Una gacela corre por la estepa tratando de salvar su vida. Corre bellísima, con fuselaje estilizado. Corre como si estuviera diseñada sólo para huir.
El predador, felino imponente, corre detrás con la garra en deseo. Para ella salvar su vida, para él salvar su vida.
En la T.V. del bar algunos ven la escena de cacería del felino, otros ven la supervivencia de la gacela.
El gordo desentrazado se anima primero y apuesta diez dólares a que el gato grande gana. El viejo de tiradores mecánicos y barba de Papá Noel se hace el resignado
–ok está bien, diez dólares.
El cantinero con silencio de sifón hace su apuesta. Detroit es así, ve por T.V. todos los asesinatos, todos los hace propios, todos le son ajenos. ¿En África se morirá distinto?
Un veterano de alguna de las muchas guerras se levanta ebrio y, dedo índice en alto, grita que murieron muchos soldados hombres por el puto patriarcado. Una docena o dos de parroquianos se miran cómplices con risa contenida, con descrédito adjudicado.
El veterano asumía la derrota pero seguía luchando
–no me van a callar, no saben lo que es estar en una guerra, hay miedo y olor, la guerra huele, y confunde, perdés tu nombre tan rápido que tenés que llevarlo colgado de una chapita del cuello.
Todos quedaron en silencio mirando el T.V. o los celulares. La censura actual es un silencio. No hace falta nada más. Sólo callar destituye a la gente. Era muy simple.
El gordo transpirado grita y golpea la barra
–no la agarra más, dale, vamos, maldito gato, comete a la fucking cebra.
Una mujer de varias cesáreas y penoso sobrevivir se para harta para increparlos
–gordo, es una gacela, analfabeto, ¿por qué no la corrés vos?
Y ríe forzadamente para girar sobre su eje y gritarle al ex combatiente
–das lástima, a quién le importa tu guerra y los putos hombres que mueren en ella, mejor menos hombres para matar mujeres, púdranse.
Las respiraciones en agitación contenida intentaban salir de los pechos.
–No te fue muy bien, por algo será.
Socarrón y miserable conjuró el cura.
–Mirá habló el violador de pibes.
Rio sarcástica la dama.
–Estoy por ir a buscar mi escopeta y matarlos a todos.
Dijo el gordo y se creyó capaz.
Eso era posible allí. Todos lo sabían.
–Dios no quiere eso.
Se vio obligado a decir el cura.
–Dios no me salva de que me cojan por veinte dólares cinco veces por noche, ¿es un problema de fe?
Ella gritó más fuerte, salpicando saliva.
Papá Noel falso seguía mirando el T.V.
–la gacela huyó, jaja, gané.
Casi nadie lo escuchó. El gordo sacó un billete de cincuenta dólares y lo estrelló contra la barra como intentando aplastar al prócer. Se bajó con dificultad de la banqueta. Se acomodó el pantalón que seguía cayéndose. Pasó el escarbadientes de un lado al otro de sus labios, con su lengua enorme. Miró el vacío. Sonrió. Respiró muy profundo y con voz inmotivada dijo
–voy a buscar la maldita escopeta bastardos de mierda.
Algunos se miraron. La mujer se sentó resignada
–que la traiga.
El ex combatiente, solemne, propuso
–muramos de pie como hombres.
–Lo que Dios quiera.
Agregó el cura.
Papá Noel seguía mirando el T.V.
–mirá esos sapos!
Los doce, o más, miraron por la gran superficie vidriada al gordo agarrando la escopeta de su Ford F-150. Seguían cada uno de sus movimientos, cómo quebraba el doble caño para cargar los cartuchos, cómo juntaba racimos de cartuchos en sus bolsillos, cómo cerraba despacio la puerta de su camioneta, cómo caminaba de nuevo hacia el bar con la escopeta cruzada como una franja entre sus manos, un poco incrustada en su panza.
Todos miraron cómo entró nuevamente al bar, en tiempo lento, con ese olor a guerra y ese aturdidor silencio.
Las gacelas, a veces, muchas veces, huyen de sus predadores en las sabanas de África. Desean vivir, deben estar diseñadas para eso. En Detroit, parece que no.
Diego Rodríguez Duca, escritor, psicoanalista, licenciado en Psicología, docente. Nacido en Argentina en 1973 ha publicado entre otros textos los poemarios La tragedia fluye (Zama, 2005), Buitres bañan venados (Ed. La Yunta, 2021), Santo en equilibrio (Paradiso, 2023.)
