Ailin Mac: «Todo lo que cabe en una almohada japonesa del siglo X»

Sobre el Libro de la almohada de Sei Shōnagon.

Bienvenidos aquellos que se animen a la lectura del Libro de la almohada. Puede que entre lectura y lectura terminen envueltos en kimonos, y que probablemente suspiren por biombos y abanicos. Sobre todo, tendrán los sentidos más despiertos: oirán y mirarán con otra agudeza. Algo de todo esto despierta en nosotros ante esas páginas. Nadie nos quitará la experiencia de estar de una vez y para siempre en el palacio, junto a Sei Shōnagon, ayudante de la emperatriz Sadako en la Corte japonesa de la década de 990.

Nos introducimos como en un sueño a El libro de la almohada. Pero antes de seguir, ¿qué es una almohada? ¿Para qué sirve?

Las almohadas, contra el sentido común contemporáneo, son bastante más que un objeto mullido. Son, en todo caso, protectoras del sueño. Es en este carácter proteccionista donde anida su real eficacia. Los más antiguos predecesores de la almohada, hace unos 10.000 años, fueron confeccionados en la dura piedra: soportes de piedra calada para encajar la cabeza. A primera vista, se ve incomodísimo. Sí, pero su utilidad, y refinamiento, consistirá en alejar la cabeza del piso. ¿Para qué? Pues para evitar cualquier intromisión de insectos. Nadie quiere que una araña suba a nuestro rostro cuando estamos en  estado de vulnerabilidad total. Mejor alejar la cara descubierta de cualquier alimaña que ande por ahí, arrastrándose. La almohada fue creada para protegernos. Cuidar a alguien es cuidar su sueño. Bien se sabe lo que siempre cotiza un buen descanso. A esas almohadas la siguieron otras de madera, incluso de porcelana. Alternativamente, según la época y el lugar, se le colocaba una superficie acolchonada para hacer al descanso más confortable.

Tal vez no exista estadío de mayor vulnerabilidad que la del sueño. Somos presas fáciles. Pero, con una almohada, parece que ya ganamos un poco más de tranquilidad. Tal vez mayor supervivencia en el medio. Puede haber crecido incluso nuestra esperanza de vida por esto, aunque resulte tan nimio. ¿Qué se protege y qué se guarda en el libro de Shōnagon? ¿Cómo hace para adentrarnos en ese espacio de lo íntimo? Alguien que me expliqué por qué ahora mismo siento que tengo puesto un kimono de 12 capas.

¿Por qué y para qué una almohada? ¿Cómo aparecen las almohadas en El libro? Para leerlo,  prepararse hacia el lenguaje de lo íntimo. ¿Estarán la almohada y lo íntimo relacionados?

El Libro tensiona las asociaciones entre escritura y almohada. Las menciones directas a ese objeto, y a las prácticas asociadas, son de verdad pocas. Pero cuando emergen son, sin lugar a dudas, exquisitos. 

El libro de la almohada de Sei Shōnagon construye esa sensación de intimidad a través de tres gestos, o tres géneros: la crónica, el diario íntimo y las listas. Es una crónica porque responde al mandato de “escribe todo lo que veas” y Shōnagon lo cumple, pero en el ejercicio de la escritura elige también registrar lo que siente, además de lo visto y oído. Es esa apertura hacia los sentimientos, y a las apreciaciones sobre lo vivido, lo que la acercan más al género por antonomasia de lo íntimo, al diario. Pero además, se cruza también con el género utamakura, poemas almohada, “manuales que contenían las reglas esenciales en la composición literaria”. Y gran parte de libro está dedicado a los códigos de conducta social de palacio, que se manifiesta a través de las listas. Es en las listas donde se registran animales, plantas, lugares, objetos. Las más potentes, de todos modos, son aquellas en las que se figura la visión íntima con las cosas. Es decir, no una lista neutral y desprejuiciada, sino las listas afectadas, en donde se ve de manera tajante la relación entre ella y lo que observa. La intimidad, como el estilo, se configura en la relación espiritual que mantenemos con las cosas.

Las listas íntimas que contiene el libro son de dos tipos. Se encuentran por un lado las listas sobre lo que le produce conmoción, de cosas o fenómenos que la conmueven. Pero también aparecen listas de “cosas odiosas”, comportamientos u objetos que le producen ese especial sentimiento. Lo odioso suele recaer en desatenciones al protocolo o a las normas sociales, a la desprolijidad en la caligrafía o al descuido en los elementos del suzuri-bako (caja con los útiles de escritura). Donde más recae el sentimiento “odioso” es hacia el mundo plebeyo y vulgar, que asocia con el descuido y la falta de decoro. Por el contrario, la conmoción estará más relacionada con el mundo de la corte y el palacio. Entre lo que la conmueve y lo que lleva al odio, hay una tensión.

Y es que Shōnagon se ubica ella misma en tensión entre la nobleza y el vulgo. Pocos registros biográficos tenemos a disposición, pero en El libro circulan algunas pistas. Sabemos que es hija de Motosuke, poeta de cierta popularidad, de quien debe haber heredado esa refinada educación. En El libro hace alarde de sus conocimientos en materia cultural y protocolar. Cuando alguien olvida algunos versos de un poema, ella aparece como la única capaz de recordarlos. Gracias a su implacable memoria, logra congraciarse con sujetos de alto rango. Pero donde se destaca verdaderamente Shōnagon, no es en su sensibilidad, sino en su agudeza. Es esa la verdadera intimidad, o las más rica, que construye la autora. 

Es la agudeza lo que hace de sus relatos, o de sus listas, un espacio para la diversión. Es solo en la medida que se aleja de lo conmovedor, de la poesía de Po Chü-i (772-846), cuyos versos son recitados en demasiadas oportunidades a lo largo del libro, que amanece lo okashi (lo divertido). Es en la medida que se corre de la tradición poética canonizada que emerge algo propio. ¿Qué es lo propio? Es en este caso lo pícaro, el comentario agudo, el cinismo, la ironía. Todas estas realizaciones aparecen, justamente, en el plano de la prosa.

Contrapuntos entre lo refinado y vulgar, entre la poesía y la prosa. Shōnagon, aunque se piense aliada a lo poético y elevado, parece acercarse a su opuesto. Sin embargo, no pierde oportunidad para demostrar su alejamiento, su asco hacia lo plebeyo. Ese gesto se ve condensado en su odio hacia los bichos bola. Se proyecta, en su aspiración, a la altura de la Emperatriz. Pero lo que ella no parece advertir directamente, es que es ese inevitable alejamiento de lo noble y elevado, su diferencia, lo que hace que su voz sea especialmente atractiva.

Lo que permite ver El libro de la almohada de Sei Shōnagon es que lo interesante, ahí, aparece por fuera de la poesía. Es en lo divergente, lo no bello, lo banal, en donde aparece lo verdaderamente rico de la escritura.

Al respecto, Witold Gombrowicz escribió en “Contra la poesía” que una comunidad admira poetas porque necesita mitos, y el polaco llama a levantarse contra el “hermetismo del arte”. La poesía se recluye en la incomunicabilidad, o comunicación de elites de elevados. La poesía, en Shōnagon, así, queda reducida al ámbito del palacio, y a lo elevado dentro del palacio. La prosa, por el contrario, se vuelve lugar para la transgresión. En una de sus listas se lamenta cuando escucha unos versos muy bien recitados y, para su sorpresa, descubre que fueron dichos por un plebeyo. Aquello le causa cierta irritación y se decepciona al no encontrar a un caballero noble y sí a un criado. La gente del bajo pueblo será comparada por efecto de yuxtaposición, con los bichos bola, que le desagradan particularmente por su anodina existencia.

Sin embargo, la transgresión que implica la escritura del libro será doble.

Es gracias a la edición de Adriana Hidalgo que El libro de la almohada aparece por primera vez en traducción completa al español. La traductora, Amalia Sato, cuenta en el prólogo cómo para el momento de confección del Libro, la escritura de prestigio eran lo ideogramas chinos. Es en el período Heian (794-1185) que aparece el hiragana comomodalidad alternativa de escritura. Este sistema provoca un fuerte desplazamiento hacia la escritura fonética. Esa modalidad de escritura, era especialmente utilizada por las mujeres, ya que no se les permitía el estudio minucioso de los ideogramas chinos. Así, su uso se populariza en la escritura de cartas, epístolas entre amigos y amantes. Como en los ideogramas, se consideraba igualmente importante la atención a los papeles utilizados para la escritura, la caligrafía y la posibilidad de incorporar al mensaje perfumes, ramas u hojas determinadas para completar el mensaje. Shōnagon escribe con su voz alternativa en esta modalidad alternativa.

En el fragmento final (que se considera de incorporación posterior a los que lo preceden), consigna cómo la Emperatriz le da esos libros. Alguien lleva unos libros en blanco a la Emperatriz, pero ella dice que como el Emperador ya estaba escribiendo los Anales de Historia en otros, y no les encontraba a éstos utilidad. ¿En qué o para qué podrán usarse? Shōnagon le dice que ella los usaría de almohada, y así gana su favor y se los entrega. No los usará para escribir “cosas importantes”, sino para llevar adelante otro tipo de registro: de lo que vi, oí y sentí, aún cuando implique ocuparse de cosas sin mayor relevancia, o cuando el simple hecho de escribirlas sea peligroso. Reaparece la figura de la divergencia, de lo no oficial. Es, en todo caso, divertimento. Escribo, dice Shōnagon, para mi propio divertimento, aunque es notorio que sí prevé que esas notas la excedan. Si bien en el anteúltimo fragmento narra de qué manera el Capitán descubre sus notas y decide ponerlas a circular en el espacio imperial, la escritura cuidada y prolija de los fragmentos hace pensar en una proyección hacia otros lectores. El resto, es falsa modestia.

Vuelvo a la pregunta inicial. ¿Qué es la almohada? ¿Qué sentido o sentidos recorre en este libro? La almohada es por un lado un signo de nobleza. Los sujetos de altos cargos las utilizan ya sea para dormir de manera más confortable como para sentarse. En este uso resalta una escena: en la que un caballero de alto cargo ingresa a una habitación y le ubican un almohadón para que se siente y que no manche sus ropas con el piso, pero que sin embargo rehúsa de él como demostración de humildad. Por otro lado, las almohadas aparecen asociadas al amor en la descripción de la habitación en la que se encuentran los amantes y desde donde la dama lo ve irse a él, y desde dónde esperará, tal vez recapitulando y gustando todo lo sucedido, la carta que el amado, por protocolo, debe enviarle humedecida por el rocío. La almohada, así, es lugar de descanso tras el goce del encuentro. Imaginamos que en esa espera recapitulará los placeres pasados y proyectará los goces futuros. Por último, la almohada es también un lugar emparentado a la escritura.

La escritura es, para Shōnagon, lugar de intimidad, de la subjetividad, de la sinceridad (aunque admito la posibilidad de una sinceridad enmascarada). En la escritura hacia los otros, en las cartas y poemas que envía, es ejercicio que marca una ascendencia, pero es también lugar para presumir y poner en jaque al otro. La práctica de la escritura es, así, lugar para practicar los acertijos, las adivinanzas, los desafíos. Lo enriquecedor que se muestra en esos juegos, su particular encanto, reside en una verdad que muestran solo a medias y que implica un desafío de inteligencia. Por ello desarrolla ampliamente en el fragmento 135 la serie de adivinanzas que un emperador Chino envía a Su Majestad japonesa y que solo gracias a un eficiente colaborador logra desambiguar. La adivinanza ahí es cifra de duelo de rivales, es medir la inteligencia y sagacidad del otro. Shōnagon adora las adivinanzas y más cuando estas son lingüísticas. Las adivinanzas son como esas piedras partidas a la mitad que utilizaban en la edad Media europea para poder reconocer, en ese juego, a otra persona que no habían visto durante mucho tiempo. Se vuelven mecanismos capaces de crear un circuito de comunicación, de encontrar un interlocutor. Tal es el caso de un juego de acertijos y adivinanzas que Yukinari, el Primer Secretario de Control, lleva adelante con Shōnagon. Los mensajes y respuestas enviados tienen tanta fuerza de seducción como de combate ingenioso. Ella, sin embargo, responde a un poema no con otro poema, como se esperaría, sino con una frase cortante y mordaz. Él se complace enormemente: “No sentiría placer en estar con una mujer que solo escribiera poemas. De hecho la juzgaría una desconsiderada.” (p. 181). Shōnagon gana la partida y nos lo cuenta muy orgullosa. 

Condensando, contar es narrar lo sucedido (la vivencia misma o nuestra relación espiritual con las cosas), es también contabilizar (hacer números: agrupar, categorizar, hacer listas), pero además es poder contar con alguien (encontrar a un interlocutor que nos comprenda, establecer un ideal de comunicación).

Es sobre la intimidad de la almohada y en el ejercicio de la escritura que aparecen los mecanismos de la recapitulación de lo vivido, de su contabilización, y de su transformación. No importa en este libro el valor de verdad (la cosa), interesa más bien lo que crea, tal vez, distorsionando (su relación con las cosas).

Sei Shōnagon se transforma. Su nombre es, de hecho, una construcción para el lugar que con agrado ocupa. Según Amalia Sato, “Sei” es la lectura china del primer ideograma de su apellido, y “Shōnagon” indica su cargo en la Corte. La escritura se vuelve así un tomar registro tanto de lo que supimos ser, como de la transformación hacia lo que queremos ser.

La almohada, su espacio íntimo, es su posibilidad tanto de recapitular como de imaginar. Todo eso y mucho más entre kimonos de seda, barras de tinta, biombos y abanicos. 

Ailin Mac, licenciada en letras.