Aullido (no el de Ginsberg…)
Recuerdo que en De la Tierra a la Luna Julio Verne llama a la misma, a la Luna, “el sol de los lobos”. Creo, sin desafiar al grande, que no está bien pensado. Los lobos aúllan a la Luna porque es de noche, de noche bien entrada, y lo que quieren comunicar al abismo, es decir, a la inmensidad, al universo sin fondo, es algo así como “¿Qué creías? He podido con otro día más, pese a todo lo que has lanzado contra mí, veamos qué me tienes preparado para mañana…”. Es como si el aullido del lobo fuera el amor fati del lobo, su manera de amar y a la vez odiar al Destino. Otros animales no son tan desafiantes, la oveja inclina la cerviz ante la fatalidad, la tortuga es el funcionario tenaz de la naturaleza, y el pingüino se balancea de por vida por amor cándido a su pareja, pero el lobo no. El lobo se yergue y protesta, o por lo menos se significa frente al Todo. El lobo tiene que buscarse la vida, trocha tras trocha, broza tras broza, así que pregona su rebelión camusiana a la Luna llena, cuando acaba el día, porque no es justa esta vida tan azacaneada, y si lo fuera, entonces hay que cantar de vez en cuando victoria, como aúlla un moribundo Roy Batty al final de Blade runner. Se aúlla al infinito, ¿a qué si no?, precisamente porque rezando en silencio y con recogimiento al infinito como un monje o San Francisco de Asís resulta que el infinito es medio sordo y no te escucha una puta mierda. No se aúlla a la tierra, la tierra se halla bajo las patas del lobo, de la tierra crecen los vivos y allí se absorben los muertos, a la tierra que la canten las lombrices. La Estrella Polar es el verdadero destinatario del aullido, porque el lobo no concibe horizontes más lejanos, aunque los hay, y muchísimo más remotos, pero qué más da….
Tras aullar, el lobo, o la loba, reciben el eco unánime de sus congéneres, y luego se echan a dormir sobre el suelo, sin pijama, sin pelliza, sin almohada, sin colchón, sin chupete y a menudo sin cenar. Durante otra jornada han luchado, han sufrido y han matado, mañana será otro día de penar y de cazar de nuevo. Jack London escribió mucho sobre estas cosas, pero ya no me acuerdo, sólo recuerdo que todas eran pura devastación e intemperie, excepto Colmillo blanco, que terminaba en manos de un Dios benéfico al que ya por fin no había que aullar más. Pero joder qué mal lo pasaba antes, una larga vida de boxeador sonado del mordisco implacable. Félix Rodríguez de la Fuente sentía hacia los lobos una gran predilección, pero únicamente los comprendió bien a fondo, me parece, cuando su avioneta se precipitaba sin control sobre la montaña helada. Los lobos, y las lobas, o al revés, aúllan porque las estrellas, en su aparente reinado majestuoso y hierático, se burlan de ellos recordándoles que morirán, y que son frágiles y vulnerables. El aullido, sinuoso y profundo, replica con furia y orgullo que las estrellas permanecen, pero porque jamás se la juegan. En puridad, el aullido de los lobos, y de la mayoría de los perros que les son consanguíneos, expresa más realidad que un billón de supernovas, que podrán ser inmensas y cegadoras, sí, pero que estallan mecánicamente en vez de extinguirse tras un vida dura, intensa y triste como la de los lobos.
Los humanos son temerariamente poderosos, eso es seguro, nada podrá nunca siquiera igualarlos. Pero son congénitamente estúpidos, y más sabe el lobo por lobo que por lo que ha desconfiado en nuestra peligrosa cercanía. Si los hombres fueran la mitad de sabios que los lobos aullarían las noches de luna llena, en vez de emborracharse, bostezar y dormirse frente a la tele…
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Nuestros psicópatas favoritos
Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz
Juegan con cosas que no tienen repuesto
La culpa es del otro si algo les sale mal
Entre esos tipos y yo hay algo personal
Joan Manuel Serrat
No es tanto, creo, que los ciudadanos de a pie de las llamadas “democracias liberales modernas” seamos pérfidos, estúpidos o frívolos, que un poco sin duda también. Es que nos aburrimos mucho con nuestras vidas de sota, caballo y rey, y como nos aburrimos votamos a payasos con corbata -a partir de ahora complementada con gorra de beisbol-, porque los payasos nos subyugan, no podemos evitarlo. Lo mismo ocurre con los payasos famosetes que salen en la tele, haciendo gala de sus existencias de plástico, pero de un plástico tan chabacano como llamativo. Todo el mundo sabe que Boris Johnson es un beodo aprovechado, como lo era el otro Boris, pero precisamente por eso los elegimos. Todo el mundo ve muy claramente que Trump es un necio engreído (el Eróstrato de nuestro tiempo, el Nerón con aranceles en vez de lira), o que Feijoó no sabe bien lo que dice ni siguiendo instrucciones, o que Milei en otra vida habría sido tratante de esclavos, pero la gente les aúpa a donde están justamente por todo eso. Nos atrae, nos cautiva, nos subyuga lo imprevisible, por utilizar el mismo verbo que antes, esa combinación altamente explosiva de enfant terrible y azar político. Ya de niños, acordaos, votábamos como delegado de clase al más bandarra o al más tonto, en la esperanza de que el caos derramara sus paradójicos bienes sobre nuestras cabezas. Excepto en aquellos países nórdicos donde hace mucho frío, parece que nadie quiere un gobierno funcional y burócrata. Queremos marcha, queremos un futuro abierto a las sorpresas, aunque sean desagradables, queremos todo menos la rutina, y queremos que el menos samba y maís traballá se convierta en su opuesto, como cuando Emilio Aragón hizo de dictador brasileño…
Pero lo extraño es que nos priva también el extremo contrario. Señores o señoras completamente previsibles, con la imaginación de un ladrillo y la capacidad de improvisación de una fotocopiadora seducen a las masas por su carácter rígido, cruel e inflexible. ¡Cuánto español echa de menos a Franco, porque al menos podías estar considerablemente seguro de su reacción, que sería la misma de siempre conforme a sus principios, y para remachar la cual no iba a temblarle el pulso en firmar sentencias de muerte! ¡Por no hablar de añorar al propio padre, ese que si le tosías lo más mínimo -cuentan con orgullo- te metía una hostia que te ponía en órbita! Tenemos, todos, una suerte de convicción paleolítica incrustada en el fondo oscuro del cráneo de que el jefe es jefe porque alberga una seguridad tan arraigada en que merece serlo que algo tiene que tener de verdad, y que hasta los dioses deben estar de su parte. Luego se manifestará como un malnacido y un torpe, pero seguimos creyendo en su espectral autoridad si él mismo niega obstinadamente sus malas cualidades (y ese es el truco de Trump y del trumpismo, véase Ayuso: niégalo todo y crearás una sombra de duda en las personas honestas, que como son incapaces de llegar tan lejos no pueden aceptar que ese individuo realmente carezca de todo asomo de escrúpulos).
Tanto en un punto como en el otro de la tipología psicopática, pudiendo perfectamente darse hibridaciones monstruosas -Stalin, por ejemplo-, o variantes mesiánicas -Netanyahu-, lo que las masas de la sociedad del espectáculo no pueden tolerar son tipos como Biden o Rajoy: medianías. Es como aquel general que dijo aquello de que en 500 años de neutralidad la nación suiza no había inventado más que el reloj de cuco. Todo ello no es más una confirmación más de la Física del caos, en tanto que los hombres, igual que la naturaleza, nos ordenamos en sistemas cerrados o absolutamente abiertos, aunque sean abiertos al desastre. La inestabilidad buscada y deseada por la sociedad civil como una teoría política de las dinámicas no-líneales… Recuerdo una viñeta de El Roto, donde un hombre le reprocha a Dios el por qué siempre nos gobiernan los peores, a lo que una voz tonante entre las nubes respondía “¡por que tú les votas, gilipollas!”
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Gabriel Rufián o de la insolencia de la virtud
Para David Farelo
Es fácil perder la fe en la humanidad en los tiempos que corren. Entre lo más grave, o funesto, como lo es la actitud resueltamente infanticida de Trump y Netanyahu, y lo más vodevilesco, hasta chusco, como son esos políticos españoles que se lanzan cual lemmings por el barranco de la dimisión porque resulta que sus títulos universitarios se limitan a una etiqueta de Anís del Mono (qué grande Chiquito de la Calzada…), no consigue uno levantar cabeza. A mí, cuando me da el bajón tengo un antídoto bien a mano, que consiste en ponerme viejos videos de intervenciones en el congreso, o en comisiones de investigación -estas son de traca-, o en entrevistas de aquí y allá, del portavoz de Esquerra Republicana Gabriel Rufián. No tanto porque sea buen orador, que lo es (creo que le concedieron un premio por eso mismo hace poco), o porque humille o no a sus oponentes (no soy tan sádico, o no siempre…), sino porque antes de político es un hombre, y los demás, con muy escasas excepciones, no. Los demás, en comparación, son unos gusanos, qué le vamos a hacer. Pero Rufián, al que se diría que su apellido ha vacunado e inmunizado para siempre, no sólo es un hombre como Dios manda -perdóneseme la expresión/antigualla, ha sido para evitar esta otra: “de los que se visten por los pies”-, también es un padre, un marido, un ciudadano y un trabajador ejemplar de la política. Si suele vencer en según qué debates, como él diría, no es tanto por su labia -Rufián, en realidad, habla despacio, sopesa sus palabras antes de proferirlas, y se vale con desparpajo del habla popular, pero se nota que ha reflexionado a fondo lo que va a decir, y al carajo las consignas1– como porque emplea, sin él saberlo, supongo, la Dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel, en el siguiente sentido. Hegel decía que el Amo se hace Amo porque está dispuesto a llegar hasta el final, incluso a morir si no se le permite ser el Amo, mientras que el Esclavo no, el Esclavo tan sólo busca comodidad y vivir sobre seguro. Pues bien, eso es lo que ocurre en los enfrentamientos parlamentarios en los que se ve envuelto, o que él mismo provoca, Gabriel Rufián. Como él se juega el todo por el todo en cada lance, y su eventual rival no se lo puede permitir porque tiene mucho que ocultar y un cargo que preservar, entonces el resultado irremediable es que el segundo termina por plegar velas por si acaso. Rufián lo sabe, pero en vez de remitir a Hegel, lo glosa conforme a esa estupenda secuencia de la película Gattaca en la que Ethan Hawke explica a su hermano artificial que si le gana la competición de natación siendo el más débil es porque él va a muerte, y jamás se reserva fuerzas para la vuelta… (También Yolanda Díaz solía ser así, pero creo que se le está pasando, tal vez por su responsabilidad de líder de una formación en disolución, o tal vez porque la audacia de por sí tiene su correspondiente desgaste si estás en el candelabro).
La virtud es insolente, en efecto, porque debe presumir de sí misma a la hora de pedirle cuentas a los demás. Los tramposos -o trump/osos- también lo saben, y por eso acostumbran a disfrazarse de santa indignación y a mesarse los cabellos como si les hubiesen ultrajado un sentido del honor2 que jamás han tenido. Rufián, en cambio, se puede permitir la insolencia, porque él es transparente (incluso lo más personal, en su intimidad, pero también sus peculiaridades psicológicas, se manifiesta sin ambages en las entrevistas), y enseña siempre sus cartas, como en la Ética de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas. Y hay que decir que lo hace con gran aplomo, a sabiendas de que tiene a prácticamente a todas las bancadas en contra. Por eso me encanta que exista Rufián, porque pienso que si hay al menos uno como él, puede que haya más, yo qué sé, dos, tres, diez, incluso cientos… Es verdad que Rufián no puede más que hacer un papel negativo en política, de Pepito Grillo de la cosa, no quiero ni pensar cómo sería si fuese él el que tuviese que encarar los reproches de otro Rufián recién llegado. Pero él lo sabe, afortunadamente, así que se mantendrá en su puesto periférico, de ahí que nos proponga ahora a Irene Montero como cabeza visible de la izquierda. Una vez leí que era posible arrepentirse de todo, excepto de haber sido valiente. Por desgracia no es verdad, también ser valiente tiene mil trampillas por las que colarse y partirse el cráneo. Pero habrá que intentarlo alguna vez, a ver qué pasa. Me recuerda a esos versos de Miguel Hernández, en Vientos del pueblo, cuando dice, refiriéndose a los cobardes…
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.
Y así es, porque en cuanto Rufián se aproxima a la tribuna, Feijóo y Abascal abandonan el hemiciclo…
1 Precisamente anteayer se permitió un alarde léxico en su estreno como juglar lírico: https://www.msn.com/es-es/noticias/otras/un-amor-de-verano-de-gabriel-rufi%C3%A1n-orgullo-y-mercurio/ar-AA1JGXOr. Pero al margen de literaturas, Rufián tiene ideas, es asombroso, ¡tiene ideas!, ideas en las que va interpretando a su manera eso que los demás diputados del Congreso tan sólo ven pasar y para poder pronunciarse sobre ello llaman a sus asesores, como que, según él, se libra una dura guerra orquestada por la ultraderecha y la ultra-ultraderecha entre los precarios y los aún más precarios, o que el Gran Reemplazo es real, pero porque estamos siendo reemplazados por los fachas, o que el Cuarto Poder actual es el digital, que se ha convertido en algo así como el 15-M fascista… No lo parece, pero la FAES en muchos años ha tenido menos ideas que Rufi en su solo día de su vida.
2 En Immanuel Kant, cuya memoria Markus Gabriel hoy se ha encargado de destruir, porque el chaval es un pobre ignorante y un fenómeno mediático deplorable que acabará de una vez por todas con la Filosofía (https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-08-06/entrevista-markus-gabriel-filosofia-inteligencia-artificial_4186325/), la Dignidad es la fuente de la Libertad, y no al revés, y así será también en Fichte y Hegel.
Óscar Sánchez, filósofo, escritor, docente nacido en España donde hoy vive, aborda desde tales campos actualidad, cine, cómic, política…
Correo: tejumin36@hotmail.com
