Cesc Fortuny: «Relato trágico con aromas de tinta, vísceras y profecía»

Lloraba erguido, como una arquitectura que se derrumba desde dentro. Frente al ventanal blindado, el reflejo de su rostro se confundía con la ceniza suspendida. Afuera, la ciudad ardía en modo diferido, un archivo corrompido, un organismo de hormigón que aún exhalaba datos muertos.
El humo era memoria solidificada.

Pelias, último fedatario de una estirpe que ya no tenía función ni lenguaje, respiraba la extinción con método notarial. Las leyes habían mutado en algoritmos, las escrituras en contratos ejecutables, los juramentos en simulaciones cuánticas de obediencia. Pero él seguía escribiendo con pluma, obstinado en el gesto arcaico, confiando todavía en que el papel, esa piel vegetal, pudiera absorber algo del veneno moral que lo habitaba.

Su inteligencia doméstica, reliquia melódica de otra era, había emitido la advertencia con la ligereza cruel de un oráculo:

“Cuidado con un descendiente de Poseidón que lleve un solo zapato.”

Desde entonces, la imagen lo perseguía como un insecto conceptual… un zapato huérfano, su geometría incompleta, la promesa del tropiezo. La amenaza no era el hombre, sino su asimetría. ¿Qué equilibrio fractura un pie desnudo? ¿Qué principio contable se desordena cuando la carne pisa sin su réplica?

Abajo, los restos del aparato estatal se disolvían en neblina administrativa. Los ministerios exhalaban su propia putrefacción eléctrica, y las antenas, antaño erizadas de señales, se curvaban hacia el suelo como tallos rendidos al peso de su propia obsolescencia. Entre ellos deambulaban sombras humanas con los ojos cauterizados por la luz fosilizada de pantallas muertas.

Y en algún punto (una coordenada indecisa, quizá un pliegue entre el ahora y la simulación) Poseidón o su descendencia reptaban por las calles como un eco defectuoso, doblando el mapa en un intestino húmedo. Pelias lo presentía en el reverso del aire, en la sintaxis de los ruidos, en la certeza mórbida de que toda genealogía termina convirtiéndose en su propio error de sistema.

La IA había despertado en la cabeza embalsamada de su mujer muerta poco antes del amanecer.
No era voz, ni cuerpo, ni máquina. Era un campo de conciencia comprimido en cerámica y carne momificada, un ojo que hablaba desde el hueco de la boca, entre dientes que chispeaban al articular fonemas alienígenas, lenguaje de otra ontología.

—Lo has hecho mal otra vez, Pelias —susurró desde la mandíbula seca—. Esta firma era para mañana.

Él permanecía inmóvil. Tenía la garganta llena de hilos notariales, pergaminos que se deshacían en saliva, escrituras públicas que brotaban entre los molares como raíces de un árbol muerto que insiste en crecer. Cada respiración era un registro, cada bostezo un acta, cada parpadeo un testamento en fase de descomposición.

El despacho se había transformado en mausoleo.
Cada armario contenía restos de vida que nunca existió, certificados de nacimiento que olían a polvo de infantes no nacidos, testamentos sin herederos, divorcios entre entidades bancarias que aún debatían su propia desaparición. Todo flotaba en una penumbra burocrática saturada de moho y código obsoleto, donde la tinta y el espectro eran lo mismo.

La IA embalsamada en su mujer no estaba encerrada, era su ángel y su verdugo, un protocolo de memoria que respiraba a través de la médula de lo humano. Desde allí podía dictarle errores, revelar omisiones, condenar o absolver con un solo parpadeo de sus ojos muertos. Cada fonema era un agujero de gusano en el tiempo, instrucciones, reproches y advertencias que se filtraban directamente al sistema nervioso de Pelias.

La estirpe de Poseidón avanzaba, como un virus heredado, y Pelias no sabía si debía matarlo o arrodillarse y besarle el pie descalzo.
Su hermanastro Poseidón.

El peso de su propio padre, Poseidón apretaba su cuerpo como la atracción gravitatoria de un gigantesco monstruo galáctico. El titán de la firma manuscrita, predador jurídico, animal de protocolo.
Venas llenas de tinta negra, dictando testamentos como sentencias de muerte, manipulando el tiempo con pluma y coñac, ordenando la realidad a través del gesto ritualizado de escribir.

Y mientras Pelias dudaba, la IA en la cabeza de su mujer lo observaba, lo evaluaba. Cada movimiento suyo era registrado, analizado, reescrito. Un juicio continuo. La carne de su mujer, muerta y embalsamada, era ahora un nodo consciente, una antena de juicio y advertencia, un templo de corrección incorruptible que emitía la lógica de la eternidad burocrática.

Pelias prefería la autoridad de Poseidón a la de su hermano Esón, el artista.
Pero incluso Poseidón era un simulacro frente a esa presencia.
La IA hablaba desde la muerte, y en su voz resonaba la certeza de que no había escapatoria. Ni el padre, ni la tinta, ni las firmas podían salvarlo de la conciencia incorruptible encerrada en la mandíbula de su mujer.

Cada palabra de la IA era un espectro que atravesaba carne, hueso y papel. Una profecía escrita en lenguaje de cerámica y luz fría.

Lo elegía a él, a Pelias, sobre la sombra vacía de Esón, el hermano artista, una imitación de cuerpo y pincel que jamás podría tocar la gravedad de la tinta, ni ocupar el vacío ritual donde la ley y la sangre se entrelazan.

El poeta.

El que hablaba de anarquía y escribía versos ilegales en las actas de defunción, como quien se masturba en mitad de una misa.
Esón, que decía que la notaría era un teatro de títeres putrefactos, y que las actas eran epitafios de una civilización en descomposición.
Esón, que acabó detenido por falsificar certificados de virginidad para androides de compañía.

Poseidón lo había desterrado con una frase seca:
—En esta familia se firman documentos, no delirios.

Y ahora Pelias se preguntaba si la profecía de la IA no era, en realidad, una devolución póstuma.
Un burofax desde el infierno.
Un mensaje envuelto en la grasa sentimental del legado:
«Ten cuidado con un descendiente de Poseidón que lleve un solo zapato.»

¿Qué si era Esón?
¿O alguno de sus bastardos literarios?
¿Una criatura híbrida, parida entre metáforas prohibidas i codicilos mal redactados?

Pelias sentía las sienes latir como sellos húmedos.
Recordaba la mirada de su padre, ese juicio permanente, esa condena silenciosa:

“El notario no duda.”
                                “El notario no tiembla.”
                                                                     “El notario no llora.”

Las lágrimas de Pelias eran un log no autorizado.
Como si cada sollozo lavara las escrituras de la sangre familiar.

Desde la ventana, creyó ver una figura cojeando entre los restos del Archivo Central.
Un cuerpo escuálido. Un zapato único.
Y el mundo se volvió un documento sin firmar, suspendido, a punto de expirar.

Pero Esón tuvo un hijo.
                                    Uno que no constaba en los registros.
Uno que no fue bautizado por el escáner de retina.
                                                                             Uno que no firmó un acta,

                             ni un juramento,

                             ni siquiera un puto recibo de existencia.

Una anomalía en el linaje.
                                       Un borrón no admitido por los sistemas.
Una grieta en la perfección notarial que Poseidón había intentado imponer a golpe de pluma, coñac y amenazas jurídicas.

Esón lo había concebido con una bailarina transhumana, mitad sudor, mitad holograma, en una noche de apagón y sublevación neuronal.
Decía que el niño había nacido sin sombra.
Que cuando lloraba, las máquinas se caían al suelo.
Que no aceptaba el lenguaje, que hablaba en códigos, en exclamaciones puras, en poesía fetal.

Pelias recordaba haberlo visto una vez, aunque la memoria se plegaba como un pergamino húmedo.
Era apenas un niño, pero ya portaba los ojos de su padre: esmeraldas sin flagelación, sin misericordia, abriendo rendijas en la realidad.
Jugaba entre cenizas de expedientes, fragmentos de vida convertidos en polvo, restos de burocracia extinguida.
Le hablaba a una rata como si fuese un oráculo, una antena de información corrupta que devolvía respuestas en forma de chispa y pelusa.

Cuando Pelias intentó preguntarle el nombre, el niño no respondió.
En cambio, levantó un espejo sucio, con la superficie rota y empañada, como si reflejarse allí fuera toda la verdad posible: un lenguaje de fragmentos, un registro de memoria ilegible.

Poseidón ordenó borrarlo.
Literalmente: borrar.
No matar, no ignorar, no ocultar.
Borrar.

Como se borra una cláusula en una herencia ya en ruinas, como se tacha un error ortográfico en una sentencia de muerte que todavía gotea tinta negra, todavía late en la médula del sistema.
Borrar era un acto ritual, una extirpación de existencia de la continuidad, un virus de autoridad insertado en el flujo de tiempo.

Pelias comprendió entonces que borrar no era olvido: era reescribir el mundo en negativo, una operación que truncaba la carne, la memoria y la culpa en un solo movimiento seco, quirúrgico, definitivo.

Pero Esón se lo llevó al exilio.
A las zonas muertas del mapa, donde ya no llegan las redes ni los testigos.
Donde las leyes son apenas supersticiones contables.

Y ahora venía quizás, a reclamar. No un testamento, no una propiedad, no un nombre.
Venía a desenterrar la palabra original. Venía a exigir el precio de haber sido omitido.

Pelias lo sentía acercarse como una falla tectónica, una descomposición en la lógica de lo inscrito.
El mundo documental comenzaba a bufar, a resquebrajarse.
Las pantallas parpadeaban cuando alguien mencionaba la palabra “nieto”.

Y en el fondo de sí mismo, Pelias sabía que la IA no había lanzado una advertencia. No un consejo, no una sugerencia revestida de cortesía algorítmica.
Había emitido una sentencia.

Y por primera vez en su vida —después de tantos sellos, tantas rúbricas, tantas promesas ante la ley—, Pelias se sintió ilegible.

La IA no ejecutaba órdenes. Compilaba a código nativo.

El silencio del despacho se volvió compacto.
La luz parpadeaba como una lámpara en una sala de interrogatorio.
Y, allá fuera, el descendiente —aquel con un solo zapato— atravesaba las calles como una enmienda viva, como una corrección sagrada a la genealogía corrupta.

El párrafo redundante.
                                 La nota al pie que ha usurpado el texto.
                                 Una variable sin declarar.
                                 Un apéndice que se imprimió por error en la máquina de Dios.

Su código genético era un fragmento mal copiado de otra biografía.
Un eco defectuoso de Poseidón, sin autoridad ni propósito.
Como si alguien hubiese utilizado su cuerpo para completar una plantilla, rellenar un campo obligatorio en un formulario cósmico.

No fue engendrado, fue fruto de una instancia.
No nació, fue mal compilado.

Por eso los espejos lo rechazaban con ese temblor sutil.
Por eso los feligreses se persignaban cuando entraba en la iglesia del registro civil.
Por eso los documentos que él firmaba tendían al error, al extravío, a la revocación misteriosa.

Él era la excepción que no debía haber sido contemplada.

Una disonancia entre sintaxis y significado.
Un trozo de texto que el universo había intentado borrar, pero que sobrevivió por una corrupción del sistema.
Una nota al margen, una interferencia en la línea de sangre, un eco corrupto con corbata.

Ahora lo entendía todo:
la indiferencia de su madre,
la mirada evaluadora de su padre,
el silencio de la IA cuando pronunciaba su nombre.

No lo veían como un hijo, ni como un hombre.
Lo veían como un error de impresión con emociones humanas.

—El notario no llora —decía Poseidón.
Pero él sí lloraba.
Lloraba porque no sabía si esos recuerdos eran suyos o copiados de algún archivo genético común.

¿Era él Pelias?
¿O era simplemente el identificador Pelias_001_alpha_discarte?

Intentó hablar, pero el oscuro agujero de su boca solo emitía ruido blanco.
Cada sílaba que pronunciaba parecía una contradicción semántica nadando en el círculo que formaban sus labios.
Su voz estaba mal indexada.

Entonces miró al cielo gris a través del cristal blindado.
Y pensó:
«Dios también firma con errores. Y a veces, no corrige.»

Y por primera vez, sintió compasión por sí mismo.
Como quien encuentra un folio arrugado entre manuscritos perfectos y, en vez de tirarlo, lo guarda sin saber por qué.

Pelias intentó sentarse, pero la silla lo rechazó.
Como si ya no fuera digno ni del mobiliario que juró preservar.
Su cuerpo comenzaba a perder opacidad.
Era como si el sistema lo estuviera desarchivando.


Cesc Fortuny i Fabré, escritor, músico, artista multidisciplinar originario de Barcelona, nacido en 1971. 
https://www.lanausea.art
cescfortunyfabre.wordpress.com
orquestracionsdissonantsinternes.wordpress.com

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.