Silvia Lifschitz: «Casa once»(1)

Estaba harto de mi vida, todo me salía mal. Como decía mi vieja, no daba pie con bola. Era uno de esos días en los que veía todo negro.

Me tiré en el sofá con desgano. Fede me había invitado a su casa. No iba a ir, él solía organizar encuentros con mucha gente y yo estaba de mal humor. Cerca del mediodía, me envió un mensaje; insistió tanto que me quedé sin excusas. Le dije que estaba cansado y abatido desde que Anita me había dejado, que prefería estar solo, que le iba a arruinar la noche con mi tristeza. Además, algunos de sus amigos del trabajo eran insoportables. Fede, imperturbable como siempre, hizo caso omiso a todos mis pretextos y dijo que me esperaba a las ocho, que llevara un fernet.

Me sentía peor que antes, un flojo, ni siquiera era fiel a mí mismo. Solo hacía las cosas que los demás querían. Era un idiota, un inepto social. Evitaba dañar a los demás a costa de mi propio bienestar.  Llamarme inepto me pareció violento. Me consideraba un tipo hábil para casi todo: buen arquitecto, arreglaba las cosas de la casa, cocinaba, dibujaba bien, qué más podía pedir. Pero esa palabra me resonó de tal forma que seguí pensando en ella. Luego de unos minutos se cruzó algo por mi cabeza, no era útil conmigo. No lograba que una relación de pareja me durara más que unos meses. Varias mujeres habían terminado conmigo haciéndome infinidad de reproches, algunas incluso habían llegado a insultarme. Me habían dicho que era poco afectuoso, muy egocéntrico, intolerante con quienes pensaban distinto a mí, aburrido en la cama. Cada relación que terminaba, me hacía sentir más inseguro y me hundía en una especie de depresión. ¿Y si era cierto eso que ellas veían en mí? No quería seguir pensando en ese tema, me angustiaba.

Alrededor de las seis me duché, me puse un jean, unas zapatillas y crucé al supermercado para comprar un fernet y coca, papas fritas y dos barras de chocolate, una para llevar a lo de Fede, la otra para casa. Quizás al regresar necesitaría comer un trozo para estimular mis endorfinas y recrear la antigua sensación de estar enamorado. ¿No decían que el chocolate tenía esas propiedades?

Sin mucha voluntad, pero dispuesto a cumplir el compromiso, tomé un taxi en la puerta de casa y fui a lo de mi amigo. Llegué un rato antes de las ocho, el flaco me abrazó y me dijo con calidez:

—Qué alegría verte bien.

Solo me sonreí, preferí evitar decirle: “Si supieras”.

A los pocos minutos llegó Astor, un amigo de Fede que no conocía. Su nombre me conectó con la melancolía, quizás porque recordé a Piazzolla.

—Él es Matías, nos conocimos en el colegio —presentó Fede.

Mientras Astor dejaba sus cosas en el living, nosotros fuimos a la cocina y preparamos los fernet con cola. Fede sacó de la heladera una tablita con queso, aceitunas y salamín y cortó una flautita en rebanadas. Yo me acordé de que tenía las papas fritas en la mochila, las fui a buscar, pusimos todo en una bandeja y nos sentamos en los sillones. Me intrigaba quién sería ese hombre. Era amigo de Fede desde los quince y jamás lo había nombrado.

Levantamos nuestros vasos y Astor hizo un brindis extraño:

—Por nuestros destinos.

No entendí qué había querido decir. Igual dije chinchín por cortesía. Fue en ese momento cuando les pregunté si hacía mucho que se conocían, me sentí incómodo con mi propia pregunta. Mi madre nos decía que era mejor no indagar en ciertas cuestiones.

—Conocí a Fede en la casa de mi novia, son compañeros de trabajo. Desde hace unos meses somos amigos. Ambos tenemos buena vibra —dijo Astor.

Mientras pinchaba una aceituna, quise saber a qué se dedicaba. Me dijo que era astrólogo. No sé qué cara habré puesto porque los dos se rieron con mucha espontaneidad.

—¿Te interesa la astrología? ¿Creés en los astros?

 Me quedé callado, ¿acaso importaba? Mi expresión ya lo había dicho todo.

—Mi vida cambió desde que Astor me leyó mi carta natal —dijo Fede.

—¿Qué cambiaste en estos meses? —repliqué en un tono un tanto brusco.

—Sé que sos un incrédulo y está bien. Cada uno incorpora a su vida lo que le sirve —dijo Fede—. A mí, me ayudó conocerme más profundamente, aprendí a tomar mejores decisiones.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuáles fueron? —dije en tono burlón.

—Volví a estudiar inglés, me separé de Ro, no dejé el trabajo. ¿Te parece poco importante? Al entender más mi naturaleza, mi forma de ser, puedo actuar de una manera que no me perjudique —dijo con mucha calma.

 Me quedé boquiabierto. Sin duda, Fede era muy tonto. ¡Qué manera de decir pelotudeces! Me puteé por haber desoído a mi instinto. Me tendría que haber quedado en casa.  Pero ya estaba ahí, ahora tenía que remarla.

Astor me miró y dijo:

—Vos no creés en nada de esto, para vos somos dos trastornados ¿no?

Fue fuerte, había leído mis pensamientos.

—Hum, soy un tipo de acción. De los que van para adelante sin darle bola al zodíaco, el tarot o cualquier otro tipo de adivinaciones que solo buscan sacarle el dinero a la gente —le dije y de inmediato me arrepentí.

Sentí que Fede me quería matar, estaba nervioso.

—No te preocupes. Cada uno tiene derecho a opinar lo que quiere —dijo Astor con serenidad. Y, como al pasar, me preguntó—: Matías, ¿te animás a decirme tu fecha de nacimiento?

En lugar de decirle el qué te importa consabido, fui amable y le contesté que había nacido el 17 de agosto de 1985. Sin quererlo, había entrado en su juego. No pasaron ni veinte segundos y volvió a la carga:

—¿Sabés la hora?

¿Cómo pensaba que un tipo como yo podía tener ese dato? No pude resistir la mirada de hielo de Fede, me quedé callado y le mandé un mensaje a la única que podía saberlo, mi madre. Ella, tan perceptiva como de costumbre, escribió: “A las 16:20, ¿te vas a hacer una carta natal, Mati?”. No le contesté, era la misma bruja de siempre. Mientras tanto, el astrólogo escribía los datos en su tablet.

Me levanté del sillón para ir a buscar más fernet, pero Fede me dijo que en la alacena había unos vinos. Busqué el sacacorchos, tres copas y llevé la botella a la mesita. La descorché mirando de soslayo la cara de Astor, no voy a negar que, a esa altura, estaba un poco intrigado.

El vino ayudó a que me relajara y hasta me volvió un poco más simpático. Le pregunté al astrólogo qué estaba haciendo. Él, muy profesional, me explicó qué era una carta natal, cuál era el significado de las casas y de los planetas. Quiso saber cómo me iba en el amor. Tuve que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas.

—Bueno, Anita, cuando le propuse matrimonio, me dejó. Ya pasó un año. Desde entonces solo salí algunas veces con mujeres que conocí en Tinder —balbuceé.

Entonces Fede, viendo mi estado deplorable, se levantó y me palmeó el hombro diciéndome que ya pasaría el dolor, la decepción y la bronca. Era muy bueno conmigo.

Una vez más calmado, estiré el cuerpo sobre la mitad del sofá y me dispuse a escuchar a ese desconocido que estaba tocando zonas de mi alma que aún estaban en carne viva. Fede trajo otro Malbec y más pan.

—¿Te molesta la presencia de Fede? —me consultó Astor antes de empezar lo que él llamaba la “lectura” de mi carta.

—No, él es como mi hermano.

Inmediatamente me dije a mí mismo qué tendría eso que ver, yo compartía poco con el mío y nada profundo.

—Bueno, tenés el sol en Leo y el ascendente en Capricornio —y enumeró muchas cosas que no recuerdo. Solo pude retener que vivía insatisfecho, que no tenía sentido del humor, que era solitario, cálido, leal, rígido y obsesivo. Y continuó—: Al tener la luna en Virgo, sos muy controlador y te gusta el orden. Siempre tenés que tener todo bajo control.

Me impacienté, como si creyera lo que Astor decía y le pregunté por el amor.

—No tenés ningún planeta en la casa siete, la vincular, la de la pareja —suspiró Astor con resignación—. No es algo malo. Me va a llevar más tiempo interpretarlo.

Continuó mirando la pantalla con atención, cada minuto que pasaba sentía más intriga. De repente apoyó la tablet sobre la mesa, bebió un sorbo y me dijo que había analizado la revolución solar del año. Haciendo un poco de suspenso, me aclaró que sería muy afortunado en relación a los temas sentimentales. Indagué si podía agregar algo más, cuándo la conocería, cómo, dónde. Él se sonrió y me clavó una mirada que me perturbó. Sentí algo extraño, como una sensación conocida, pero al mismo tiempo nueva. Se hizo un silencio denso, paralizante. Fede lo rompió para consultarnos si pedía unas empanadas. Los dos asentimos y aproveché para cambiar de tema. Le pregunté a Astor por el origen de su nombre, me dijo que suponía que era francés, que significaba “halcón” y me volvió a clavar esa mirada penetrante. Pensé que ese nombre era el adecuado para él.

Nos distendimos un rato mientras comíamos las empanadas, las de humita eran espectaculares. Fede, después de varias copas, me confesó que había llamado a Astor hacía unos días, pidiéndole una sesión para mí.

—¿Por qué pensaste que esta información podía servirme? —le lancé indignado.

 Mi amigo, sin inhibiciones ni anestesia, me largó:

—Desde que te conozco, no pudiste mantener ninguna relación sentimental duradera. Pase lo que pase, siempre culpás de todo a tu novia de turno. Yo habé con Anita y con otras chicas, y ahora estoy seguro de que el problema es tuyo, amigo.

Me quedé de una pieza, sin poder reaccionar. Además, dijo que hacía mucho tiempo que suponía que lo que me pasaba era que reprimía mi verdadera sexualidad. Estaba convencido de que era gay o al menos, bisexual. Entonces me levanté con furia. La ira me carcomía. ¿Qué le pasaba a ese idiota? ¿De dónde había sacado esa idea absurda? Seguro que proyectaba su homosexualidad en mí.

Federico, al verme tan sacado, se disculpó como pudo y, sin que yo hubiera dicho ninguna palabra, me aclaró que nuestros amigos pensaban como él. Me sentí muy avergonzado, todos dudaban de mi hombría. Astor, con muy buen temple, intentó mediar en la discusión. Hizo una pregunta que sentí como una puñalada:

—¿Por qué tenés tanto rechazo ante esa posibilidad? Eso es raro.

Estaba aturdido, me quedé callado. Tal era mi enojo que mi cerebro no funcionaba. Intentando aplacarme y disculparse por su comentario fuera de lugar, Fede fue hasta su cuarto y trajo un porrito. Era el momento ideal para dar un par de secas.

Fue a la cocina para buscar la última botella y la barra de chocolate. Necesitábamos algo dulce para relajarnos.

Más calmado y sin nada de enojo, quise averiguar qué le había contado Anita. Ella había sido mi gran amor. Todavía me costaba entender que me hubiera abandonado. Me aseguró que algunas de mis ex habían cuestionado mi falta de entrega en general y en el sexo en particular. Me quedé pensativo, no entendía nada. Siempre había creído que era un rey en la cama. Aunque ellas nunca me habían dicho eso, yo me había inventado esa historia.

—¿Los pibes creen que me gustan los hombres? ¿Por? ¿De dónde sacaron eso? —pregunté tomando coraje.

Poniéndose colorado, me confesó que se sentían perturbados por mi forma de mirar. Le pedí que se explicara mejor. Pareció pedirle consejo a Astor. Hubo un gesto cómplice, extraño. Él le dijo que no se detuviera. Luego volvió a mí, carraspeó para aclarar su garganta y me contó cada una de las situaciones que habíamos vivido juntos, en las que sintió que, y lo dijo enfatizando cada sílaba:

—No parabas de tirarme onda.

Me quedé atónito, tardé en encontrar una respuesta a esa enumeración exhaustiva de mis comportamientos. Permanecí en silencio. Me llevé el porro a los labios, aspiré profundamente y me recosté en el sillón. No tenía idea de qué estaba hablando mi amigo. ¿Desde cuándo confundía nuestra amistad con insinuaciones sexuales? Volví a fumar, me incorporé.

—Astor, ¿qué dicen tus astros? ¿Vos creés que soy puto? —dije sin ningún pudor.

Con una sonrisa benevolente, volvió a la tablet y me respondió que carecía de importancia lo que él creyera. Lo único que podía decirme era que tenía un alma hipersensible en un cuerpo acorralado por las normas, los deberes y los qué dirán. Repitió que estaba transitando un muy buen período para el amor, que la carta no marcaba géneros, solo pasiones. Consultó el reloj y se despidió diciendo que su novia lo esperaba. Deseaba que la lectura me hubiera ayudado. Nos dio un beso y, clavándome de nuevo sus ojos de halcón, me dijo:

—Permitite ser feliz.

Me quedé extrañado, no entendí por qué me tenía que dar permiso para ser feliz. Creía que hacía todo para conseguirlo.

Fede preparó café, comimos otro pedacito de chocolate y charlamos un rato más. Se disculpó por haber sido un poco invasivo, se había dado cuenta de que se había inmiscuido en mi mundo sin pedirme permiso. Le dije que no se preocupara, que había sido una noche diferente, en algún momento me había sentido muy tensionado. Después, cuando me relajé, entendí el propósito del encuentro.

—¿Seguís en contacto con Anita? —dije con serenidad.

Fede hizo un movimiento con la cabeza. Eso fue todo. Ya era muy tarde, busqué la mochila y pedí un Uber. Le di un abrazo muy fuerte a mi amigo y bajamos al hall de entrada. A los pocos minutos, llegó el auto.

Por suerte el viaje era corto, no soportaba la música que había elegido el conductor. Llegué a casa, me descalcé, me preparé un té y busqué el chocolate que había guardado en la alacena. Ojalá pudiera dormir, tenía demasiada información para procesar.

Me despertó el sonido del teléfono, me acomodé debajo de la almohada y seguí durmiendo. Me sentía fatal, el dolor de cabeza era terrible, las náuseas también. Cuando pude, me levanté y fui hasta la cocina. Me hice un café doble, comí unas galletitas y tomé un Resaquil. La noche anterior había bebido demasiado y, además, empezar con fernet y continuar con vino no había sido una combinación afortunada. Volví a la cama esperando que pasara el malestar. Después de una hora en la oscuridad y en silencio, me sentí mejor. Miré las llamadas perdidas y vi que la última era de Fede. Le conté que me había despertado muy descompuesto. Mi amigo no sabía cómo disculparse por sus comentarios de ayer. Le pedí que se tranquilizara, sabía que lo había dicho con su mejor intención. Me agradeció y me reenvió un mensaje de Astor. Lo leí en voz alta: “Matías, estuve viendo tu revolución solar en detalle, está entrando Plutón a la casa once. Preparate, vas a tener una revelación muy profunda, pero ojo, puede ser dolorosa. Saludos”.

Me quedé perplejo; Fede, mudo. Le pregunté si Astor le había dicho algo más. Mi amigo tosió y rápidamente lo negó.

Me duché y salí a la calle para despejarme. Tuve una sensación extraña, como si los hombres me miraran. Seguía sin entender qué me estaba sucediendo. Decidí refugiarme en mi casa, estaba incómodo. Quizás había dejado que me llenaran la cabeza con sus idioteces y ahora dudaba de mí mismo. El idiota era yo, susceptible a los comentarios ajenos.  Estaba furioso. Le di un puñetazo con fuerza a la puerta de la cocina. Creí que me había roto un hueso de la mano. Tuve que ponerla en hielo. Nunca había sido violento. Estaba descontrolado. ¿Sería que no podía digerir ese tema? Astor me había preguntado por qué sentía tanto rechazo. La verdad era que desconocía el motivo.

A la tarde, me escribió Fede contándome que los dueños de su empresa habían organizado una reunión en un bar de San Telmo para festejar una nueva cuenta. Me dijo que le gustaría ir conmigo. Haciéndome el gracioso, ironicé si iríamos como pareja. Mi amigo me pidió que me dejara de joder con ese tema. Y un poco ofendido, me dijo que me olvidara de la invitación.

—Disculpame, Fede, la verdad es que sos muy bueno conmigo. Nos vemos allá —dije aceptando la propuesta.

Tenía que hacer algo diferente para despejarme. Nos íbamos a encontrar a las siete. Miré la hora, era tarde, me vestí rápidamente y salí de casa, necesitaba caminar.

Llegué a San Telmo acalorado y tarde. El lugar era oscuro. Había mucho murmullo y los distintos grupitos circulaban entre la barra y las mesas. La música de los ochenta completaba el ambiente sobrio y festivo. Apenas llegué no pude ubicar a Fede, así que me acerqué a la barra y me pedí una IPA.

Mientras bebía me puse a observar a la gente hasta que mis ojos se detuvieron en una atractiva morocha de ojos oscuros. Tenía unos jeans ajustados que me cortaron la respiración. No sé si había sido por mi manera de mirarla, pero en menos de dos minutos ella se paró a mi lado. Me sentí un adolescente que solo pudo decir:

—Hola, soy Matías.

Por suerte, Cata, así se llamaba, se lanzó a hablar con toda la fluidez que a mí me faltaba. Luego de contarme parte de su vida, me interrogó sobre qué hacía ahí. Ya se había dado cuenta de que no era de la empresa. Le contesté al principio por compromiso, y sin darme cuenta, después de un par de cervezas, le confesé lo consternado que estaba por el encuentro con el astrólogo, el mal momento que me había hecho pasar Fede y mis dudas existenciales.

—Fede es un divino. No creo que haya hecho nada para molestarte —me dijo con tono de psicóloga—. Su novia es muy macanuda, nos hicimos compinches.

—¿Está saliendo con alguien? No me contó nada.

—Qué raro, entendí que ustedes eran muy unidos. Hace más de un año que sale con Anita. Estaba medio preocupado porque parece que antes salió con un amigo de él —dijo Cata sin saber que había prendido un fósforo al lado de la pólvora.

No supe qué responder. Me vinieron unas nauseas que arrastraban mucho más que la cerveza que había bebido esa noche. Me sentí un reverendo pelotudo. Como pude, me puse en pie y, en el momento en el que trastabillaba para alejarme de Cata, me topé con Fede.

Dije tantos hijos de puta que él se puso pálido. Y ante su consternación, lo agarré de la nuca y le di un beso. 

 [1] Este cuento forma parte del libro Todavía hay música (2026).


Silvia Lifschitz, escritora, Licenciada en Administración y Contadora Pública (UBA), Consultora Psicológica (Holos Capital), Terapeuta orientada en Focusing (Focusing Institute), Arteterapeuta (Escuela Argentina de Arteterapia), Diplomada en Psicogerontología para la Atención Integral Centrada en la Persona (Universidad Maimónides), cursó el Máster en Gestión Cultural opción Políticas Culturales (PARCUM). Nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Directora de Redacción de la Revista Arteterapia. Proceso Creativo y Transformación (www.arteterapiarevista.ar). Colaboradora de la Revista de Arte y Cultura Devenir111 (www.devenir111.com). Publicó Pájaros en el pecho (2015, cuentos), Una convención anual (2016, cuentos), La máscara azul (2017, cuentos), El aire fresco de la vida (2020, cuentos), Que tengas un buen viaje (2022, novela corta), Alfajor con cinta (2024, novela) y Todavía hay música (2026, cuentos). Participó en varios libros de la Colección 300 (2025/2026, relatos) Su cuento El pequeño elefante obtuvo el primer premio 2017 en el Concurso de Literatura organizado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de CABA y el cuento La máscara azul, el primer premio 2017 en el XXXIII Certamen Nacional de Poesía y Narrativa Breve “Letras Argentinas de Hoy 2017”.

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