílega
(Gaia Orbe, para Devenir111-Desobediencia)

¿Dónde está esa fuerza que se alimenta de coraje?
ese deseo de deambular salvaje sin prohibiciones
enfilada la mirada con su cuerpo
orejas tiesas inclinadas hacia adelante
resoplidos cortos y severos
bruscos azotes de molestia
briosa esbelta
manda a paseo la educación recibida
fardos de ideas que lleva a cuestas
sin saber su origen
límites de la cultura
decir no
pensar distinto
actuar al revés
respinga al ver la silla
no se somete al arreo
porque mandón y mandado
se asemejan
en la sacrílega sumisión
a la obediencia que empobrece
le muestra sus dientes
brama en la amenaza
se da cuenta de que el pueblo
ensuciado hasta la asfixia
gana la esclavitud
entonces
cuando el mundo es hostil
y el poderoso acusa
desobedecer
es la mínima rebelión
para paliar la vida de corral
tonto encierro
malencaje de los radios
en los bucles de la rueda
que domina a la mayoría
supuestamente libres
y grita
un dolor gemido
apoya y frota la cabeza
entre los cuerpos de la manada
potencian la unión
y desobedecen
-

Silencio cómplice
(Gaia Orbe, para Devenir111-Silencio)

La tarde aún no llega a su crepúsculo. La señora Emma sentada en el jardín observa el silencio. Los sonidos alrededor han desaparecido. El tímpano no tiembla, sin embargo, el cerebro sigue atento a las vibraciones. Escucha sus rugidos, timbres y retumbos. La señora Emma no disfruta del silencio. No está ahí para sumergirse en su belleza. Ni en contemplación silenciosa hasta alcanzar la manifestación divina. La señora Emma conoce de sobra la voz del silencio. Esa luz creativa que dibuja mundos como hologramas sobre la tela del espacio. Tampoco ensaya la ciencia pitagórica de la reminiscencia. Ella ya experimentó los cinco años de silencio para sumergirse en las profundidades de la mente. Su silencio no está tocado por los vientos del pensamiento. Ella sabe que debe dejar el vasto terreno medio de las palabras. Estas suelen camuflar las emociones. En cambio, en la nada puede oír lo que no sabemos que existe y que siempre está.

De pronto ve llegar una centella con forma. Un fuego líquido purificador. Abrazada en su incertidumbre escucha el gorgoteo del vientre. El palpitar del corazón entremezclado con el zumbido de los pulmones. El silencio no es atronador, pero se escucha.

Ahora la señora Emma es una con el sonido, como en la cámara anecoica. No es solo el silencio de una tarde calma. Es un silencio en el que explota el amor, un amor sin tiempos ni distancias.

No es que la tierra estaba quieta y la gente durmiendo. Este silencio avanza desde todas partes: de las montañas, de los ríos, de la peluda araña tejiendo la tela entre los árboles. La señora Emma escucha a su silencio cómplice, pleno, resonante. Es el principio y el final. Entonces, a toda prisa, emprende la marcha. Debe volver a su origen.
-

Eso que llaman libertad
(Gaia Orbe, para Devenir111-Eso que llaman libertad)

La señora Emma, prisionera en el centro del círculo luminoso, bracea con tesón. Empuja hacia adelante dando patadas de rana con la intención de alejarse. La blancura del vacío ignora su empeño. Estira los dos brazos, abre las manos hacia afuera y hacia atrás, y así, agarrada del agua, tironea tres veces de su cuerpo.

La señora Emma no le teme a lo blanco. Newton le enseñó que es el que contiene a todos los colores. Tampoco tiene miedo de la luz. La naturaleza es un híbrido de luces y de sombras repleta de artimañas para convencer al hombre de su falta de libertad. La furia de las tormentas, las explosiones de fuego en los volcanes, la violencia de los movimientos de la tierra. Sin embargo, la señora Emma aprendió en la vastedad de los glaciares, que lo más estremecedor es la pasividad de lo níveo, donde no hay movimiento aunque el aire esté despejado. El cielo se transforma en acero y el más ligero murmullo es un sacrilegio.

Urgida por escapar de la esfera que la apresa, vuelve a apoyar el rostro sobre el agua. Mueve ambos brazos en forma alternada mientras ondula sus piernas con fuerza. Aunque ahora está más cerca del sauce que llora penas en la orilla, el aro prístino se sigue reflejando.

Abatida por sus esfuerzos en vano, la señora Emma se extiende en plancha para dejarse llevar por las corrientes del lago. Allá arriba, la luna plateada, que ha brillado inalcanzable por millones de años, le hace un guiño entre las nubes. Alguna vez, podrá alcanzar eso que llaman libertad.

Nuestra Entrevista a Gaia Orbe, «Hay que saber cuándo volver a casa», en el número Ocio y Disfrute de Devenir111, marzo de 2023.


Gaia Orbe, escritora, poeta, gestora cultural, docente, farmacéutica, radialista, viajera. Socia fundadora de la cooperativa de trabajo La Taba, que desarrolla y comercializa servicios de comunicación. Escribe Fuga de Palabras, una columna mensual para Revista la Taba y Relatos domingueros en IG: @cooperativalataba. En 2014, publicó el libro Cartas a Nashira. El camino de las sombras largas. Y los relatos: “Hágase la luz”, en la Antología Jada Sirkin (Peces de la ciudad, 2017), “Hechizo de jazmines”, en Ecos (Cuatro hojas, Madrid: 2019), en El Mago (Cuatro hojas, Madrid: 2021 y su primera poesía fue publicada en Cuaderno de Artista (Cuatro hojas, Madrid: 2022). Además publicó “Ninguna noche en Calicut” (GES, Argentina 2021), «El pibe salió boxeador» (Viajera, Argentina 2025). Fallecida en abril de 2026.

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