Sentado a una mesa en la vereda del bar Rodney frente al cementerio de Chacarita brindé otra ronda ginebrera con mi amigo Flavio.
Cariñoso, ocurrente, pillo… Él allá –y yo, ¿dónde?-.
Desde pibes pateamos juntos las calles soleadas de Villa Devoto, como luego probamos las primeras serpientes en manzanas de la ciudad nocturna.
Cada tanto le salía cuestionar a su padre, carnicero del barrio, reprochándole temerosidad o avaricia.
Entonces no me resultó tan extraño que a partir de alguna esquina apostara fuerte el vuelo a ganar mucha guita.
Lo logró, por cierto, con osados malabares que lo encendían.
Y por cierto falleció a poco lograrlo, cuando antes de emprender viaje hacia Cuba fue a saludar a su viejo y una bala le acertó por defenderlo en pleno asalto a la carnicería.
«La vida es bestial», jugábamos decir desconociendo cuánto.
Chin fin, querido amigo.
Miguel Ángel Rodríguez, escritor, psicoanalista.
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