Como todos los 25 de mayo, fui a almorzar a casa de mamá. El locro que preparaba para celebrar el día de la patria era un clásico. Toda la familia se reunía. Cada año le salía más sabroso. Ella decía que era porque lo cocinaba con los mejores ingredientes y con mucho amor.
—¿Qué le pusiste, Norma? —preguntaba siempre la tía Josy.
—Lo que lleva —contestó con la soberbia de una cocinera experta—: maíz blanco, porotos, zapallo redondo, cebolla, morrón y puerro, un poco de falda, pechito de cerdo, panceta y chorizos.
—Esta vez, el olorcito está más rico. Qué bueno celebrar este día con un plato que representa a los pueblos andinos —dijo la tía.
Cuando nos sentamos a saborear la comida, mamá fue a buscar a su cuarto una medalla de metal. Era muy chica y estaba medio oxidada.
—Mirá lo que encontré, Mirtu. Te la dieron en el colegio cuando estabas en cuarto grado —dijo mientras me la daba.
—¡Vos sí que guardás pavadas!
La agarré con indiferencia y recibí los reproches de la parentela. Dijeron que era una reliquia que conmemoraba a nuestra patria. Tuve la mala idea de cuestionar el concepto de patria. El tío Juan Carlos estuvo a punto de levantarse para increparme por mi insolencia, pero mamá lo detuvo.
—Disfrutemos el locro que con tanto amor preparó Normita —dijo Josy tratando de calmar los ánimos.
Comí dos platos, estaba riquísimo. Después fuimos al living y tomamos café con pastafrola de membrillo, la especialidad de la tía. Entonces, como para hablar de algo, le conté a mis primos que había visto el espectáculo Invasiones I con Elena Roger. Mi tío Juan Carlos, que se había quedado mascullando rabia, se metió en la conversación de mal modo.
—¡Qué vergüenza! Hacer un espectáculo sobre la primera invasión inglesa y ponerle música de Charly García.
—¿Qué decís, papá? ¡Es una obra genial! A nosotros nos encantaron los actores y cantantes. ¡Y la música es lo más! —dijo mi primo menor.
Otra vez teníamos que cambiar el tema de conversación. El tío era un tradicionalista acérrimo, las cosas tenían que seguir de la misma manera. No aceptaba los cambios impuestos por las épocas y las nuevas generaciones. Por suerte, lo veía solo dos veces al año, era un tipo insufrible que se creía el único dueño de la verdad.
Con el fin de terminar esa nueva discusión, Claudia, la hija de Josy, nos leyó un fragmento del libro que acababa de terminar sobre nuestros abuelos.
«Ellos eran muy jóvenes. Sus cuerpos, torpes y sensibles resguardaban unas almas paralizadas. El dolor del destierro era punzante. Se conocieron en el barco que los llevaba a otro continente, a una tierra distante. Sus padres les decían que allí encontrarían un futuro mejor. Ellos escuchaban en silencio. Lo mejor que les había sucedido había sido encontrarse. Las condiciones de vida durante el viaje eran difíciles, a veces, inhumanas. La incomodidad se había impuesto, nada resultaba fácil ni agradable.
A pesar de la diferencia de edad, se enamoraron de inmediato. Pasaban el día juntos, sus padres no conseguían separarlos. Una noche en la que las estrellas resplandecían, los dos salieron del pequeñísimo salón y caminaron hacia la proa. Miraron el cielo en silencio y decidieron que pasarían sus vidas juntos. Se dijeron las consabidas promesas de amor y él, mostrando madurez a pesar de su corta edad, fue a hablar con los padres de ambos.
Haberlo conocido le permitió a Eidel recuperar la alegría. En muy poco tiempo había tenido que abandonar su casa, amigos, familia, escuela, su lengua materna. La jovencita temía que sus padres se opusieran, pero no lo hicieron. Las familias aceptaron el romance, aunque tenían reglas muy estrictas: comportarse bien, no perder el decoro, aprender a esperar. Las dos madres les recordaron que el noviazgo era algo serio y largo. Miraron a Itzak y le encomendaron el cuidado de Eidel.«
Llegaron a la Argentina en 1908 en el König Friedrich August que había zarpado de Hamburgo. Luego tomaron otro barco hacia Entre Ríos y, desde el puerto, un tren hasta la colonia de Villa Dominguez.
Claudia cerró el libro con un suspiro.
—Este es el comienzo de nuestra familia en la Argentina.
—Entonces, ¿tuvieron que ir hasta Hamburgo para embarcarse? ¿Y luego del puerto de Buenos Aires a Entre Ríos? —le pregunté a mi prima.
—Sí, Mirtu. Eran de Besarabia, en la zona de Soroca. El territorio pasó por diversas ocupaciones y anexiones. Fue parte del Imperio Otomano, del ruso (cuando ellos nacieron), de Rumania, de la Unión Soviética y ahora pertenece a Moldavia —respondió Claudia.
—Siempre me dijeron que eran rumanos, pero nacieron en Rusia —dije pensativa.
Esto me sumergió en profundos cuestionamientos, esos de los que me costaba salir. ¿Cuál era la patria de mis abuelos? ¿Dónde habían nacido y fueron criados o la del país generoso que les dio la bienvenida?
Patria era un concepto bastante moderno. La palabra me seguía zumbando en el cerebro y no llegaba a ninguna conclusión. Desde mi mirada, estaba atravesada por guerras territoriales y violencia. Preferí reflexionar en silencio, ya me conocía cuando algo me obsesionaba y no quería discutir con el tío. Fue entonces que mi primo, sin medir las consecuencias, lanzó la pregunta que me movió las estructuras:
—¿Cuál es nuestra patria, donde nacemos, donde vivimos o de donde vienen nuestros antepasados?
Mis pensamientos se enmarañaron más y quedé atrapada en ellos. Todas las creencias que tenía me las habían implantado con educación y cultura.
Mi concepto de que era ciudadana del mundo se desmoronaba. Para pasar por distintos territorios debía acreditar mi nacionalidad, decir cuál era mi lugar de origen. Mi patria era el suelo en el que habitaba. Esto me circunscribía a un lugar limitado por fronteras.
Entonces, ¿cuál era la patria de Itzak y Eidel? Recordé un texto de Darío Sztanjriszraiber titulado “La patria es el otro”. Si no estaba equivocada, argumentaba que el otro es parte de lo que somos, nos constituye. Entonces la idea de patria era más humana, tenía relación con los vínculos, la memoria y la convivencia. Me pareció interesante, menos territorial y más rizomático.
Mi bobe y mi zeide eran solo personas atravesadas por diferentes culturas y muchos afectos, que se habían arraigado en esta tierra, a la que Eidel, Natalia en español, llamaba “mi patria”.
Me relajé pensando que ellos, a pesar de tanto sufrimiento, de tanta historia, tenían en claro cuál era su lugar. Sin dudas, la vida era simple. Ellos habían sembrado amor en una tierra fértil que los recibió con los brazos abiertos. Y nosotros éramos parte de esa patria.
Miré a mi familia con dulzura, y antes de despedirme, tomé la medallita y la guardé delicadamente con mis cosas. Ya no me parecía una pavada.
Silvia Lifschitz, escritora, nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada en Administración y Contadora Pública (UBA), Consultora Psicológica (Holos Capital), Terapeuta orientada en Focusing (Focusing Institute), Arteterapeuta (Primera Escuela Argentina de Arteterapia). Directora de Redacción de la Revista “Arteterapia. Proceso Creativo y Transformación”. Colaboradora de la Revista de Arte y Cultura Devenir111 (www.devenir111.com). Publicó Pájaros en el pecho (2015, cuentos), Una convención anual (2016, cuentos), La máscara azul (2017, cuentos), El aire fresco de la vida (2020, cuentos), Que tengas un buen viaje (2022, novela corta) y Alfajor con cinta (2024, novela). Su cuento El pequeño elefante obtuvo el primer premio 2017 en el Concurso de Literatura organizado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de CABA y el cuento La máscara azul, el primer premio 2017 en el XXXIII Certamen Nacional de Poesía y Narrativa Breve «Letras Argentinas de Hoy 2017».
