Nicolás Vila Ortiz: «El temor del instante»

El temor del instante

Iván es un joven amigo, cartero y fotógrafo en sus tiempos libres. Lo conocí a través de su novia Gabriela, que tocaba el violín en la misma orquesta de cámara en que tocaba nuestro querido Alberto. La casualidad quiso después que durante un tiempo llevara la correspondencia a la oficina donde yo trabajaba en Fisherton. Ahora bien, hace unos meses atrás me enteré que estaba internado y fui a visitarlo. Ese mismo día me había encontrado con Gabriela que, apurada con unos trámites para la obra social, muy angustiada me dio la noticia, apenas unas horas antes de que él la abandonara para siempre; pero esto sería casi adelantarme al final de la historia.

I

Al llegar al Sanatorio Británico, ese lugar que tristemente se repite una y otra vez a lo largo de los años, subí directamente al cuarto piso. Allí me enteré que gracias a Dios, estaba fuera de peligro, aunque debido a un extraño incidente, estaba casi irreconocible de tantos moretones en la cara, una pierna en alto y ambos brazos en cabestrillo. Los ojos eran apenas perceptibles a través de una pequeña línea, a modo de algún antiguo dibujo oriental.

Estaba con Marcelo Ajubita, que le decía que todo el largo año de la pandemia había estado agobiado por la superstición. Marcelo es otro viejo amigo de Alberto: alguna vez, allá en los setenta, se escribió con Allen Ginsberg, cuando aún existían las cartas entre los poetas.

– Bueno – le decía Marcelo -, se puede decir que el temor que yo tenía era el temor del instante que todo lo cambia, y como si fuera una premoción y no una locura, terminó por suceder algo.
– Pero no a vos…
– Es lo mismo.
– No es lo mismo ni en lo más mínimo.
– Me refiero a que basta un segundo para que una vida se desmorone…

Después, Marcelo nos contó una teoría suya sobre un secreto que se le devela a las personas que están a punto de morir, algo que se relacionaba con aquello que citaba Borges de San Agustín acerca de qué es el tiempo: si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, ya no lo sé.

Antes de irse le dijo que si no se recuperaba pronto, iba a terminar admitiendo su amor secreto por Gabriela. Iván lo insultó y Marcelo se fue, dejando oír el eco de su burla en el pasillo. Después de un rato, Iván me dijo que no había entendido nada de lo que Marcelo le había dicho, pero que me iba a contar todo lo que le había pasado.

II

Todo empezó sencillamente con unas cartas con destino a lo que podemos decir es un lugar peligroso. Todos me dijeron que no se entregan cartas en esa zona. Ningún cartero entra, porque saben que es un barrio en continua balacera. En la ficha ponen: no se encontró, se mudó, o no existe la dirección. Pero yo quería ir. El día anterior había consultado los planos en la empresa. El lugar es casi un perfecto triángulo encerrado entre las vías del ferrocarril, el arroyo Saladillo y una altísima avenida que pasa por encima.

Al día siguiente me fui hasta allá, temprano y orgulloso. La calle se angostaba a medida que las vías del ferrocarril se inclinaban hacia el suroeste. Se podía ver desde la última esquina que era un corto camino sin salida. Al llegar al final de la cuadra, quedaba solo un pequeño paso cubierto de arbustos, por el cual se podía cruzar las vías caminando.

En comparación con todos los que andaban por aquellos pasillos, yo no era ni el más alto ni el más bajo, ni el más rubio ni el más moreno, ni el mejor vestido ni el más harapiento: sin embargo, me era imposible pasar desapercibido.

Creo que estuve mucho tiempo dando vueltas sin sentido. En cuanto empezó a oscurecer, un ambiente sórdido y hostil invadió implícitamente el barrio. Sentí la urgencia de volver a casa, pero perdí la orientación, probablemente por tantas diagonales, y no encontraba el camino de regreso. Con la idea de preguntarle a alguien, entré en una casa que aparentemente hacía de bar, según estaba escrito en la pared de enfrente. Ni bien corrí la cortina me ofrecieron algo para tomar, y no me animé a rehusarme. No había mucha gente. Escuché que al dueño del lugar le decían Perro.

– Vas a lo del patrón? – me preguntaron -.
– No, estoy perdido… 
– Perdido en un par de manzanas? Eso sí que es raro.
– Soy cartero y tengo que entregar unas cartas.

Traté de leer las direcciones en los sobres, pero estaba muy oscuro.

– En verdad son solo dos cartas, según me acuerdo, una para la Iglesia Pentecostal de Jesucristo, y otra para el señor Luis Arreola.
– Entonces vas a lo del patrón, por qué mentís?

En ese momento entraron dos hombres viejos con una carretilla.

– A lo mejor le tiene miedo al patrón – dijo uno -.
– Yo creo que Luís le tiene miedo al Perro – dijo el otro -.

El dueño del bar no dijo nada y los viejos se callaron. Es cierto que el trato con el hombre parecía difícil. Un paso en falso en la conversación daba lugar a un inestable silencio. Después el Perro me dio una botella y un vaso y me dijo:

– Vení, pasá para el otro lado, donde están las mesas.

Corrí otra cortina y pasé a un espacio un poco más grande.

– Que te parece el boliche, te gusta, te parece limpio?

Me miré los zapatos llenos de barro.

– Estamos en un pozo, cuando llueve mucho las casas se llenan de agua. 

Me senté y escuché que se reían. Al lado de mi silla había unas tablas con una bolsa encima, donde me apoyaba mientras intentaba sacar el corcho de la botella. Sentí algo húmedo en el brazo y en la mano. Otra vez las risas. Yo también me reí, aunque sin saber por qué. Después algo goteando en el piso y me di cuenta: las bolsas cubrían, a medias, un hombre muerto sobre la  improvisada mesa.

– Le dieron lo que andaba buscando – dijo uno -.
– Está ahí hace un par de horas, si la policía no lo viene a buscar, mañana lo enterramos.
– Nunca quieren venir, así que tenemos casi un cementerio detrás de la casa.

Sin saber qué hacer, me serví un vaso y probé lo que parecía ser una espumosa cerveza negra, pero dulce. Estaba apurado en terminar de tomar para irme cuando alguien que estaba en otra mesa se me acercó, me sopló la cara, y se fue. Así de extraño, solo eso, pero enseguida me sentí algo mareado, no sé si por la impresión o por la rara y espesa bebida.

Enfrente había otra casa, muy parecida al bar, pero con un cartel que decía que era el templo de los cristianos de zona sur.

– Está abierta? – pregunté sin dirigirme a nadie en particular -. Tengo que entregar esta correspondencia…
– Tenés miedo? Querés salir corriendo?

Lo hubiera hecho, pero no sé si hubiera podido correr muy rápido entre el laberinto de pasillos y casas. Además me sentía como paralizado, ni siquiera sabía si podía caminar bien. Saqué otros cien pesos y le dije al que llamaban el Perro que quería otra cerveza, que me cruzaba y volvía enseguida.

– Andá tranquilo, después la pagás – me dijo -.

La iglesia estaba cerrada. Entré otra vez a la casa pero no vi a nadie. Quería pagar para poder irme lo antes posible. Llamé, pero nadie contestó. Entonces me asomé a un cuarto contiguo corriendo una cortina y me encontré frente a una mujer desnuda: el pelo chorreando agua, una toalla en el suelo y ropa sobre una silla.

– Perdón, mil disculpas…
– No es nada – dijo sonriendo -, el Perro debe andar atrás haciendo algo, espérelo que seguro ya viene. El bar está del otro lado.

Al verla reaccionar así, tan espontánea y tan desnuda, me pareció la mujer más sensual que había visto en mi vida. Esto fue la peor de las suertes, porque entonces me demoré unos instantes, y al darme vuelta para salir del cuarto me encontré con el Perro. Me pregunté por qué esta mujer estaría con ese muchacho siniestro, de silencios ominosos como un animal. Por algo le decían el Perro. Tal vez deberían decirle hiena o coyote algo así. Con tantas cicatrices en la cara no era justamente un actor de cine. Pensé que tal vez podría ser yo un buen candidato para ella.

– No quise interrumpir, solo vine a pagar las cervezas – le dije -.
– No creo que puedas pagar nada nunca más en tu vida.
– Se trata de un error, confundí una puerta con otra. Pensé que detrás de la cortina estaba el bar. En vez de ir hacia la izquierda fui hacia la derecha, y la puerta con la cortina es igual a la otra…
– Vení tranquilo – me dijo -.
– Me tengo que ir.
– Quedate quieto si no querés sufrir algo peor.
– No fue mi intención, de verdad no fue mi intención.

Dije esto y salí caminando con una lentitud de pesadilla. Un chico que salió del fondo empezó a gritar:

– Se quiere ir, se quiere ir!

Estaba comiendo algo y de pronto se atragantó. Le pasa por delator, pensé indignado, pero el chico no respiraba, y en su cara se dibujaba ya la mueca del terror. Tendría seis o siete años. La madre – la bella mujer de antes – lloraba a los gritos, pero lejos de ayudar lo sacudía y en la desesperación lo hizo caer al piso.

– Señora hay que levantarlo, está ahogado – le dije -, hay que realizar la maniobra de Heimlich.
– Usted es doctor?
– No.

Y empecé a tratar de ayudarlo, mientras relataba absurdamente lo que iba haciendo:

– Hay que ponerse detrás y rodearlo con los brazos a la altura de la cintura, el puño así, debajo del esternón, y compresiones rápidas hacia arriba, así.

Yo pensaba con horror que todo era inútil, que nada de lo que estaba haciendo iba a funcionar, ya que solo era algo que había leído; pero el chico escupió una bola de algo hacia adelante y empezó a respirar a felices bocanadas.

– Gracias, gracias doctor – gritaba la madre -.

El angosto pasillo comenzó a llenarse de gente.

– Hagan espacio al doctor, déjenlo trabajar – se escuchaba que decían -.

Desde el mismo lugar donde siempre había estado, me miraba el Perro. Había empezado a creer que ahora algo era diferente. No sé si la casualidad había llegado para ayudarme o para hundirme, pero otra vez se presentó, inevitable y absurda: un agitado muchacho le decía al Perro:

– La hija de José está ahora teniendo familia. Vengo de allá, la partera dice que la cosa viene difícil. Si acá tenemos un doctor, por qué no lo mandamos ahora para allá? 
– Dale Perro – dijo la mujer con el chico en brazos -.
– Está bien, ayuden al doctor en todo lo que les pida, después vemos.

Llegamos a una casa hecha con chapas y me metieron en un caluroso cuarto donde la partera no tardó mucho en darse cuenta que yo no entendía nada. En eso estábamos, cuando la señora abrió la puerta y dijo:

– Este hombre es un mentiroso, no es ningún doctor.

Me asomé yo también y me hicieron señas para que saliera. Parece que no había otra opción más que decir la verdad, aunque comencé a decir:

– Discúlpenme ustedes, pero ésta señora dice estas cosas porque le molesta que yo sea un médico de renombre y ella tan solo una pobre partera. Se ofendió gravemente cuando no tuve más remedio que remarcarle los errores imperdonables que estaba cometiendo, y que hubieran costado la vida del paciente….

Dejé de hablar. Me pareció que nadie me estaba creyendo, así que salí corriendo. Ya no sentía la parálisis del miedo en las piernas, ni el mareo que me había dado aquel soplido: ahora un calor me invadía y me daba valor. Soy joven y bastante ágil y llegué a la salida de la casucha antes de que alguien pudiera comenzar la persecución. Una vez en la calle pude ver, al girar la cabeza, que unos cuantos ya me seguían entre insultos y amenazas.

Mientras huía, en medio de casas de chapa, apareció una gran casona de largas galerías con piso de ajedrez y techos destruidos. En lugar de dejarme llevar por la sorpresa del hallazgo, pensé en cruzarla usándola como atajo. Mientras frenaba mi carrera por miedo a algún derrumbe, me sorprendió una inoportuna y vergonzosa imposición de cábala, y solo caminé pisando las baldosas blancas. Salí al otro lado de la calle y corrí hacia un angosto pasillo. La suerte parecía ahora estar de mi lado: al final del pasillo por donde venía, reconocí la salida por donde más temprano había entrado, pero apenas unos metros antes, quizá por correr aún un poco más rápido, patiné al esquivar un charco y pisar un barro blando y engañoso. Antes de que intentara algún nuevo movimiento, alguien me levantó de los pelos y enseguida estuve rodeado de gente. Les dije que en verdad era médico, pero que la obstetricia no era mi especialidad y que me había puesto muy nervioso, ya que era nuevo para el barrio y que no conocía a nadie. 

Cuando llegó el Perro no dijo nada. Repetí de nuevo que había actuado sin pensar, y creo que me creyeron. Me dijeron que había estado bien con el chico que se ahogaba, pero que no podían dejarme sin un castigo, y que me alegrara porque iban a tratar de no dejarme bien muerto. Lo siguiente fue despertarme acá en el sanatorio. No sé quién me trajo.

III

Después de escuchar su relato fui a comprar unos chocolates y dos cafés. Al volver, le dije:

– Parece que es de buena salud tu profesión, dicen que hace muchos años, el médico del correo de Londres observó que los carteros estaban siempre en los velorios de los administrativos.

– No es mi caso…
– Claro.
– Lo primero que voy a hacer después de esto es renunciar. Lo único que quiero es no pasar nunca más por ahí. Voy a salir, pero solo a lugares donde pueda estar seguro de con quien me voy a encontrar.

Mientras él me hablaba observé que en el pasillo de espera del sanatorio se desarrollaba una extraña escena: un hombre con cara de cuero cuarteado andaba de aquí para allá con una botella de hesperidina en la mano y preguntando a las enfermeras por algún paciente. Tenía un larguísimo pelo negro peinado hacia atrás y atado en una trenza que le llegaba a la cintura. No se debe juzgar a alguien por su aspecto, supongo que no, pero la enfermera parecía un pájaro sin alas frente a un gran gato hambriento. Se acercaron a la puerta de la habitación y escuché que decían:

– Disculpe señor, creo que hay un error, éste paciente es el señor Iván Hernández y es cartero.
– Disculpe usted señorita, para mí es un doctor.
– Le digo que se trata de un error.
– No hay ningún error, y vengo a buscarlo para llevarlo a su casa.
– Además eso no puede ser, aun no tiene el alta médica.
– No importa lo que usted diga, yo le digo que ahora mismo me lo estoy llevando.

La enfermera se fue, probablemente a buscar ayuda. El hombre entró al cuarto. Al verlo, Iván se puso blanco de un modo que yo nunca antes había visto, como maquillado. El hombre le sonrió y le dijo:

– Bueno, ya está bien de estar acostado, arriba doctor, que se viene conmigo para mi casa. Después vemos de conseguirle un buen lugar.

Sorprendido ante tan insolente asunto, pensé que debía hacer algo, así que muy serio y tal vez enojado, me adelanté y me crucé en su camino. Me miró, creo que desconcertado. Yo estaba resuelto a demostrar la valiente dignidad de la que es capaz un hombre ya entrado en años, y a comportarme como un caballero frente a mi pobre amigo; pero aquel hombre tenía esa insolente serenidad, así que le tendí una mano y le dije:

– Buenos tardes señor Perro, es un gusto, Iván me estuvo hablando muy bien de usted.

– – –

Santiago, regalo social

Si bien aún soy menor de edad, papá suele dejarme a veces salir a dar unas vueltas en su auto. Ese día, como sabe que siempre estoy dispuesto a manejar, me dio a mí las llaves y a mi hermana un papel con dos direcciones y un encargo detallado de dos regalos de cumpleaños: uno para el nieto de Dorita – la señora que hace años trabaja en casa – y otro para Raquel, la mujer de su amigo Alberto, que venían a cenar esa noche.

– Vayan, páguenlos y digan que los entreguen a eso de las nueve – nos dijo -.

Mamá estaba de aquí para allá, dispuesta a controlar que la casa estuviera en orden. Dorita, después de dejar todo preparado, salió apurada para la fiesta en la casa de su hija Marta, que también trabajaba de vez en cuando para nosotros. Después de la cena, mi hermana hizo una demostración de sus avances con el Cello. Todos aplaudieron y el servicio doméstico apareció con una bandeja y una tarjeta de felicitaciones para Raquel de parte de mis padres.

– Ahora que me acuerdo, que le enviaste a Marta? – le preguntó mamá a papá -, llamaron tan agradecidos, creo que lloraban…
– Solo un pequeño gesto – le dijo papá algo extrañado -.
– Pero ellos hablaban de un rogel del tamaño de una mesa y de botellas de champagne.
– Creo que es un error…

En eso momento Raquel abría el papel que envolvía el regalo sobre la bandeja: era una bolsa de caramelos. Al principio los invitados se desorientaron, pero después todos se rieron falsamente y alabaron la originalidad. Papá se acercó a mi hermana y escuché que ella le estaba diciendo:

– A tus amigos no les hace falta nada…

Papá miró a la mesa con una expresión extraña, creo que de fastidio.

– Hice bien? – le preguntó mi hermana -.
– Hiciste perfectamente bien.


Nicolás Vila Ortiz, escritor rosarino, hijo del periodista y poeta Gary Vila Ortiz. Debutó en narrativa con «La casa del diablo», un libro de cuentos publicado en 2023. En 2025, publicó su segundo libro, «Muy al sur de Spoon River», una obra narrativa que cuenta con ilustraciones de Julieta Vila Ortiz.

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