Laura Lescano: «La construcción de la niñez»

Lejos de ser una crónica de nuestra sensibilidad, la historia de la infancia constituye una sucesión de desplazamientos en las estructuras de utilidad, poder y demografía que revelan que la niñez es, en esencia, una invención cultural. Como un sedimento de las mentalidades —y no una realidad natural u objetiva—, este concepto ha transitado desde la invisibilidad técnica del «adulto en miniatura» hasta su asfixiante sacralización contemporánea, demostrando a través de sus enormes matices históricos que la idea que tenemos del niño no es algo obvio ni dado, sino una construcción simbólica profundamente intervenida.

En el Antiguo Egipto, la mentalidad operaba bajo una lógica de transmisión ontológica: el niño era el garante de los ritos funerarios indispensables para la supervivencia del progenitor, operando como un engranaje de la inmortalidad. En la China imperial, el confucianismo codificó la niñez como un estadio de deuda perpetua y piedad filial, anulando la individualidad en favor de la jerarquía del linaje. Este pragmatismo se radicalizó en las cosmogonías nahuas (aztecas, entre otros), donde el menor era una «piedra preciosa» sujeta a un proceso de templado extremo, y donde el cuerpo era purificado mediante el ayuno y la punción ritual para subordinarlo a la estructura estatal-teocrática. En el Japón tradicional, el concepto de Nanatsu mae wa kami no uchi («niñez como préstamo») establecía que el niño vivía una realidad «no humana» hasta sus 7 años, su vida biológica era solo un «préstamo divino». Esto facilitaba el desapego adulto; el abandono o el luto eran mejor digeridos en aquellos contextos de alta mortalidad infantil.

Para el orden social romano, la niñez no era un estado de inocencia que proteger. Dentro de la estructura de la familia, el niño no existía como individuo, sino como un elemento bajo la Patria Potestas del pater familias, quien ejercía un poder total sobre sus descendientes. Esta visión se materializaba en el ius vitae ac necis (derecho de vida y muerte), que otorgaba legalmente al padre la potestad de reconocer, vender o ejecutar a sus hijos si consideraba que habían traicionado el honor o los intereses del linaje.

Con el desarrollo del cristianismo se dio una revolución conceptual: el niño dejó de ser una «cosa» propiedad del padre para convertirse en un sujeto con alma. Esto «desprivatizó» al infante del poder del padre biológico para entregarlo al poder del Padre Divino. Al poseer alma, el infanticidio se convirtió en un crimen y la infancia adquirió una superioridad moral inédita basada en la pureza. Sin embargo, esta sacralización convivía con la advertencia de San Agustín: el niño poseía en latencia los siete pecados capitales (pecado original) y esta “realidad” exigía una educación rigurosa para salvar al menor de su propia naturaleza corrupta y corruptible.

Esta ambivalencia —el niño como ser puro, pero a la vez pecador— explica la mentalidad de la Edad Media europea, donde la protección de la inocencia se subordinaba a fines trascendentales. En un contexto de mortalidad infantil estructural (pestes, hambrunas), se consolidó una «coraza de desapego» que Philippe Ariès definió como “la ausencia de un sentimiento de infancia”. Los niños eran invisibles o eran adultos incompletos, integrados prematuramente a las jerarquías de poder: el hijo del campesino sería una herramienta de trabajo y el de la élite un sujeto de intercambio político en cortes extranjeras.

Es en este marco donde la Cruzada de los Niños (1212) adquiere una lógica interna: no fue un brote de locura, sino la utilización técnica del niño como «soldado místico». Bajo la cosmovisión medieval, si la fuerza bruta de los caballeros adultos había fallado en recuperar Jerusalén, la «pureza del alma» infantil (esa que el cristianismo acababa de inventar) se consideraba un arma espiritual superior. Así, se envió a miles de niños a la guerra sin protección real, demostrando que su nueva jerarquía moral no los protegía del mundo, sino que los convertía en una herramienta de sacrificio más eficiente para el Estado y la Iglesia.

Si avanzamos hasta el siglo XVII y analizamos los cuentos originales de Mamá Oca, veremos otra percepción cruda de la infancia. Aquellas historias no eran fantasías infantiles de entretenimiento (estilo Disney), sino crudos manuales de supervivencia para un mundo donde ser niño era una mera contingencia biológica. A través de relatos de canibalismo, mutilación, incesto y abandono, se advertía a los menores sobre una realidad violenta donde seguir vivo no era un derecho garantizado. Se los instaba a crecer; ser niño era un estado no deseado y poco seguro de la vida humana. Cuentos como Caperucita Roja, Barba Azul, La bella durmiente del bosque, Pulgarcito o Piel de asno ilustran claramente aquella realidad social donde la infancia no era una etapa idílica a la cual todos queremos volver, sino una fase extremadamente peligrosa de la cual había que saber salir con habilidad.

Tras la Revolución Francesa, la niñez se transformó en un recurso estatal. De ser propiedad absoluta del pater familias romano, ser concebido como pecador y permanecer invisibilizado durante siglos, el menor pasó a ser un sujeto de interés público: un individuo confinado en la institución escolar y moldeado por ella como materia prima de los Estados nacientes. Se requerían futuros adultos obedientes que adquirieran en sus infancias una nueva identidad: la nacional. La noción de tabula rasa rousseauniana (el niño como hoja en blanco) no fue un acto de liberación, sino el inicio de una vigilancia microscópica que segregó a la infancia para su moldeamiento disciplinario. Y fue efectiva: la idea de nación sigue siendo hoy un constructo histórico inquebrantable.

Con la consolidación del capitalismo y la Revolución Industrial, la niñez se fracturó bajo una doble lógica: mientras el hijo de la burguesía era idealizado como un «ángel del hogar» destinado al consumo y la herencia, el niño proletario fue reducido a fuerza de trabajo barata y descartable en minas y fábricas. El nuevo actor social, el proletariado, adquirió su nombre precisamente aquí; es quien aporta la «prole» (niños) al sistema.

En el siglo XX, el Estado desplazó el trabajo infantil por la hipervisibilización estratégica: el menor dejó de ser un operario para transformarse en un fetiche afectivo y en un nicho de mercado. Bajo el estatus jurídico de «minoridad», la infancia fue extraída de la fábrica no por bondad, sino para asegurar la tutela estatal absoluta y moldear al infante como ciudadano, soldado y consumidor. Los hijos se volvieron el eje afectivo de la familia nuclear burguesa. El corolario de una vida adulta, próspera y alineada con los intereses del Estado fue, desde entonces, formar una familia. Todo esto se acompañó con la invención del mercado infantil: el hijo o hija, centro del hogar, se convirtieron en el consumidor perfecto para el sistema.

En la actualidad, asistimos a una hipervaloración del menor que roza lo sacro, transformando la puericultura en una puerocracia. En un contexto donde el ideal familiar burgués se diluye y baja la tasa de natalidad, el niño se ha convertido en una unidad de inversión emocional absoluta y en un consumidor soberano cuyo deseo dicta la agenda del adulto. Esta sacralización ha derivado en una patologización sistemática: conductas que antes eran consideradas desajustes de socialización hoy se validan como «necesidades de expresión», erosionando la autoridad del adulto y prolongando artificialmente el narcisismo primario.

Esta idealización se extiende al mito de que los niños “son super creativos”, “seres mágicos” o “sabios en miniatura” confundiendo la inmadurez funcional de la corteza prefrontal con un don artístico. El adulto moderno, abrumado por la complejidad de lo real, proyecta en el niño una «magia» que no es más que cierta limitación cognitiva y un marcado pensamiento animista. Incluso la supuesta conectividad sobrenatural del niño y sus «amigos invisibles» son manifestaciones de la labilidad de las fronteras del yo, validadas por adultos que necesitan creer que el mundo todavía tiene encanto, aunque para ello tengan que renunciar a su responsabilidad de ser el anclaje con la realidad objetiva.

Frente a esta edulcoración de “los peques”, la literatura de Henry James y Silvina Ocampo actúa como un correctivo quirúrgico. En Otra vuelta de tuerca, James presenta a la infancia como un territorio de simulación donde la supuesta inocencia es una máscara para una malicia insondable. Silvina, por su parte, despoja al niño de toda pureza redentora para mostrarlo como un ser amoral, cruel y extraño, cuya curiosidad linda con lo monstruoso. A esta línea se suma Mariana Enriquez, quien retrata una niñez salvaje y desprotegida, donde el menor no es una víctima pasiva, sino el protagonista de un horror cotidiano y oscuro. Estas obras nos recuerdan que la infancia es el periodo de la perversidad polimorfa donde la ley aún no ha sido internalizada. Por su parte, Rainer Maria Rilke afirmó que «la patria es la infancia». Esta bellísima sentencia captura una verdad ineludible: la niñez es la matriz sensible de nuestra identidad más honda, un territorio donde los aromas y las primeras vivencias sensoriales graban en el adulto una impronta mucho más profunda que cualquier concepto abstracto adquirido después. Sin embargo, permitir que esa nostalgia gobierne el presente sería aceptar un dulce narcótico que obstaculizaría la transformación y la lucha social, es decir, sería un impedimento para la construcción de otras realidades. Encima, quedar atrapado en esa «regresión nostálgica» es funcional para el capitalismo de consumo (como bien señala Baudrillard) que instrumentaliza toda esa idealización de la infancia para la venta de objetos, estética Kidult, cosméticas para “ser siempre jóvenes” y entretenimiento simplificado.

Sacralizar la incompletud de una criatura representa una claudicación intelectual del adulto, no un gesto tierno. No protegemos mejor a las infancias por rodearlas de un halo de magia y sabiduría que no poseen. El niño no es un vidente ni un maestro; es un sujeto en pleno proceso de formación. Renunciar a esta premisa en nombre de una imagen ilusoria es, en última instancia, abandonar al menor a su propia desorientación. Solo cuando el adulto asume su rol como anclaje cultural, y deja de buscar en la niñez un refugio para sus propias insatisfacciones, es cuando realmente se le otorga al niño el derecho a crecer. La verdadera protección no reside en el mito, sino en la solidez de una presencia que guía el tránsito desde la vulnerabilidad y la inocencia inicial hacia la plena autonomía.

En conclusión, aquello que hoy identificamos como “un niño” o “una niña”, es una imagen escrita por las necesidades del poder y las multicapas culturales de cada sociedad. Al raspar la pintura de la historia, queda claro que la niñez es resultado de lo que el Estado y los sistemas económicos han diseñado meticulosamente para que encaje como un guante en sus engranajes de producción.

La infancia se parece mucho más a las fronteras trazadas en un mapa geopolítico que a una realidad objetiva; siempre se están redibujando en función de quién necesita explotar los recursos.

Hoy, en la era de la inteligencia artificial ubicua y los algoritmos predictivos, nos encontramos en un territorio inexplorado donde el deseo se moldea antes de ser articulado, antes de ser pensado. Si históricamente el dictamen económico y el control religioso y estatal fueron los que definieron los límites de lo infantil, cabe preguntarnos qué modelo conductual está siendo diseñado hoy por las megaestructuras digitales y gigantes económicos para alimentar sus bases de datos. El mapa se está transformando una vez más; la urgencia consiste en identificar quién tiene, en este preciso momento, el lápiz en la mano.


Laura Lescano, historiadora, docente. Orientación en historia intelectual, análisis de discurso histórico e historia de las mentalidades.
Instagram: apolo.y.dionisio

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