Miguel Ángel Rodríguez: «Platón y Lacan, alegoría y acto»

¿Qué más en el nombre del amor?
Pride, U2
Y por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!
Truman Burbank, The Truman Show

Preludio clínico rebelde

  Enterado de que Facundo, 18 años y militancia filo anarquista, luego de cometer hinchados desmanes en una jornada de protesta social terminó mal golpeado y en cana, su analista lee allí un “acting”[1] y decide atenderlo en la comisaría. Aun tras notables rejas, el joven reitera en su relato que “El poder no existe”. Cabría responderle al caso: “¿Y entonces, por qué lo hacés existir?”  

Planteo

  Resulta lógico que en el nombre de la “agalmática” libertad –el amor, la justicia u otros ideales- puedan embarcarse gestas muy distintas. Y constatable a lo largo de la historia que así las hubo y hay humanamente inspiradas, generosas, bellas; como también insípidas, mezquinas, hasta horrendas –la “pulsión de muerte” suele “troyar” banderas-.
  Cierta perspectiva del Psicoanálisis interpela el vector de este escrito[2] partiendo de una célebre alegoría tallada por Platón en el libro VII de la “República”.
  Sin abrevar en la doctrina que allí se expone –pues lo que nos interesa es recortar otro interrogante- resumamos la situación del planteo:

La “Alegoría de la caverna”

  En una caverna, un grupo de hombres atados desde siempre por cadenas en cuello y piernas, compelidos a sólo ver la pared del fondo que tienen al frente.
  Tras ellos, un pasillo, una hoguera, y la puerta cava de la cueva.
  Por el pasillo cada tanto pasan otros hombres llevando objetos. La luz de la hoguera proyecta en la pared/pantalla sus sombras, que los prisioneros creen/asumen cual “verdad/realidad”.
  (En esas sombras/imágenes hipnóticas que capturan, Platón parece atisbar la moderna tele y las actuales pantallas de otros dispositivos.)
  Pero de repente… ¡Plop!, un preso se libera.
  Advierte entonces mayor amplitud en sus movimientos, cuya parquedad preliminar consideraba propia. Las cadenas, antes “naturales”, imperceptibles. La trama a sus espaldas, determinante de las sombras/imágenes/apariencias, de la escena del mundo. El hueco en la caverna hacia dentro-fuera. Y más allá…
  Platón anota que para el hombre, tal recorrido –esclarecedor de lo que hay “de/trás”- no es sin temor o angustia. Basculando sobre las razones de emprenderlo, entre cierto “forzamiento” y cierto “amor al saber” (philos-sophía, filosofía)[3].
  También sitúa al hombre ante un dilema ético-moral. En vez de aprovechar él solo egoístas ventajas, decide transitar con otros el descubrimiento, compartiéndolo. Regresa pues para liberar a los aun cautivos; encontrándose con cargadas, rechazos, intensas resistencias a encarar la travesía[4].[5]
  Respecto a la “pantalla” que encubre al hueco… Cómo no evocar la cinematografía de su traspaso por Truman Burbank en el barquito, al final-salida de “The Truman Show”. O en los deslices de la saga creada por las hermanas Wachowski, los Neo-mitos que llevan y entorpecen el cauce por la brecha de cualquier “Matrix”.  
  Más allá/fuera del hueco, entonces… Lo que Platón propone es el sorprendente “mundo”[6] –personas, cosas, bosques, lagos, el cielo, el sol…-.
  Pero abramos el juego:
  ¿Y si esa otredad fuese también/a la vez, otra caverna? Y el asunto pues un periplo por una serie inversa de mamushka en mamushka, un transcurso simbólico (¿finito o infinito?) de matrix en matrix…?
  Si “The Truman Show” cuenta la resolución de un tipo a traspasar el “fantasma” que lo embruja, no revela lo que habría más allá –aunque insinúe el encuentro con la muchacha, la conjunción hombre/mujer-. Tal vez porque de hecho no sea precisamente la “media naranja” aquello con lo que cada quien, franqueada la pantalla, se halla…
  En todo caso ello cuestiona concebir la libertad “per se”, como reino, fin de la historia, lugar fijo de llegada.
  Ubicándola más bien como “punto de fuga”.
  Ligada así al “punto de excepción de la estructura”, “el agujero/la falta”; la “causa”, el “acto”…

Entuertos del Inconciente en el mundo contemporáneo

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  Lo perturbador del descubrimiento freudiano comienza al exponer la eficacia del “Inconciente”, esa “Otra escena” cuyos “encadenamientos simbólicos” determinan al humano a sus espaldas –aunque él lo desconozca/reprima- como “sujeto dividido”, “sujetado” al “(deseo) inconciente”.
  Hay pues el “saber –no sabido- del Inconciente”, el Inconciente como cadena formal, donde los “significantes” juegan solos según las reglas que lo rigen, a la metonimia y la metáfora[7].
  Hay cuando tal legalidad falla, cuando se tropieza en ella, el Inconciente como pulsación, como “verdad”, la irrupción de las “formaciones del inconciente”, el “sujeto” del inconciente. Cuando se dice algo distinto a la intención de decir… ¿quién dice, qué? Cuando se olvida la memoria, se hace otra cosa de la emprendida, se sueña lo que no se busca ni entiende, se repite lo que jode o duele a contramano de la voluntad. Cuando el “yo” no se reconoce en eso que insiste en salir de sí y ya no sabe su sentido, quién es ni qué quiere.
  Cuando así el Inconciente despluma de cuajo la sempiterna pretensión neurótica de ser un “yo/ego autónomo”, patrón, dueño de él mismo, libre en albedrío.    
°
  Agreguemos el peculiar empalme entre tal falacia narcisista y el actual “(seudo) discurso capitalista” que rige la “subjetividad de la época”.
  Según una lógica que al rechazar la “imposibilidad-castración”, pretende prescindir del Otro sin servirse de él, propicia al “ego consumidor/emprendedor”, al individuo indiviso en lugar del “sujeto del inconciente”, confunde “singularidad deseante” con “derecho a consumir” lo que se ofrezca y cante, el “objeto perdido del deseo” con el “gadget” de la tecno-ciencia, y en el fluir de las mercancías, el “plus disfrute” de cada quien con la “pulsión” asola y mortífera de “gozar más y más” …

Efectos y paradojas psicoanalíticas

 Resulta verificable que uno de los movimientos que analizarse efectúa, ensancha márgenes vitales, desata ataduras, libera “fijaciones libidinales”.
  A la vez, que desde temprano en la teoría psicoanalítica las esporádicas referencias a la libertad suelen coquetear con la paradoja. Los planteos freudianos de la “asociación libre” –ese soltarse a la palabra, precisamente “determinada” por el Inconciente- como “regla fundamental”, del “adquirir lo heredado” orientando la “dirección de la cura”; las lecturas lacanianas de la “dialéctica del Amo y el esclavo”, de “Antígona”…
  Siendo así conviene advertir que tanto Freud como Lacan postulan la existencia en el sujeto de cierta “elección” –también por ello Lacan define al Psicoanálisis como una “ética”, del “deseo”-.
  Y los modos en que ambos arriban a la pertinencia rotunda de separar aquello que la “neurosis” engaña: el “objeto a” como causa/motor del deseo; y la “i(a)” como “imagen” del “yo” –o del “objeto” anhelado-, desde el “I(A)” como “Ideal” demandante.[8]

Dos vías

  Situemos dos vías enlazadas:

   Por un lado, más allá/acá del “registro imaginario”[9] y el campo “especular” de las apariencias/imágenes…, el Inconciente. Las formaciones del inconciente –lapsus, olvidos, actos fallidos, sueños, síntomas-, la determinación simbólica, las cadenas significantes/asociativas, la Otra escena del Inconciente.
  Y su sujeto, representado –y cuando se lo “interpreta” a la vez des/identificado- por un significante para otro significante[10]. “Recuerdo encubridor” tras recuerdo encubridor, significante tras significante. Pues como ningún significante dice todo, completa la significación, uno convoca a o/Otro.
  (De allí que exponer los diversos modos de “identificación”[11] del sujeto, implica registrar su falta de “identidad”, su “falta en ser”…)
  Versión “metonímica” del deseo –de querer otra cosa, que falta-, en general presta a engancharse con el Ideal. Que parece abrir siempre para el sujeto la posibilidad de ser otro, de una nueva definición… Alimentando cierta “ilusión de libertad”, y la “infinitud” de un análisis.
  Vector que al articular significante y “síntoma” (“incurable”), se presenta arisco a una lógica de “traspaso/pase”. Será entre los Seminarios XIX y XXIV cuando Lacan trabaje centralmente el “Uno” y el “sinthome”, y por ende a propósito del “fin” de análisis, la “identificación al síntoma”.

  Por otro lado, lo que amarra al “sujeto” que se desplaza en tal deriva por el significante, por el lenguaje, es el “objeto a[12]. Ambos vinculados por un rombo en la escritura del “fantasma”: sujeto dividido (losange) objeto a.
  Lacan lo trabaja de maneras diversas, acoplando la Otra escena del Inconciente con el fantasma, en tanto que este da cuenta de “la escena del mundo” –de la pantalla vivida por cada quien cual realidad, la “realidad psíquica”-.
  A propósito del fin de análisis, la clínica que así se desprende bajo el nombre de “atravesamiento del fantasma” resulta bastante osada. Pues requiere ir desde las “fantasías” variopintas del sujeto al “fantasma fundamental”; situando, además de los elementos de su “bricolage”, la trama que monta la escena, el entramado del montaje, el bastidor, el juego en juego. Tal recorrido permite brotar “más allá” de la escena, de su captura, traspasar puntualmente la pantalla, habilitando la realización de un “acto” acorde con el deseo.
  Algo que llevará a Lacan a conceptualizar el “acto analítico”.  
  De esta vía que se despliega con hondura entre los Seminarios X y XV, aquí tomaremos un par de aspectos basales.

Causa del deseo

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  Volvamos respecto al “deseo”, a la distinción entre el “objeto del deseo” –aquel anhelado, cual zanahoria que señuela la falta-; y el “objeto perdido del deseo”, la falta que lo funda y motoriza, el “objeto a” como “causa” del deseo.
  En la primer dimensión, un “sujeto deseante”, desea algo que le falta –un objeto, imagen/cosa/persona-.
  Pero es otra la dimensión que Lacan enfatiza, cuando afirma que “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. Allí, deseamos como objeto –se trata entonces de un “objeto deseante”, de un deseante en posición de objeto-. Y “lo” que se desea no es un objeto. Se desea al Otro como deseante, se desea el deseo, el deseo del Otro, la falta del Otro.
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  En la versión metonímica del deseo el sujeto desliza su “indeterminación”, soñando la libertad seudoinfinita de ser otra cosa. Huyendo a la vez de su posición de objeto causa de deseo. Del deseo como deseo del Otro, de la “determinación absoluta” de ese Otro singular, específico, originario, inconciente, de ese Otro del deseo que a cada quien le ha tocado en la vida.
  Deseo pues donde el deseo no puede decir “yo”; como “objeto a”, objeto “parcial”… Ya que tal objeto no es del sujeto ni del Otro, no es “exterior” ni “interior”, borde que estructura en cada historia una temporalidad irreductible a la cronología.
  Siendo que inicialmente el deseo del Otro me determinó como objeto causa del deseo, desde ese lugar, deseo persistir en esa posición, deseo el deseo del Otro, deseo causar el deseo del Otro, ser la causa de ese deseante que es el Otro. Según alguna de las modalidades primordiales del objeto causa del deseo: voz, mirada, heces, pecho.
  Ahora bien: es la presencia “angustiante” del deseo del Otro, es tal dimensión de la falta del Otro –“enigmática”, pues al igual que el sujeto, el Otro tampoco “sabe” su deseo inconciente-, es la castración del Otro, aquello que el tándem imagen/fantasma –al que en el marco de este escrito nos referimos como “pantalla”- encubre, clausura.
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  El “Grafo del Deseo” parte del enigma del deseo del Otro, de la pregunta “¿Qué me desea/quiere el Otro?” La respuesta –“insoportable”- es el significante del Otro barrado, el significante faltante, la falta del Otro como deseante. Hacia abajo, las demás respuestas obturan tal castración del Otro, cada una a su modo: el fantasma, el significado del Otro, el yo, el significante del Ideal. La orientación de un análisis, claro está, recorre tal trayecto en dirección inversa, hacia arriba, hacia el deseo del Otro.
  El objeto a integra la escritura de dos respuestas.
  En la imagen del yo, le da sostén, cuerpo, a la imagen especular de ese “falso-ser” del yo, a sus apariencias y vestimentas, a la investidura narcisista articulada desde el Ideal, desde la demanda del Otro. (Aun, el color de la imagen no la degrada a mero “cartón pintado”, pues es también por su “mediación” que se busca causar el deseo del Otro…)
  Si en el fantasma el a le da soporte al desvanecimiento del sujeto dividido/inconciente anclando su remisión de significante a significante, a la vez, recubierto por la imagen especular, en el fantasma funciona como complemento de la falta del Otro, como tapón de la hiancia en el Otro, del deseo del Otro. (Aun, última protección del sujeto ante la castración del Otro, la obtura pero también la revela, pues es “a-través” del fantasma que se accede a la falta en el Otro, al lugar de la causa…)
  No se trata entonces de la caída del sujeto de la escena –eso sucede en el “pasaje al acto” con consecuencias a veces suicidas, letales-. Se trata del momento en que lo que cae es la escena para el sujeto, de la caída del objeto como tapón que sostiene al Otro.
  Lo que el atravesamiento del fantasma des-cubre “más allá” de la escena/pantalla –casi como en un “witz”[13], una agudeza más cercana a la gracia que a lo sublime-; es la hendidura del Otro, la falta del Otro, el deseo del Otro; y el objeto a como causa, esa nada que somos entre la falta y la causa, ese ser latiente que se es en tanto que objeto causa.[14]
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  En cuanto a las “patologías” del sujeto en posición de objeto deseante, haciendo foco en la “angustia” –y en la “inquietante extrañeza” también presente en lo “unheimlich/siniestro”- Lacan sitúa las relativas al “acto”; “inhibición”, “acting out” y “pasaje al acto”.
  Los tramos del Seminario X referidos a Hamlet abordan la inhibición de este para realizar su cometido que el espectro del padre le encarga –padre que colma los requerimientos de la madre pero no acierta en causar su deseo-, y se preguntan cómo logra desinhibirse.
  A contramano de lo que cree el neurótico, ni por la imagen –para el caso la identificación especular en la escena de los comediantes-, ni por el Ideal, por la demanda del Otro que suele poner en el lugar del objeto a –para el caso la del padre-, se llega al deseo. Otra cosa sucede ante la desaparición de Ofelia, cuyo deseo Hamlet sabía que causaba –haciendo de ella objeto de deseo, deseante del deseo de él-.
  Para decirlo en los términos del caso, es cierta identificación al vacío/agujero/falta del Otro, al objeto causa, lo que precipita/lleva al acto.

Acto analítico

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  A fin de ubicar lo que caracteriza al “acto” Lacan trae el renombrado ejemplo de César cruzando el Rubicón. En contraste con nuestro más cercano cruce de los Andes por San Martín, las notables angostura y superficialidad de tal riacho prueban que no estribó en ellas la dificultad de su crucial traspaso. Límite entre Gaia e Italia que ningún ejército podía pasar, hacerlo implicaba el desafío, el faltar a las leyes vigentes, convirtiendo a quien hasta ese momento había sido un soldado de la República, en un rebelde infractor… Entonces:
  El acto no coincide con la acción como mero movimiento físico, pues lo vectorizan coordenadas simbólicas –el Otro de algún modo participa en él-[15]. Y resulta claro que ha de situarse al Otro para franquear su Ley, para ir más allá del Otro.
  El acto produce un corte, un antes y un después. Aunque los efectos que desata no sean exhaustivamente calculables –Suetonio le atribuye a César al momento de cruzar el Rubicón la frase “Álea jacta est”, “Los dados/La suerte está echada”-… Hace que alguien pase a ser otro del que fuera, cambie de posición. (De allí que Lacan conciba el “pase”, el final de análisis, como el pase de analizante a analista.)
  Desde tal perspectiva la neurosis puede definirse como rechazo del acto. Acto cuya temporalidad es la del acontecimiento, la del instante de ese paso, la del salto.
  Es en ese punto, en el momento en que se va más allá del Otro, que el acto es “sin el Otro”. Y agrega Lacan también “sin sujeto”. Este es más su fruto –la dimensión subjetiva se recupera “después” del acto- que su dueño/autor. Es desde/por el objeto causa que deviene un acto. (Echa luz al respecto el ejemplo primordial del “acto analítico”: no opera como Otro ni como sujeto el analista cuando realiza el acto que lo define.)
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  Se ajusta entonces que a esa altura Lacan despeje el lugar del analista como objeto a, y a su operación como “deseo del analista”. ¿Qué sino el deseo de Freud de hacer existir el Inconciente, el deseo del analista de causar el Inconciente, hace de un error el acierto de un lapsus, de una equivocación un equívoco, de un traspié un acto fallido?
  Pensar el proceso analítico como “acto” rubrica cierta perspectiva transformadora, generadora de una peculiar “subversión del sujeto”[16].
  Para establecer la lógica del acto analítico, utilizando el modelo rectangular del llamado “Grupo de Klein”[17], Lacan en el “Seminario XV”[18] despliega el recorrido de un análisis a través de un esquema, que conviene advertir son dos. De modo que hay un primer recorrido que obtiene un producto, y partiendo de este uno segundo que redobla, suplementa al primero, alcanzando otro producto. Sin transitarlo punto a punto en este escrito, subrayemos cuestiones significativas:
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  Desde la tensión “ser”/”pensamiento”, Lacan plantea una orientación hacia el fin de análisis que encuentre un modo nuevo de conjugar “y pienso y soy” –inconciente y pulsión, castración y goce-.  
  El primer esquema parte pues de cierta “elección”, “o no pienso o no soy”.
  El vector “alienación” traza la “elección preferencial” de cualquier humano, “soy-no pienso”. El falso ser del “yo”[19], que orondo en el desconocimiento afirma sin pensar un “soy” falaz. Tendencia primera a la que el discurso contemporáneo contribuye. Luego Lacan incluye en ese lugar el trasfondo del falso ser, el ser del “Ello”, la pulsión, el a.
  El vector “verdad” alcanza la posición “pienso-no soy”. Los “pensamientos” inconcientes –ese pensar que viene de Otra escena provocando la pérdida del ser-, las formaciones del inconciente –donde el yo no se reconoce, no sabe quién es-, el sujeto dividido, indeterminado, la castración como “menos phi”, la falta en ser.
  Tal pasaje de “soy-no pienso” a “pienso-no soy” resulta, para decirlo así, contra corriente. Requiere pues de la intervención del vector en diagonal que Lacan denomina “transferencia” –y que también puede llamarse, para ubicar su juego, “deseo del analista”-.
  Nadie suele elegir pensar perdiendo el ser, sin el lazo transferencial que lo anuda al analista. A la par, que este cause en el sujeto la “asociación libre”, lo invite a decir lo que se le ocurra, lo que no sabe, insta a abrir en la palabra la resonancia del saber de la Otra escena del inconciente.
  Hasta aquí el clásico despliegue inicial de un análisis. Recapitulemos adelantando un tramo.
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  Frecuenta suceder que las circunstancias que impulsan una consulta analítica generen cierta “vacilación” del fantasma donde normalmente se sostiene el falso ser del yo en la realidad psíquica. Aun, se precisa el viraje del “soy-no pienso”, al “pienso-no soy”. Entonces cuando alguien, sobrepasado por el malestar que lo cuestiona, en posición de analizante se dirige con la palabra al campo del Otro preguntándose por el sentido de lo que le pasa/es, van cayendo sus identificaciones imaginarias, ideales, simbólicas, precipitando la indeterminación del sujeto del inconciente, la “falta en ser”. Y si se encuentra del lado del analista no con un pretendido Otro completo de significantes, sino con el “deseo del analista”, del encuentro entre ambas “faltas” emerge el objeto a.[20] La pregunta, que vira de “¿qué significa/quiere decir?” a “¿por qué/qué quiere de mí?”, desembocará en la respuesta del fantasma (“me quiere devorar/cagar/etc.”) tomando los objetos pulsionales de los orificios del cuerpo (pecho/heces/mirada/voz).
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  Aclaremos que Lacan invierte la ubicación de los términos en el producto del primer recorrido. Escribe pues su articulación “menos phi-a”; señalando que la solución al vector del ser ha de venir de menos phi, y al vector del pienso, de a. Y que se refiere a tal punto –arribo del primer esquema y partida del segundo-, no como final de análisis, como “pase”, sino como un obstáculo del sujeto, un “impasse”.
  Al respecto Miller advierte que si sustituimos menos phi por sujeto barrado, tenemos el algoritmo del fantasma[21]. Algo que dilucida lo allí comprometido, y coherente con el Grafo del deseo, vuelve a situar al fantasma como última respuesta que obtura la castración del Otro.
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  En cuanto al devenir del inconciente y la trasferencia, definida esta como “Sujeto supuesto Saber”… Lacan pasa de plantear al inconciente como un saber –las cadenas significantes- sin sujeto –sin Otro-; a conceptualizarlo como un saber “inconsistente/incompleto”, barrado, hendido por la falta. Un saber al que le falta un saber. Le falta el significante de “La mujer”, la escritura de la unión hombre-mujer, la proporción/relación sexual, “el acto sexual”.
  Es precisamente la castración del Otro lo que el fantasma viene a suturar, como haciendo existir el acto sexual que no existe, engañando al sujeto. Desde luego, nadie puede vivir sin fantasma. Sí se lo puede franquear puntualmente, atravesar. Ello implica advertir la verdad de ese objeto que creemos ser taponando el deseo del Otro, revelar la función que cumple en el fantasma dándole “consistencia lógica” al Otro, ante su inconsistencia. “Más allá” (del Otro, de la pantalla) el a opera de otro modo, precipitando al sujeto en el “momento de concluir”[22], como causa de un acto conclusivo que afirma un ser. (“Soy esta verdad incurable” –propone Lacan-.)
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  El segundo esquema parte entonces del “acto sexual” que no hay. En dos direcciones, para decirlo así, fallidas: hacia la derecha el “acting out”, hacia arriba el “pasaje al acto”. El vector en diagonal conduce al punto de arribo, punto que Lacan… deja sin nombrar.
  Si retomamos la perspectiva del deseo del Otro, del Grafo del deseo y el Seminario X, podríamos situar al a como causa, y al significante de la falta del Otro. Decurso por el cual Lacan luego planteará la “invención de un saber/significante nuevo”…
  Desde la perspectiva del Seminario XV y su esquema, el acto que Lacan llama propiamente “acto analítico”, y que en versión más campechana aquí refiero como acto del deseo haciéndose al ser.
°
  Por su insistencia en criticar tal concepto freudiano, sorprende –hasta genera gracia[23]– que al vector en diagonal hacia el punto de arribo Lacan lo denomine “sublimación”. Es cierto que cuando Freud lo trae a propósito del artista, añade que al brillo de sus obras lograría el ansiado reconocimiento del Otro social… Claro está, no es la vertiente idealizada de la sublimación la que encausa. Sino esa otra que criba “elevar el objeto a la dignidad de la Cosa”[24], alcanza un plus de goce singular ante la satisfacción/acto sexual que falta/no hay, hace con el objeto a, convive “creación” en tal “vicisitud” de la pulsión[25].

Epílogo

  Resulta fundado que el psicoanálisis promueva la versión simbólica del sujeto del inconciente, su indeterminación irruptora y fugaz, la “falta en ser”. También advertir que no es tal la vía que orienta el fin de un análisis, pues este ha de ubicar cierto modo otro –distinto al yo y al fantasma- de certeza ligada al goce[26], de afirmación del “ser”. Pasaje pues del deseante, de la posición de sujeto a la posición de objeto; vía que libera, causa –más allá de la pantalla- el acto de deseo, de hacerse al ser.

[1] Referencia al “acting out”, Lacan.
[2] Que retomará trayectos ya esbozados aquí concernientes al tema, particularmente en: -) https://devenir111.com/miguel-angel-rodriguez-destino-y-responsabilidad-subjetiva/  -) https://devenir111.com/miguel-angel-rodriguez-el-deseo-del-analista-algunos-apuntes/ -) https://devenir111.com/miguel-angel-rodriguez-distintos-caminos-en-la-clinica-por-la-palabra/
[3] Digamos que el forzamiento por exceso de malestar y falta de saber se anudan para provocar la consulta y despliegue de un análisis. Y que podría realizarse un contrapunto entre el “amor al saber” en Platón y el “deseo de no saber” en Lacan –incluyendo al “amor de transferencia” y al “deseo del analista”-.
[4] Los diálogos siguientes integran la obra de teatro “Caverna N&P”, adaptación libre-absurda escrita por el dramaturgo argentino Ángel Giménez en el 2011. Coro N&P: ¡¡La única verdad es la realidad, la única verdad es la realidad, seamos buenos irresponsables!! / Prisionero 0: Nuestra vida es construcción histórica, podemos co-hacer nuevas reglas de juego que re-anuden capital y trabajo. / Prisionero 2: Mirá el mundo. ¿En qué lugar se habita de otra forma? / Prisionero 5: No ves, sos un iluso. / Prisionero 4: Le hacés el juego a la derecha. / Prisionero 3: ¡Tenemos grandes conquistas! Ochenta horas de vacaciones anuales, el derecho inalienable de comer falda, mear y cagar una vez por día. / Prisionero 6: El General Perón nos protege y conduce, Evita Santa nos ama dándonos un beso en la mejilla y a nuestros hijos el último jueguito para la Play, compañerxs. / Prisionero 0: Así sólo hay crías de los mismos Papi y Mami. Se requiere poner afuera al Padre para hacer compañerismo-hermandad e ir no sin él más allá de él. / Prisionero 1: ¡Esos imberbes…! ¡Andate de nuestra Plaza! / Coro N&P: ¡¡La única verdad es la realidad, la única verdad es la realidad, seamos buenos irresponsables!! 
[5] Cuando Lacan comienza a proponer la dominancia del registro simbólico por sobre el imaginario, la eficacia de la palabra, le augura a esta y al Psicoanálisis un alcance intersubjetivo, hasta universal. El devenir de ese movimiento –que conduce a la castración del Otro- hará que tal anuncio no se sostenga. Muestra de ello es la versión lógicamente distinta, explicitada más adelante, acerca del “uno, más uno, más uno”…
  Hay allí un borde, y por ende, una conclusión inevitable. Que sin embargo no impone considerarla última. Es no sin ella, es a partir de allí, que se abre un recorrido aún a transitar.
[6] “Real” y “de las ideas”; distinto/fundante/superior al “sensible” y “de las apariencias”.  
[7] La combinación o la sustitución, el “desplazamiento” y la “condensación”.
[8] Véase el esquema final de “Psicología de las masas y análisis del yo”, Freud. Y el “Grafo del deseo” (“Seminario V” y otros, Lacan), referencia en este escrito.
[9] Nos referimos a los tres “registros” en los que Lacan a cierta altura de su obra distribuye: Imaginario (imagen, significación); Simbólico (significante, inconciente); Real (objeto a).
[10] S1 – S2
[11] Ver “Seminario IX La identificación”, Lacan.
[12] Habrá que distinguir y anudar en “objeto a”, “motor-causa de deseo” / “satisfacción pulsional-plus de gozar”.
[13] Es desde la estructura del “witz” ya situada por Freud en “Psicopatología de la vida cotidiana” que Lacan piensa el final de análisis, el “pase”. El punto siguiente de este escrito retoma el asunto, tensando la cuerda con la llamada “sublimación”.
[14] Lacan plantea entonces que ello revela el “deser” del Otro, del lado del analista como “Sujeto supuesto Saber”; produciendo del lado del analizante la “destitución subjetiva”.
[15] En “Psicopatología de la vida cotidiana” se expone que para Freud los actos son interpretables, tienen una significación. Más adelante en “Recuerdo, repetición y reelaboración” aborda el acto de otro modo, como “agieren”, en tensión con la rememoración.
[16] Referencia al escrito “La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo”, Lacan.
[17] Por Félix Christian Klein, matemático alemán.
[18] Donde retoma su versión del “cógito cartesiano”; y define de manera distinta las operaciones “alienación-separación” planteadas en el “Seminario XI Los cuatro conceptos fundamentales”.
[19] Tanto “moi” como “je”.
[20] Ver “Seminario XI”, Lacan.
[21] Sujeto barrado losange a.
[22] Ver “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”, Lacan.
[23] Referencia al “witz”.
[24] Ver “Seminario VII La ética del psicoanálisis”, Lacan.
[25] Ver “Los instintos y sus vicisitudes”, Freud.
[26] No en vano el “Seminario XI” comienza con el inconciente y culmina con la pulsión…

Bibliografía principal:
° Jaques Lacan, “Seminario X La angustia”, “Seminario XV El acto psicoanalítico”.
° Jaques Alain Miller, “1, 2, 3, 4…”, “Donc”.
° Diana Rabinovich, “La angustia y el deseo del Otro”.
° Graciela Brodsky, “Fundamentos/El acto analítico”.


Miguel Ángel Rodríguez, psicoanalista, escritor.
licmar2000@yahoo.com.ar

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