Silvia Lifschitz: «Apocalipsis»

“¡Ah! Por fin podré morir en un grito.
Sin pensamiento, sin sabiduría,
seré ese grito de alegría
por haber logrado morir en un grito”.
Marguerite Duras, La vida tranquila

Mi propio grito me despertó. Estaba empapado en sudor, había mojado hasta las sábanas. Tomé un sorbo de agua. De a poco me fui incorporando, un frío helado me golpeó, se mezcló con la humedad de mi cuerpo y el miedo que sentía. Sin pensar demasiado, abrí la canilla e ingresé en el cuadrado de la ducha lo más rápido que pude. Necesitaba entrar en calor, ese tipo de enfriamiento no era nada bueno, no quería enfermarme. Mientras me enjabonaba la cabeza, recordé fragmentos del sueño que me había asustado tanto. Quise obligarme a detener las imágenes que iban apareciendo, pero no lo logré. Era una película de terror que se proyectaba con tanta velocidad que no me permitía captar la historia.

Salí del baño, me vestí con ropa abrigada y preparé un café fuerte. Me propuse rebobinar esas escenas, para luego ir viéndolas en cámara lenta. Creí que de esa manera serían menos terroríficas. Así estuve toda la mañana, tomando café y anotando en un cuaderno cada uno de los terribles fotogramas que lograba recordar. El primero era de una negrura tan espesa que, aunque poco se viera, causaba miedo por la falta de luz. Luego vi un gran orificio que apenas se distinguía del resto de la imagen, también era de color negro, aunque más opaco, más denso. De repente, su contorno se iluminó de color fuego. A continuación, distinguí formas parecidas a siluetas humanas. Estaban sentadas. Me costó entender qué hacían, pero el siguiente cuadro me ayudó. Vi a un centenar de humanos inclinados, mirando unas pantallas y moviendo sus dedos con mucha rapidez. Oí un sonido sutil, como un tac tac tac que se repetía. Esos hombres y esas mujeres estaban dentro de ese agujero. Me hizo estremecer.

Paré para almorzar, quería distanciarme de esas imágenes, me atemorizaba pensar que había soñado con el apocalipsis, con el fin del mundo, quizás con la Tierra devorada por algún agujero negro. Estaba confundido, tenía la cabeza tan quemada que me hice un sándwich de queso y le agregué, en lugar de tomate, rodajas de manzana. Necesitaba descansar un rato, busqué en internet algún video para distraerme.

Mi computadora me sugirió el film “Tiempos modernos”. Me sonreí, era una película de los años treinta, pensé que hoy debería llamarse “Tiempos pasados”. Creyendo que iba a distenderme, me sumergí en la trama. La tristeza de esos pobres trabajadores hizo que, de un golpe, cerrara mi laptop, no quería seguir mirando. En ese instante aparecieron las partes faltantes de mi sueño.

Tomé el cuaderno para continuar escribiendo. Releí lo que había escrito sobre el repiqueteo. Ahora me daba cuenta de que ese sonido era el que emitían las teclas de los teclados cuando los dedos las pulsaban. Entonces entendí que se trataba de empleados de una compañía multinacional de software. Seguí anotando palabras, algunas parecían sin sentido, sin embargo, ahora se me había armado casi toda la historia.

Escuché que uno de los muchachos le decía a su compañera: “Estoy agotado, necesito ir a mi casa, comer con mis hijos y mi esposa, quiero dormir, hace dieciséis horas que estoy acá, no doy más”. La chica, casi sin emoción, solo respondió que ella también deseaba dormir. Otro joven, con euforia, gritó que había arreglado el error del programa. Todos aplaudieron, alguien acotó que esos bastardos podían seguir perdiendo su tiempo con ese maldito juego épico.

Detuve la escritura, no soportaba que alguien dentro de mi pesadilla me gritara bastardo. Yo pasaba con mis amigos varias horas por día en ese juego, algunos decían que éramos adictos, pero estaban equivocados. Todos amábamos el “juego épico”.

Intenté alejarme de esa pesadilla. Empecé a googlear para averiguar el sueldo de los desarrolladores de videojuegos. Contrario a lo que pensaba, descubrí que cobraban sueldos normales, pero que no tenían acceso al pago de horas extras ni a indemnización alguna en caso de despido. Me indigné, encima esa gente trabajaba para dueños multimillonarios.

¿Acaso no era similar a aquello que acontecía y que tan bien seguía mostrando Carlitos Chaplin en su obra fílmica? Pensé que aquella película debería llamarse “Tiempos actuales”; de esa manera, el título no perdería vigencia, el contenido nunca lo había hecho. Me espanté. Acallé un nuevo grito que subía por mis entrañas. Estábamos viviendo un apocalipsis paulatino. Nada había cambiado, siempre era lo mismo: el hombre es el lobo del hombre.

Este relato fue incluido en el libro El aire fresco de la vida (Lifschitz, 2020) y corregido para esta publicación.


Silvia Lifschitz, escritora, nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada en Administración y Contadora Pública (UBA), Consultora Psicológica (Holos Capital), Terapeuta orientada en Focusing (Focusing Institute), Arteterapeuta (Primera Escuela Argentina de Arteterapia). Directora de Redacción de la Revista “Arteterapia. Proceso Creativo y Transformación”. Colaboradora de la Revista de Arte y Cultura Devenir111 (www.devenir111.com). Publicó Pájaros en el pecho (2015, cuentos), Una convención anual (2016, cuentos), La máscara azul (2017, cuentos), El aire fresco de la vida (2020, cuentos), Que tengas un buen viaje (2022, novela corta) y Alfajor con cinta (2024, novela). Su cuento El pequeño elefante obtuvo el primer premio 2017 en el Concurso de Literatura organizado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de CABA y el cuento La máscara azul, el primer premio 2017 en el XXXIII Certamen Nacional de Poesía y Narrativa Breve «Letras Argentinas de Hoy 2017».

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