
A María Kril, in memoriam
Pienso en nuestra amistad como en una obra hecha a cuatro manos.
No una obra acabada, sino una de esas que permanecen abiertas, donde una imagen llama a una palabra, donde una palabra modifica una imagen, donde algo que una ha dicho queda resonando en la otra mucho después de la conversación.
Entre nosotras hubo poesía y hubo artes visuales. Hubo libros, imágenes, materiales, lecturas, intuiciones. Pero sobre todo hubo una forma de mirar juntas.
Quizá la amistad sea eso: encontrar a alguien con quien poder mirar más lejos.
María tenía una manera singular de mirar.
Entraba en las cosas por la grieta. La casa, en sus poemas, nunca era solamente una casa. Una puerta podía abrirse hacia la noche, un cuarto podía contener una historia entera, un espejo podía devolver otra identidad. Lo doméstico se volvía extraño apenas ella lo tocaba con la palabra.
En La que mira la puerta ya estaba anunciado ese gesto: mirar el umbral, quedarse allí, en ese lugar donde todavía no sabemos si algo entra o algo sale.
Hoy pienso que también nuestra amistad tuvo algo de eso. Un umbral.
Un espacio intermedio donde nuestras obras podían encontrarse sin confundirse. Nos reconocíamos en ese movimiento: ir de un lenguaje a otro, tocar sus bordes, dejar que se contaminaran.
Había algo artesanal en nuestra manera de compartir. Como si cada conversación agregara una pequeña hebra. Un hilo invisible que pasaba de una obra a otra, de un poema a una imagen, de una lectura a una pregunta.
Y ahora ese hilo adquiere otro sentido.
En uno de tus poemas escribís: “esa mano de padre uniendo sin temores / mi soledad primera”. La imagen de esa mano que une, que vuelve a juntar lo separado, me acompaña especialmente.
Porque quizás la amistad sea también eso: una mano que une. No para reparar completamente. No para negar la distancia. Sino para que aquello que se ha separado pueda seguir formando parte de una misma trama.
María, vos sabías de los hilos. Sabías también de aquello que se rompe.
Tus poemas están llenos de cuerpos que intentan sostenerse, de objetos que cargan una memoria, de sombras que no terminan de irse. Pero aun allí, en lo más oscuro, siempre aparecía una posibilidad de transformación. Una paloma. Una niña. Una puerta.
Un hilo.
Nada permanecía exactamente en el lugar donde había comenzado.
Quizá por eso tu poesía y las artes visuales podían encontrarse tan naturalmente. Porque ambas trabajan con fragmentos. Recogen lo que quedó suelto. Y vuelven a ponerlo en relación.
En Semidesnuda escribís, casi como una declaración de principios: “hay tanto para decir”.
Sí, María.
Hay tanto para decir.
Sobre todo ahora.
Hay tanto que queda cuando una amiga muere: conversaciones que ya no sucederán, libros que no podremos comentarnos, imágenes que quedarán sin mostrar, proyectos que no sabremos si alguna vez hubiéramos hecho juntas. O sí. Lo soñamos.
Pero también queda lo que ya fue hecho. Lo que quedó dicho. Lo que quedó mirado. Lo que una dejó en la otra sin saber exactamente que lo estaba dejando.
Quizá allí esté la verdadera duración de una amistad. No en su permanencia física, sino en su capacidad de seguir produciendo sentido después.
Una amiga puede irse y, sin embargo, continuar modificando nuestra manera de mirar. Puede seguir apareciendo en una palabra. En una textura.
En una puerta.
Puede seguir conversando con nuestra obra. Eso es lo que quisiera pensar hoy de vos.
No como una ausencia absoluta, sino como una presencia transformada. Una presencia que ya no puedo encontrar en el tiempo de las conversaciones, pero que puedo encontrar en el lenguaje. En tus poemas.
En esa casa que dejaste llena de habitaciones. En esa niña que todavía pide piedad. En esa mano que cose una soledad primera. En esa paloma que busca un lugar donde esconder su pequeño corazón.
Porque toda amistad verdadera deja una modificación. Después de ciertas personas ya no miramos exactamente igual.
Por eso pienso en nuestra amistad como una obra a cuatro manos. Sí, también en el sentido literal ya que así sucedió también.
Una especie de taller invisible siempre abierto. Un lugar al que cada una llegaba con algo entre las manos. Y del que se iba llevando otra cosa.
Hoy te celebro, María. Y la muerte hace extraño el gesto de celebrar. Pero quiero hacerlo.
Celebrar tu poesía. Celebrar tu mirada.
Porque quizá la amistad sea una forma de inmortalidad pequeña, íntima, terrestre.
No la que promete que alguien permanecerá intacto. Sino la que sabe que una persona puede continuar viviendo en las transformaciones que produjo en nosotros.
Y entonces vuelvo al hilo. Ese hilo que aparece en tus poemas. Ese hilo que une lo que parecía separado. Ese hilo que todavía puedo sentir entre las palabras y las cosas.
Lo sostengo. No para retenerte. Sino para continuar.
Hoy la palabra llega hasta donde puede. Cruza la habitación. Busca la puerta.
Y queda allí, del otro lado,
como una pequeña luz encendida.

María Kril, fue una poeta y escritora argentina nacida en Olivos, provincia de
Buenos Aires, en septiembre de 1952. A lo largo de su vida, combinó su vocación artística y literaria con estudios en
disciplinas afines. Desarrolló una destacada trayectoria en círculos de poesía
independiente y talleres literarios.
Karina Lerman, poeta, escritora, artista visual, gestora cultural, psicoanalista, docente. Maestra de idioma hebreo. Magíster en escritura creativa. Editó libros de poesía en Argentina y Latinoamérica. Gestora y curadora de antologías. Curadora en clínica de obras. Aborda temáticas vinculadas a los pueblos originarios, las infancias, la cuestión judía. Una poética en devenir antropológico. Premiada con varios textos literarios. Coordina el ciclo infantil De reinas batatas y el ciclo de lecturas poéticas en clave de diálogo Las flores de Circe. Dicta talleres de análisis de textos. Escribe artículos literarios y psicoanalíticos para Argentina y países latinoamericanos.
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