Jorge Hardmeier: «Sopa – Azul y estanque»

Sopa

            Pero que no le enseñen a tomar la sopa en todos estos años de ceniza ni a espantar a las moscas del lado malo y que no lo laman que no lo pinten con una pincelada de crema a la hora de los postres
            Pero que no lo chupen que no lo traguen ni le hagan formar fila del lado de los siempre listos bien peinados ajustada la corbata
            Eso sí, que no lo chupen que no le borren la letra de sus ojos ni le arranquen los dientes de ángel ni descienda su mano sobre la sopa salvo para tirar el plato, romper cucharas y amparar a las moscas del nunca voy a tomar distancia
            Pero que no lo chupen, que no le roan los huesos ni el viento que su boca tragó en su nunca no quiero la sopa ni postre aunque a dormir sin un cuento de buenas noches de buena pipa de buenos modales portate bien que se ahogan como la mosca en el plato tan pero tan lleno.

Azul y estanque

Una nena hermosa, Azul: pelo negro lacio y largo y unos grandes ojos marrones. Algo menudita, decían las abuelas. Siete. Una nena, como suele decirse, normal. Durante el transcurso del año Azul concurría a la escuela. Luego, en su casa, miraba los dibujos animados y, cuando sus hermanos lo permitían, ya que eran mayores, jugaba con ellos.
Durante el mes de enero, la familia de Azul  se disponía a disfrutar del campo: su padre alquilaba una casa rodeada por un amplio terreno, con mucho verde, – explicaba el papá de Azul – para el esparcimiento de los chicos. Tom, el perro, iba con ellos.
Aquel verano, aquel enero, la nena adoptó la costumbre de caminar sola, después del almuerzo familiar, por el terreno que rodeaba a la casa hasta conducirse más allá de la arboleda, donde estaba ubicado el estanque. Sus padres lo tomaron como lo que era: una simple y sencilla costumbre infantil. Se sabe que a los niños les encanta repetir los juegos, ver una y otra vez la misma película o realizar la actividad que más les gusta en múltiples ocasiones.
Los padres de Azul notaron que, al regresar de sus visitas al estanque, la nena se comportaba en forma un tanto extraña. No hablaba, prácticamente y su mirada permanecía perdida largo rato, contemplando un punto impreciso.

Lo que puede ser mostrado, no puede ser dicho.

En una oportunidad, al regreso de su diaria visita, Azul ingresó al comedor donde aún el resto de la familia hacía la sobremesa. Y con una voz firme y monocorde, una voz que no parecía Azul, acotó uno de sus hermanos, preguntó:
¿Por qué no me cuentan la verdad de lo que dice el estanque?
Sus padres la observaron y los hermanos se echaron a reír e hicieron comentarios entre ellos, ante la impasibilidad de Azul que permanecía de pie, firme, junto a la mesa de algarrobo, esperando una respuesta. Los padres hicieron callar a los hermanos e interrogaron a la nena:
¿Qué es lo que querés que te contemos?
¿Por qué no me cuentan la verdad de lo que dice el estanque?
Y Azul, imperturbable, se retiró a su cuarto.

A esta nena le pasa algo, dijo el padre, ya en el dormitorio, a la madre de Azul. Y ella, debe ser el cambio de clima, tenemos que volver a la ciudad. Callate, vos, qué tiene que ver.
Así, invariables, transcurrieron los días de enero.

Lo que puede ser mostrado, no puede ser dicho.

¿Por qué no me cuentan la verdad de lo que dice el estanque?

La llevaron a un médico de la zona y todo muy bien, normal, esta nena está muy sana, no deben preocuparse, dijo el doctor, cosas de chicos, el cambio de ambiente, ya se le va a pasar.
Y a un psicólogo que le hizo un test con láminas y luego varias preguntas. Azul es una niña muy capaz e inteligente, sin traumas perceptibles y con una sonrisa y un apretón de manos saludó a los padres de la niña que se contemplaron mutuamente con satisfacción. Una nena absolutamente normal, cosas de chicos.
Intentaron no reprenderla y aguardaron que aquella costumbre desapareciese en forma tan natural como había surgido. No es de extrañar que los más profundos problemas no sean problema alguno, había dicho el psicólogo.

Verano.

¿Por qué no me cuentan la verdad de lo que dice el estanque?

Cada día, Azul realizaba su paseo y, cada vez, hablaba menos: sólo pronunciaba aquella frase, luego del almuerzo y posterior a su visita:
¿Por qué no me cuentan la verdad de lo que dice el estanque?

Lo que puede ser mostrado, no puede ser dicho.

Lo preguntaba con esa voz monocorde, tan infantil y lejana que hacía reír a sus hermanos. Regresemos a la ciudad, por favor, decía la madre y el padre callate, no tiene nada que ver, ya lo dijeron el médico y el psicólogo y además tenemos todo pago. Pero al menos no hay estanques, no hay… Alguna otra cosa encontraría, por favor, no seas ridícula.
El hábito no desaparecía. El tiempo que Azul no dedicaba a caminar por el jardín o a estar frente al estanque, tiempo que, diariamente, se tornaba mayor, lo utilizaba para dibujar, en silencio. Dibujaba, la nena, figuras extrañas: peces, sirenas deformes, cunas o restos de camas flotando sobre el agua.
Su vocabulario se reducía cada vez más, como si agregar palabras a sus frases le provocara un terrible hastío. Como si cada palabra le pesara al salir de la boca.
¿Por qué no verdad estanque?

Luego de un almuerzo, los padres de Azul decidieron esconderse detrás de la arboleda para observarla: llegó junto al estanque y apoyó sus brazos sobre el borde metálico. La luz del sol dibujaba cintas luminosas y ondulantes sobre la superficie del agua. La nena, pudieron observar, miró fijamente hacia el centro del estanque y luego comenzó a agitar el dedo índice de su mano derecha, repetidamente: inconfundible señal de negación. Luego se tomó la cabeza cubierta por el pelo lacio y negro con ambas manos y finalmente la inclinó, contemplándose en el agua turbia del estanque. Giró, dio dos o tres pasitos en puntas de pie y comenzó a caminar, absorta y con la vista fija al frente, hacia la casa. Los padres de Azul se apuraron para regresar, por otro camino, antes que la nena. Se sentaron, junto a los hermanos, a la mesa. Azul abrió la puerta y, sin traspasar el umbral:
Otro.
Y, dando un giro, salió nuevamente de la casa.
Otro qué, carajos, el padre, enfurecido, a los gritos, otro qué, dando un puñetazo sobre la mesa de algarrobo, otro qué.

Lo que puede ser mostrado, no puede ser dicho.

Azul no dibujó ni habló hasta la noche. Durante la cena, en un momento de silencio, esos en los cuales los únicos sonidos son los de los cubiertos rozando la vajilla y los de las masticaciones, dijo:
Estanque mí.

El estado de la niña avanzó, hasta que las únicas palabras que pronunciaba eran las que decía al regresar de sus diarias visitas al estanque, luego del almuerzo:

Verdad estanque flotan…
Y al día siguiente:
Cama cuna cama cuna cama cuna…
Los padres estaban, como suele decirse, verdaderamente desesperados. No sabían ya qué hacer.
Y Azul, al día siguiente:
Cuerpos…

Y al día siguiente:
Otro…

Entonces, los padres, impotentes, convocaron a un sacerdote, aunque no eran, creyentes practicantes. El cura le habló a la nena con mucha dulzura y le recordó cuanto la amaban sus padres y también sus hermanos y Jesusito. Tenés que estar agradecida.
Azul asintió, silenciosa, con un movimiento leve de cabeza.
Otro cuna estanque otro cuna estanque otro…
Y ante la mirada del sacerdote, Azul se retiró, mascullando:
Cuerpo mi… cuerpo mi… cuerpo…

El sacerdote habló con los padres y los puso al tanto del infierno y del pecado y de la fuerza del demonio pero quédense tranquilos, es solamente una niña, ya va a estar bien, si Dios quiere. No se preocupen. Necesita mucho pero mucho amor y oración. No la dejen sola.
Antes de retirarse, el cura bendijo la casa. Los padres de Azul se abrazaron.

De lo que no se puede hablar, hay que callar.

La nena regresó, al rato, de su caminata. Abrió la puerta y, sin soltar el picaporte y permaneciendo en la zona del umbral:
Otro
Los padres se observaron, azorados.
Estanque cuna otro.

A partir de ese día decidieron sólo observarla desde la galería que ocupaba el contrafrente de la casa. Lejana, Azul siempre realizaba los mismos movimientos: observaba con fijeza el centro del estanque, agitaba el dedo índice de su mano derecha en evidente señal de negación y luego, ensimismada, bajaba la cabeza y contemplaba, durante horas, el agua turbia.


Jorge Hardmeier, escritor, dibujante, arquitecto, guionista. Publicó los libros de cuentos “Sobrespejos” (1998), “Animales íntimos” (2002) y “Arquitectura antigua” (2011); los de divulgación “Artaud para principiantes” (1998) y “Poe para principiantes” (1999); el poemario “Juguetes antiguos” (2015, segunda edición 2025); “16 entrevistas a escritores” (2015), “Miguel Ángel Bustos, biografía de un poeta militante” (2018, segunda edición 2023), “Entrevista a la música argentina” (2020), “Perfiles Vernáculos. Diálogos” (2020) -una serie de entrevistas a personalidades de la cultura argentina-; Variaciones Di Benedetto (2023). En 2022 fue ganador del concurso de relatos “La vida en tiempos de la peste” organizado por la revista Caras y Caretas. Fue secretario de redacción de la revista “El Anartista”, incursionó en la dramaturgia y en la radio. Fue parte de diversas antologías y colabora
con sus notas y entrevistas en diversos medios. Realizó diversas curadurías en el CCK. En 2024 coordinó “Apóstoles de Román”, una serie de relatos sobre Riquelme y en 2025 participó en “Háblenme del Bocha”, con un cuento sobre Ricardo Bochini. Actualmente codirige la revista “Sonámbula – cultura y lucha de clases”.

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