Miguel Ángel Rodríguez: «Esos objetos raros»

Cierta vez, saliendo de Chacarita

Era viernes.
Era muy joven.
Regresé a mi departamento borrachísimo, cerrando persianas.
Pasado el mediodía el timbre empezó a sonar con una insistencia exasperante, inclaudicable.
Me despertó.
Tuve que levantarme a atender.

– ¿Quién caaraajo sos?

– No se trata de quién, sino de qué. Es una encomienda que debo entregarte en mano.

Bajé, firmé al pie de una planilla, hundí mi dedo en un botón del ascensor y otra vez en el living apoyé el envío –un cubo de tamaño mayor al de una caja de zapatos- sobre la mesa.
Estaba envuelto en papel de alta calidad y gramaje, impregnado en tinta de cúrcuma y atado con una cinta que culminaba en sobrio pero ornamental moño.
Los fui sacando con cuidado… hasta romper de un tirón.
Adosada a la tapa había una nota escrita por mi padre.
Decía: “Éste es mi regalo para vos. Te quiero.”
Muy raro.
Durante algunos minutos fui y vine de un lado a otro rascándome cada tanto la cabeza. Es lo que hago cuando algo me inquieta; un comportamiento irracional que sin embargo precipita como si se ajustara a una lógica imperiosa.
Me acerqué a la caja, estudiándola. Tomé los extremos de su tapa con mis dos manos. La saqué. Y descubrí su contenido, por demás asombroso.
Estaba vacía, no había nada.
Deambulé nuevamente sin sentido dejando pasar un rato.
Disqué el teléfono.

– Hola pa.

– Hola hijo.

– Acabo de recibir una encomienda de tu parte.

– Buenísimo. No la abras hasta el día en que cumplís años.

– Ya la abrí, por eso te llamo. ¿Es joda, me estás regalando un paquete? Adentro no hay nada.

– ¿¡Qué decís!? Fijate bien. Hay uno de los objetos reales más valiosos de la vida. Es un cuchillo sin mango que no tiene hoja, afiladísimo. Para aquellas ocasiones –son pocas pero tajantes, decisivas, te las vas a encontrar- en las que hay que cortar, de verdad.

Cuando recordé el episodio sonreí, a la vez que se me piantó una lágrima.
Le dije chau y encaré hacia Elcano.


Barca

En mi barrio hace meses andamos como sobre-quietos, afectados por un virus cuya corona reina cuarentena. Son comienzos de Julio. El frío ya atraviesa.
Miré por la ventana, me puse abrigo, barbijo, y caminé por territorio del viento dos cuadras desoladas, hasta la plaza.
Siempre bella, siempre otra según va pasando el día.
Compinches, a esa hora de la noche… el movimiento de los árboles y el alumbrado público… brindan copas arriba, hacen sombras porteñas…
Cerca de mí oí caer una semilla que por su forma y color llaman “oreja de negro”.
Y sin motivo recordé a mi abuelo Calderón diciéndome: “Pibe, sólo hay barca cuando te lanzás al agua que te lleva. Antes, bostezo de sueño, vivir dormido como lagarto de cartera.”

Miguel Ángel Rodríguez, escritor, psicoanalista

licmar2000@yahoo.com.ar

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